noviembre 08, 2013

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El amor nos hace héroes, y la muerte culpables. Y ambos se dan en esa línea que es tan corta como la vida misma, allí donde ambos se dan. Una elección que depende de millones de años no podría nunca, en la vida, determinar nuestro destino porque, sin la unión, sin la mezcla siempre equilibrada de todas las partes, no hay decisión,  ni destino. Esa es la condena: una libertad atada a libertades, definidas por una aleatoriedad en libertad.

Así lo quisieron los humanos, así ningún humano culpe a otros, así merecieron lo inmerecible. Así murieron. Las grandes ciudades, masificadas, tuvieron más bajas. Allí, la enfermedad se desarrolló con mayor rapidez por la alta exposición. Mis padres murieron dos años después del día cero, o de cuando se fechó la primera muerte. Tras meses de subsistencia decidí huir de Madrid con mi hermana pequeña, abandonando el caos ya insostenible.

Dejar la seguridad de nuestra casa fue duro, pero necesario. Allí, en mi habitación, publiqué las anteriores entradas de este blog, cuando aún nadie sabía nada. Quizás esto me dio fuerzas para sobrevivir, la importancia de comunicar lo sucedido, de buscar un por qué. Si buscan las primeras publicaciones verán como pasé de reflexionar y criticar cosas sin importancia a interesarme por todo esto: el lanzamiento del nuevo satélite, las protestas de los ecologistas, las mentiras de los gobiernos, la primera muerte, los primeros estudios,…

Circulaba la información de que el norte de Europa había quedado más a salvo de la radiación, que había centros para tratar a los afectados. Pero todo el país estaba paralizado. Tan solo se oía de transportes en la costa este, así que esa fue mi decisión: cogimos provisiones y empezamos a andar por las autovías, en dirección a Barcelona.

Quedarse no era una opción. Muchos dirigentes habían muerto, y reinaba la anarquía. El mayor problema era que nadie sabía quién iba a morir primero. La nueva exposición a la que fuimos sometidos, precio a pagar por nuestro progreso, reaccionaba con la acumulada en el cuerpo con los años, según me explicaba Emile. Es decir, no era la causa, sino el agravante de una causa que se sabía solo en parte. Y con esa intensificación, o rotura de nuestra protección natural, los humanos comenzamos a desarrollar masivamente mutaciones cancerígenas diversas.

¿Qué es de quién? Nuestro sistema social sufrió una ola poseidónica. La clase alta pasó a estar compuesta por aquellos cuyos cánceres les permitía vivir más años que a los demás, más virulentos. Al principio, cuando todavía funcionaban los hospitales, se podía determinar el estado de cada enfermedad, a veces con diagnósticos dados a simple vista, prácticamente azarosos. Pero pronto cundió la anarquía, y los que mejor se sentían reclamaban a su alrededor las propiedades y pertenencias de los demás, con la escusa (y definición) que se convirtió más tarde en el apelativo de los que formábamos esta nueva clase baja: “futuro muerto”.

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