mayo 06, 2016

La inteligencia vuela


Existiose una vez un hombre que vivía junto a su familia, en su cabaña, rodeado de ricas tierras que le pertenecían. Y como buen hombre, explotaba mal todo lo que esta le daba, cogiendo cuando no le hacía falta, y soltando nada.
Entre otras cosas, la tierra daba mucha caza, y así lo notó un astuto Águila que dio a parar con una presa en el territorio del hombre. Cuando este se dio cuenta, fue a hablar con ella.
- Has entrado en mis tierras, joven Águila -.
- Perdóname, hábil hombre – respondió esta – pero estaré tan solo un par de meses por aquí, hasta que el clima cambie y emigre al sur, a la tierra más rica de todas, donde nadie espera -.
El hombre se detuvo a pensar: si el ave merodeaba por su frontera, podría quitarle a él la buena caza que, huyendo, llegue hasta esta. Y sería mejor tenerle controlado. Así que, con la seguridad de haber encontrado una solución, le dijo al animal:
- No te preocupes, Águila, puedes quedarte. Pero, para no entorpecernos, dejaré que caces en la tierra que yo te diga -.
Y así fue como el hombre condujo al Águila a una pequeña zona, el peor sitio de caza de todos los que poseía.
Y aún así, la habilidad del Águila en su espacio reducido hizo que, conforme pasaban los días, conseguía cazar el doble que el humano, que empezaba a estar furioso. Pensando que el Águila no podía ser más lista que él, se acercó para hablarle de un nuevo trato.
- He estado pensando – le dijo al ave – que si unimos nuestra caza podremos conseguir mucho más entre los dos, ¿no te parece? –
- Creo que has tenido una buena idea – respondió el Águila - Me parece bien -.
Y desde aquel momento acordaron amontonar la caza en una parte de las tierras del hombre, pensando este que, si no sabía contar, quizás pudiera engañarle a la hora de repartir. Y así pasaron los días, cazando entre los dos y repartiéndose injustamente lo que amontonaban.
Pero lo que amontonaban era muy poco, apenas para repartirse. Y es que el Águila, que por entonces ya había cogido amistad con todos los animales de alrededor, que le preferían por su respeto frente al abuso del hombre, les había comunicado dónde amontonaban la caza, para que pudieran coger ellos también del montón, a espaldas del hombre. Y como después de repartir el escaso montón con el hombre, aún le daban sus amigos animales parte de lo que habían robado, había pactado con otros animales dejar caer su presa para ellos de camino al montón, y alegar frente al hombre que era muy pesada, reduciendo aún más el montón que acumulaban entre los dos.
El humano estaba muy furioso, no entendía como la rapaz intentaba ser más lista que él, y se lamentaba no haberle echado el primer día, pues ahora, habiéndole permitido vivir en su tierra, y estando todos los animales de su parte, le costaría echarla. Pero no se rendía, y en su inteligencia volvió a ofrecerle otro trato.
- Verás Águila – le dijo -, puesto que algunas presas se te caen, y los animales salvajes roban en el campo, creo que lo mejor será almacenar la caza en mi casa de piedra, y repartir al final de la jornada -.
- Me parece bien – contestó -, eres realmente astuto -.
Y nuevamente falló. El hombre se alejaba de su casa durante toda la jornada de caza, puesto que sus pies no le daban la posibilidad de adentrarse en el bosque y volver a cada presa que lograba. Así pues, cuando volvió al final del día, se encontró con que una manada de animales salvajes se habían llevado no solo la caza, sino todo lo que había en la casa del hombre.
- Lo siento compañero – fingió el Águila -, no pude detenerlos, me encontraba lejos cuando llegaron -.
Desesperado, el hombre maldijo dolido mas por el juego de inteligencia que acababa de perder que por todo sus objetos. Pero entonces recordó que habían pasado casi un par de meses, y nuevamente recurrió a su cabeza.
- No te preocupes Águila – fingió el hombre -, no pasa nada, pues ya nos íbamos. Teníamos pensado trasladar nuestra casa al sur, en busca de nuevas tierras. Puedes quedarte aquí con tus amigos animales -.
Y así fue como el hombre se marchó con toda su familia hacia el sur, buscando la más rica tierra sin dueños de la que le había hablado el Águila.
- Buena suerte en tu viaje – le dijo el animal.
Y así fue como el Águila consiguió echar al hombre de aquella tierra, que gracias a una mejor explotación, se convirtió en la más rica del lugar.

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