marzo 16, 2012

15 Los días que no vuelven su mirada

La primera vez fue como un mal sueño. No sabía lo que era morir, ni siquiera había tenido tiempo para entender lo que era el dolor. Tan solo dormir, como el que se duerme estando malo, entre cabezadas y despertares. Y después, aparecer desnudo, entre las sombras y la humedad, sin saber qué, ni poder desenvolverte, hasta que alguien te encuentra, y te da una explicación mortal.

La experiencia de la muerte nos cambia la mente, y el rostro. No nos mantenemos iguales desde que nacimos por primera vez. Y en cuanto al intelecto, en el segundo día, o la segunda vez conocida de muerte, lo notas a la perfección. Comienzas a razonar no como hombre, y sabes que algo pasa. El segundo día es como una explosión de pensamientos y sentimientos, no cuando mueres que, salvo una mínima esperanza, temes la nada. Sino cuando renaces.

- ¿Y ahora qué? -.

El tercer día es la inocencia. Buscas explorar, y explotar por dentro. Buscas morir, pero no te atreves. Desconoces tu naturaleza, y deseas encontrarte con ella. Tres años viví así, casi instintivamente, hasta que forcé mi muerte. Fue entonces cuando llegué al mayor dilema que se nos cuestiona al principio:

- Si puedo renacer, ¿en qué edad quedarme? -.

Pero era todavía un niño, no solo de apariencia. Y así llegué a un cuarto día, o fase, en el cual solemos cometer los del tercer círculo un error del que aprendemos: No podemos suicidarnos. Pase días bajo la lluvia cortada por la copa de un árbol, inmóvil, aparentemente muerto, pero consciente. Una sensación peor que la muerte, aunque remediable. Tuve suerte por los lobos que, al ser certeros al devorarme, me hicieron despertar, con tres años menos.

Al quinto día era más cauto, pero buscaba la muerte viviendo mil aventuras. No quería crecer, no mientras tuviera cosas por descubrir. Fue la época de guerras y soldaditos, como aquel miliciano que me disparó a mis seis años, mientras llevaba un mensaje de trinchera en trinchera. Aquel pobre mandado, que sufriría la peor de las consciencias, durante lo poco que le quedaba de vida.

- Tu valor no es por la valentía que tengas, sino según lo que puedas perder.... -

Descubrimos también que no podemos retroceder al renacer más allá de la última vez que lo hicimos y, por ello, la apariencia avanzada, es apariencia perdida. Y al principio se traduce en conservar al máximo la edad que tienes. Pero la edad también cansa.

Y así llegas a la sexta muerte, que se repite una y otra vez, destinadas a buscarle un sentido a tu vida, más allá de la simple pregunta de en qué edad quedarte. Buscas proteger, o descubrir, o incluso maltratar a tu parecer. Pero no encontraba paz, ni amor, ni objetivo alguno. Sabía que me faltaba un pedazo del círculo.

Y entonces un día mueres, sin motivo aparente, sin función, sin haberlo deseado. Mueres sin más, porque alguien lo quiso cuando se cruzó contigo. Aprendí entonces que lo que buscaba, solo lo encontraría yo, en los demás, puede ser, pero por mi cuenta. Descubrí que no valía la pena inmiscuirse en asuntos de los mortales, que solo traían problemas. Y entendí que, por mi naturaleza, podía tener el objetivo que quisiera, en cada vida, cual sea.

Con esa muerte acepté lo que soy. Pero con la tuya, deberé aceptar, que no seré jamás.

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