febrero 15, 2013

Solo

Solo, Sergio conduce hacia los aparcamientos del centro comercial abandonado, pensativo. Aparca fuera y camina hacia la puerta de garaje, donde dos hombres corpulentos le cachean antes de dejarle pasar.

Camina pensativo por la semi oscuridad de aquel interior, descendiendo por la rampa como quien se dirige al infierno.

Al fondo espera su padre, y sus hombres, y otro grupo de hombres similares, pero muy distintos. Pero él no les ve, o lo hace, pero no llega a descifrar tan extraña estampa.

Por vez primera, son muchas cosas las que se cuestiona.

Solo, Miguel camina solo, como un perro apaleado que huye de la trifulca, solo que en este caso, se dirige en dirección contraria. Se frota las muñecas doloridas, antes, aprisionadas, antes, con un reloj que dio por trato a una gaviota.

Busca una dirección, sin planes ya, tan solo por buscarla. Ya le dirá el cuerpo qué hacer, y cómo. Ya se le ocurrirá algo, con esa lucidez que se tiene justo antes de que la muerte se te lleve, o se vaya tras haberlo intentado.

Miguel recorre las calles matemáticamente, absorto en su dirección, como un sabueso viejo que sabe a dónde va, aunque no lo parezca en absoluto. Y totalmente ido, esperando como un enfermo a que su cuerpo bombee adrenalina, para reiniciar su acción.

Por vez primera, no se cuestiona absolutamente nada.

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