noviembre 16, 2012

En el momento equivocado

La puerta se abre en un movimiento rápido, pero corto. Sergio entra con el arma en la mano, pegada al cuerpo, observando y sigiloso. Cierra la puerta y avanza por la estancia a pasos pequeños. Cuando la recorre al completo, se guarda el arma.

El piso es pequeño, viejo, luminoso, pero raro, lleno de trastos, aunque ordenado. La mezcla de objetos que llena cada habitación le da una apariencia muy extraña, entre trastos de un soltero y recortes de periódico e imágenes de diseño, y juguetes y ropa de una niña pequeña.

- Departamento de marketing. Los Trenes publicidad - lee Sergio en una tarjeta - un Don nadie. Eso ya lo sabía yo -.

Sergio se sienta en la cama del dormitorio principal y bota levemente en esta. Observa una foto en la mesilla, donde aparecen Miguel y una niña, su hija. Miguel no era de ninguna otra corporación criminal, era un padre de familia, y encima soltero, que había estado en el lugar equivocado, en el momento equivocado, y nada más.

El ruido de la ciudad y del edificio se filtran entre las paredes que le rodean, como si estuvieran hechas de esponja. Sergio piensa, respira profundamente, y vuelve a pensar, intentando meterse en la piel del dueño mediocre de aquel piso, de aquel inocente que se había cruzado en su camino, y le estaba reclamando inútilmente venganza, con la única fuerza de un perro que ha sido acorralado.

Recordó también a Tor. Había formado parte de la familia lo suficiente como para que toda la ciudad buscara al que lo había matado, si así lo decía Mihai. No es igual que si hubiera muerto yo, piensa, pero tendría igualmente su venganza.

- Soy Sergio - respondiendo al móvil que suena - Imposible, ¿Arlés...? Eran tres.... Mejor que lo confirmes. Me voy no obstante, prefiero que llegue a su piso con la policía que estando yo, así atarán todo... De acuerdo, si. Lo mejor será contratar al pintor... Te veo y te doy sus datos -.

Sergio se levanta y mira la foto de la niña, sonriente. Abre el armario, saca el arma y la deja tras limpiarle las huellas, en uno de los estantes. Regresa a la puerta y sale con el mismo sigilo con el que entró.

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