abril 29, 2016

Prendiendo al miedo


Era una leyenda antigua, una leyenda vieja, una leyenda que no a todos los hombres les gustaba recordar, porque era anterior a su dominación, cuando aquella selva aún era libre, y ambos lados vivían en paz.
Los humanos empezaron a destacar por su inteligencia, y aquel pueblo, en su mal uso, comenzó a invadir el hogar de los animales, sintiendo el derecho de tomar lo de otros, casas, alimento, vidas, a su antojo. Y todos corrían.
Aunque, no todos. Algunos se enfrentaban a aquellos primitivos humanos, con mayor o menor logro, entre ellos, un valiente y fuerte Tigre de bengala. Este descubrió que los hombres apartaban sus miedos para no enfrentarse a estos, y tener vía libre así para expandirse.
En todo el reino animal era temida la flor roja, el fuego que crecía como magia, capaz de arrasarlo todo. Y los hombres, temerosos de su poder, portaban el fuego para caminar junto a sus miedos, para sembrar el pánico con sus propios temores.
Así que el valiente Tigre, acorralado junto al resto de animales en lo más profundo de la selva, pidió a unos monos que le atasen una tea ardiendo en su cola, superando su terrible miedo a la llama que danza con su propia música. Y cargó contra los hombres.
El Tigre galopaba por sus aldeas sembrando el terror de los humanos, que lo creían un animal salido del fuego: su figura fugaz amarillenta con trazos negros, y su cola encendida, llameante. Sus terribles garras y colmillos devolvían el miedo al hombre, que encontraba un nuevo temor por el que preocuparse.
Fue así como empezó la separación y el miedo de ambos lados. Las aldeas, aunque mantuvieron su posición, temían lo que pudiera salir de entre la naturaleza. Y fue así, también, como los animales conservaron la selva, un espacio al que llamar hogar, un lugar seguro, en el que nada hay que temer.

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