enero 11, 2013

El pintor

La puerta se abre en un movimiento rápido, pero corto. Miguel entra cabizbajo, y solo, con papeles de la comisaría en la mano. Avanza a oscuras, como si no quisiera ver nada, pero seguro, conociendo la colocación de cada objeto de la estancia.

Se ducha, y llora, sentado mientras el agua se sale  del plato. Se viste y se sienta en la cama, en su colchón, y observa la foto de Cecilia. Pasa los dedos por el cristal, y vuelve a llorar.

Se seca las lágrimas, y observa el armario abierto. En una repisa, hay un arma. La coge, la observa, y deambula con esta por la habitación, pensativo. Se acerca hasta el teléfono, lo descuelga, y lo vuelve a colgar, y sigue deambulando. Finalmente cansado, se sienta en el sofá del salón.

El pintor fuerza la puerta de la casa de Miguel, y entra, sigiloso. Sigue todo a oscuras, a penas se podría ver el maletín que lleva, ni la cicatriz que marca su ausencia de oreja en el lado izquierdo, señal de un trabajo pasado.

Miguel se despierta lento, y observa sorprendido pero inmóvil la figura del pintor, que acecha en la puerta de su cuarto. Este se asoma cauteloso, descubriendo que no hay nadie dentro. Entonces Miguel, que aún sujeta el arma, apunta entre las sombras, y dispara.

El gatillo chasquea, pero nada sucede, pues el arma tiene el seguro puesto. Como un gato el pintor suelta el maletín, coge su arma y se gira hacia el sonido. Miguel enciende la luz y salta contra el pintor quien, deslumbrado, dispara. La bala roza el brazo de Miguel antes de tumbar al pintor.

El embiste es tan grande que los dos acaban barriendo el suelo, entrando en el cuarto, hasta chocar contra el armario.

El pintro recula un poco para apuntar. Miguel coge una percha caída y le golpea en la muñeca, haciendo que tire el arma. Después y sin descanso, le golpea en la cabeza una y otra vez, hasta que su sangre se mezcla con la de su brazo, hasta que la percha se hace pedazos.

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