enero 17, 2014

El día de la oleada


EL DÍA DE LA OLEADA

Quedaban pocos días para llegar a Barcelona. Ya nos habíamos acostumbrado al camino, a andar bajo la lluvia, a soportar los pies doloridos. Después de tantos días, nos habíamos acostumbrado a coger de las casas y fábricas desiertas lo que necesitábamos de comida, ropa y calzado. Me había acostumbrado a cargar con mi hermana los días peores y ella se obligaba a andar en los mejores. Pero nuestra ruta había sido tranquila, nadie nos había causado problemas. Después de aquello cogí la costumbre de ser más precavido, incluso despiadado.

Durante los días que viajamos todo cambió muy deprisa. El tiempo en el que los gobiernos buscaban soluciones acabó muy pronto, y los altos dirigentes comenzaron a preocuparse en mantener nuestras infraestructuras y cultura más que nuestras propias vidas. Rechazaban la idea de que en el plazo de siete, doce, o quizás quince años, desapareciese todo aquello que habíamos construido. Entonces comenzó la inmigración selectiva.

Todos habíamos estado expuestos a la radiación, pero el cuerpo humano la tolera a ciertos niveles, y la conserva. La NEMO había creado una nueva malla de ondas que alteraban aquellas a las que ya estábamos expuestos. Muchos dejaron de utilizar las nuevas tecnologías, por miedo, cuando las protestas y mentiras de los gobiernos comenzaron. Pero ya era tarde para una población en constante exposición. Sin embargo descubrieron que la mayoría de los habitantes en los países subdesarrollados mostraban una radiación primaria, la habitual en todo el mundo a principios de siglo. Y por tanto estaban libres de la enfermedad, no eran “futuros muertos”.

Un rápido proceso de selección y formación, aplicado por peces gordos que portaban sus respiradores artificiales, “futuros muertos”, colocaban a granjeros, cazadores, transportistas, hosteleros, curanderos, pescadores, cabezas de familia,… del tercer mundo en puestos relevantes en empresas, organizaciones y gobiernos, algunos contentos de su nuevo estatus, y otros arrancados a la fuerza de su hogar. Hellen fue una de las primeras, por eso empezó en un puesto menor como “au paire” del hijo de los Goodbridge, y acabó haciéndose cargo de las propiedades de esa familia, incluyendo este hospital.

Como era de preveer el sistema no aguantó, y cuatro años después de la primera muerte, el llamado primer mundo sufrió una avalancha de personas que se creían exentas de la enfermedad. Las fronteras se colapsaron, y muchos corrían por todas partes sin saber a dónde ir tanto huyendo, como buscando un nuevo futuro. No hace mucho vi alguna de esas impactantes imágenes, casi una carrera darwiniana por la supervivencia. Los habitantes de países en vías de desarrollo, sobre todo los más cercanos a otros más industrializados, invadían las calles y casas de estos, reclamando un espacio que el “futuro muerto” no iba a utilizar:

Hambriento, un inmigrante irrumpía en una casa cualquiera, y comía lo que había, sentado a la mesa, bajo la atenta mirada de los dueños, un par de “futuros muertos” que apenas podían respirar, y tosían con la boca abierta mientras observaban al intruso. Pero ellos iban a morir, igual que sus hijos si no lo habían hecho ya, y la casa pasaría a ser de aquel recién llegado que, en sus primeros días allí se dedicaba a asentar un poco su nuevo hogar, y a almacenar comida.

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