septiembre 10, 2016

La vida es un juego

Érase un caserón, entre el campo y el bosque medio escondido. Allí trabajaba un labrador, todos los días en su rutina. Y por las tardes: a casa a descansar. Siempre acompañado por su fiel amigo Sultán, un perro grande que le ayudaba en la tarea de vigilancia.

Cada vez que se marchaban, con la noche por llegar, mientras su amo cerraba, Sultán se cruzaba con un zorro que por allí rondaba.

- Olvídalo Zorro, aquí no vas a conseguir nada, no hay comida a tu alcance: la basura se ha tirado, los cocineros cerraron ya, en el invernadero no queda nada, y las uvas están muy altas. Jamás conseguirás nada -.

- No te preocupes por mi, perro. Tan solo estoy aquí sentado, observando. No tiene nada de malo -.

Sultán se marchaba resoplando. - Si te gusta perder el tiempo, allá tú -.

Días después cuando el perro y su amo se iban a ir, Sultán se acercó hasta donde estaba el zorro, que jugaba, con un palo en la boca, a darle la vuelta a una piedra plana y delgada.

- ¿Qué haces hoy, Zorro, con qué matas el tiempo? -

- Estoy jugando, ¿quieres participar? -

- No. Valiente tontería. Me voy a ser más útil -.

E igualmente, días después:

- ¿Qué haces hoy, Zorro? -

- ¿Ves esta ramita que tengo en la boca? La meto en el agujero de aquel árbol, y le doy vueltas -.

- ¿Pero para qué? - respondía contrariado el perro.

- ¡Vamos, no seas aguafiestas, vente a jugar! -

- De verdad que no te entiendo -.

Y se iba. Y volvía días después. Esta vez este zorro de los bosquese había puesto unas piedras y troncos en hileras, a modo ascendente, en una extraña composición que el perro no entendía bien. Parecía que el juego al que jugase el zorro era ahora más complicado.

- Te lo dije ya, Zorro. Aqúi no conseguirás nada. ¿Por qué sigues viniendo? ¿Por qué no haces algo más productivo? -

- ¿Pero qué dices, amigo Perro? No hay nada más productivo que el juego, ¿no te animas a jugar conmigo? Es divertido, y aprenderás....

- Déjame en paz, tengo tareas más importantes -, y volvía a irse.

Y sucedió que un día el humano y el perro llegaron al caserón, con la sorpresa de encontrar las uvas recién maduras: ¡desaparecidas!

- Qué mala pata - exclamó el humano, - debió ser un ave que no le teme al espantapájaros -.

Pero el perro, que no salía de su asombro, sabía que no había sido un animal con plumas, y en lo que dura uno de sus lametones entendió de golpe todo lo que había pasado días atrás.

Pues el Zorro no observaba sin más, sino que se fijaba dónde estaba la única llave que se quedaba en el caserón, la de repuesto del almacén. El Zorro no jugaba con un palo y una piedra sin más, sino que practicaba a levantar el felpudo que tabapa dicha llave. Aprendió jugando a usarla en la cerradura, a darle vueltas, a coger la pequeña escalera de alumninio con la boca y, por último, en su último juego más complejo, aprendía a trepar por los escalones de esta. Su espera, su aprendizaje, su esfuerzo, tenían un propósito, tenían un dulce y sabroso resultado.

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