enero 10, 2014

Capítulo ocho

Capítulo ocho (libro "No fuimos héroes" de Emile de Kèbir, editorial Aliquis, 2059)

Demasiada gente, es lo único en lo que podía pensar: aquí hay demasiada gente. Quizás la educación que recibí era lo que me decía que aquello no estaba bien, en ninguno de los sentidos posibles, y por eso observaba la escena escondido entre las cajas del muelle.

La muchedumbre se agolpaba en la entrada de los barcos, empujándose, golpeándose. Había gente que caía al agua desde tierra, otros desde los propios barcos, echados por sus marineros o incluso por empujones, dados en cubiertas que estaban a rebosar.

Algunos barcos habían cortado su acceso, e incluso disparaban a todo polizonte que intentaba saltar. Otros morían a manos de las desesperadas almas que ansiaban un pasaje, o asfixiadas en las muchedumbres. Pero ni un solo muerto servía para detener aquella locura.

Esto era parte de la gran avalancha. Hasta el momento la inmigración había sido controlada, pero la desesperación en ambos lados se hizo insostenible. ¿Quién no quería salir de su realidad y llegar al primer mundo, por fin, de manera legal? Pero además sabíamos por aquel entonces que algunos puestos e incluso propiedades estaban cambiando de manos. ¿Se imaginan salir del infierno y llegar a una mansión que, automáticamente, sería tuya? Pues eso es lo que pensaba la mayoría que sucedería con los primeros que llegasen, había mucho en juego.

Yo por mi parte tan solo quería llegar a Francia, quizás encontrar la asociación de los misioneros que me enseñaron, y ejercer como médico, lo que llegase después era bienvenido, pero por supuesto no a cualquier costa.

Pero lo quería.

Esperé la noche, esperé a que zarpara un barco, uno de los que no llevaba tantos pasajeros, esperé mi mejor opción. Calculé de día las posibilidades para un salto y el mejor ángulo parra evitar que me vieran, y zarpando sabía que la mayoría de marineros estarían en plena faena, y que los que quedaban atrás, aunque les pesara no ser yo en ese momento, no gritarían.

Corrí sin mirar atrás hasta la fila de norays y salté hasta engancharme a uno de los laterales del barco en movimiento. Me corté, no sé con qué, y empecé a sangrar, pero me aferré con todas mis fuerzas hasta que logré subir a la cubierta, después de varios intentos, mientras el barco se alejaba del puerto, tambaleante por el sobrepeso.

Tan solo me vio una mujer que lloraba. Estaba sola gracias a su marido, quien había muerto consiguiéndole aquel viaje, que ahora lamentaba hacer sin él. Más tarde aceptó hacerse pasar por mi mujer para reforzar que yo había entrado en el barco por la pasarela y no saltando. Asintió, y no dijo nada sobre mi salto, porque ya no importaba quién estaba en aquel barco por esto o por lo otro, importaba quién estaba, sin más, importaba quién lo había conseguido.

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