noviembre 14, 2014

02 El día de la foto

- ¿Has ido y vuelto a la tienda directo? -

- Si, padre -.

- ¿Nadie te ha mirado raro? -

- No padre -.

- Eso es importante. Cena algo, después tenemos la foto -.

- Si, padre -.

En la cocina, Zariel cenaba cereales junto a su hermana pequeña, Alicia.

Solo su padre conocía la ruta para la compra de alimentos no adulterados, una información que le había costado veinte años recopilar, y que seguía un patrón de cambio. El por qué existía no se lo había dicho, y el patrón tampoco: no hasta tener la edad suficiente para saber utilizarlo.

Alicia miraba los cereales con desgana.

- Si no te los terminas, padre te pegará hasta que entiendas la importancia de ser humano, y no uno de los otros -.

- Ya lo sé, pero no tengo hambre. ¿Te los terminas por mi? -

- Solo la mitad. Pero deberías comer -.

- Creo que voy a vomitar -.

Alicia siguió removiendo los cereales, mirando al infinito en su leche. La madre entró en la cocina y besó a Zariel, preguntándole por la ruta a la compra. Luego les apremió a apresurarse mientras se quitaba la blusa y se marchava.

Para ellos era algo normal: desde el día de la explosión atómica y las siguientes investigaciones de su padre, que reflejaban la suplantación de la sociedad al completo, venían realizando la foto familiar para demostrar su humanidad, siempre en la misma fecha, una por cada año transcurrido.
Su padre había montado un archivo y cada año realizaban el mismo plano de la familia completa, totalmente desnudos. Insistía en que era la única forma de reconocer la pureza humana ya que los suplantados contaban con al menos una pieza visible, o toma de contacto, artificial, y demostrar un cuerpo totalmente humano, a lo largo de los años, debía ser prueba más que suficiente.
El padre estaba seguro de que aquella locura terminaría algún día, y humanos de verdad de otras naciones vendrían al rescate y para entonces, necesitarían demostrar que ellos no habían sido suplantados como los demás.

Cuando terminaron de comer cada uno fue a su cuarto y volvieron sin ropa al salón, donde su padre preparaba la cámara, para más tarde disparar.

La fotografía revelaba la luz cálida del salón, debilmente iluminado, pero por completo, reflejándose la luz en cada lateral de los muebles de madera. La familia aparecía de frente, junto a la pared pastel, de pie, serios.

Tan solo la madre esbozaba una sonrisa que intentaba contagiar sin éxito a los demás, como si se tratara de una fotografía corriente, como si fueran una familia normal.

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