enero 18, 2013

Me iré por un tiempo

El ajetreo, muy parecido al de un circo, de su oficina, es para Miguel un estimulante, acostumbrado a cada rutina observada entre ordenadores, ficheros y escritorios. La conversación de Miguel y Rosa se entremezcla con el resto de sonidos.

- Lo que me pides es que te maten -.

- No es tan difícil que busques y me digas la dirección del cabecilla de la mafia Monma -.

- No te digo que sea peligroso para mi, lo que me pides es sencillo. Lo digo por ti, ¿qué vas a hacer cuando lo sepas? -

- Rosa, mi hija tan solo tenía 6 años... -

- ¿Crees que no lo sé, que no me duele? Menos de lo que te debe doler, lo entiendo, pero yo también lloro por ella. Como lloré cuando se fue tu mujer. Pero les debes seguir viviendo... -

- Le debo justicia -.

- Para eso está la policía -.

- Mira, Rosa. Puede que yo también esté en peligro y la policía no me ayudará, te lo aseguro. Solo necesito que des con lo que te pido, y me iré, por un tiempo. Durante bastante tiempo te dejaré en paz, lo juro: eso debe bastar como pago, ¿no crees? -

Rosa mira con pena a Emilio, y este, con cara de complicidad, le coloca una mano en el brazo. El ruido alrededor se hace más intenso, como si hubiera llegado una nueva noticia a la redacción, o como si segundos antes se hubiera producido un extraño silencio. Rosa se zafa y resopla, mientras se acerca a su ordenador.

- Está bien, te haré caso por última vez. Pero me tienes que prometer meses de total ignorancia -.

- No te pediré nada más, de verdad -.

- Y prométeme que será solo para vigilancia, que no irás a donde encontremos, pegando tiros como un matón de barrio. Miguel, por favor, es el momento de llorar por ella, pero en el mismo esfuerzo, seguir adelante -.

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