marzo 22, 2012

16 Se acabó el cuento


Andrés, de pie frente a Fael, no se mueve. Fael vacila, hace un amago de movimiento, y luego otro. Repentinamente salta hacia la camilla, dirigiéndo sus manos a la cara de Lucía, posando sus dedos gordos en sus párpados.

Andrés salta por encima de la camilla, sin tocar esta, coge el jarrón y lo rompe en la cabeza de Fael, que cae al suelo, sangrando. Lucía se despierta sobresaltada, mirando a todos lados. Un médico entra por la puerta y ve a la enfermera en el suelo, sangrando. Esta le mira y Fael salta en el médico.

- Aún eres ágil, pequeño – le dice Fael a Andrés, y gira la cabeza hacia Lucía.

- Lo suficiente para que no lo repitas – le grita Andrés, cargando contra él, empujándolo fuera de la habitación.

El médico golpea su cabeza contra la pared del pasillo del hospital, con la presión de Andrés que le tiene bien cogido. Fael mira hacia un lado y salta en otra enfermera que mira la escena asustada. Y el médico se desploma.

- ¿Me lo vas a poner muy difícil? – grita la enfermera.

- ¿Vas a matar a todo el hospital? – responde Andrés.

La enfermera resopla levemente, y corre alejándose por el corredor. Andrés le persigue. Algunos doctores y pacientes caen ante el embiste de los dos corriendo. Andrés alcanza a Fael ante las escaleras del vestíbulo del edificio y al intentar agarrarle, la enfermera cae escalones abajo.

Andrés mira a su alrededor, paciente, y observa en otro pasillo el brillo de los ojos de Fael, recien saltado en un joven médico. Andrés corre tras él. Entra en una habitación, sin rastro de Fael. El joven médico salta de detrás de un esqueleto de prácticas y le clava a Andrés un visturí en el vientre. Andrés, con el filo clavado, hace girar a Fael cogiéndole de la bata y le tira hacia la puerta, saliendo los dos a trompicones.

Andrés, sangrando, persigue al joven médico, que baja cojeando las escaleras del vestíbulo, saltando por encima de la enfermera desplomada y los que le atienden. Andrés le alcanza junto a la puerta de salida y saltando hacia él, le agarra de la pierna, y el médico cae de cara contra el suelo.

Andrés se desangra tumbado boca arriba en el vestíbulo del hospital, con el visturí clavado. Un hombre mayor, con una escayola en un brazo, se acerca y le habla mientras un médico intenta frenarle la hemorragia.

- Sabes que volveré, una y otra vez – le dice Fael.

El hombre mayor se marcha por la puerta del hospital.

- No, no lo harás – dice Andrés. Y sus ojos se cierran.   

marzo 16, 2012

15 Los días que no vuelven su mirada

La primera vez fue como un mal sueño. No sabía lo que era morir, ni siquiera había tenido tiempo para entender lo que era el dolor. Tan solo dormir, como el que se duerme estando malo, entre cabezadas y despertares. Y después, aparecer desnudo, entre las sombras y la humedad, sin saber qué, ni poder desenvolverte, hasta que alguien te encuentra, y te da una explicación mortal.

La experiencia de la muerte nos cambia la mente, y el rostro. No nos mantenemos iguales desde que nacimos por primera vez. Y en cuanto al intelecto, en el segundo día, o la segunda vez conocida de muerte, lo notas a la perfección. Comienzas a razonar no como hombre, y sabes que algo pasa. El segundo día es como una explosión de pensamientos y sentimientos, no cuando mueres que, salvo una mínima esperanza, temes la nada. Sino cuando renaces.

- ¿Y ahora qué? -.

El tercer día es la inocencia. Buscas explorar, y explotar por dentro. Buscas morir, pero no te atreves. Desconoces tu naturaleza, y deseas encontrarte con ella. Tres años viví así, casi instintivamente, hasta que forcé mi muerte. Fue entonces cuando llegué al mayor dilema que se nos cuestiona al principio:

- Si puedo renacer, ¿en qué edad quedarme? -.

Pero era todavía un niño, no solo de apariencia. Y así llegué a un cuarto día, o fase, en el cual solemos cometer los del tercer círculo un error del que aprendemos: No podemos suicidarnos. Pase días bajo la lluvia cortada por la copa de un árbol, inmóvil, aparentemente muerto, pero consciente. Una sensación peor que la muerte, aunque remediable. Tuve suerte por los lobos que, al ser certeros al devorarme, me hicieron despertar, con tres años menos.

Al quinto día era más cauto, pero buscaba la muerte viviendo mil aventuras. No quería crecer, no mientras tuviera cosas por descubrir. Fue la época de guerras y soldaditos, como aquel miliciano que me disparó a mis seis años, mientras llevaba un mensaje de trinchera en trinchera. Aquel pobre mandado, que sufriría la peor de las consciencias, durante lo poco que le quedaba de vida.

- Tu valor no es por la valentía que tengas, sino según lo que puedas perder.... -

Descubrimos también que no podemos retroceder al renacer más allá de la última vez que lo hicimos y, por ello, la apariencia avanzada, es apariencia perdida. Y al principio se traduce en conservar al máximo la edad que tienes. Pero la edad también cansa.

Y así llegas a la sexta muerte, que se repite una y otra vez, destinadas a buscarle un sentido a tu vida, más allá de la simple pregunta de en qué edad quedarte. Buscas proteger, o descubrir, o incluso maltratar a tu parecer. Pero no encontraba paz, ni amor, ni objetivo alguno. Sabía que me faltaba un pedazo del círculo.

Y entonces un día mueres, sin motivo aparente, sin función, sin haberlo deseado. Mueres sin más, porque alguien lo quiso cuando se cruzó contigo. Aprendí entonces que lo que buscaba, solo lo encontraría yo, en los demás, puede ser, pero por mi cuenta. Descubrí que no valía la pena inmiscuirse en asuntos de los mortales, que solo traían problemas. Y entendí que, por mi naturaleza, podía tener el objetivo que quisiera, en cada vida, cual sea.

Con esa muerte acepté lo que soy. Pero con la tuya, deberé aceptar, que no seré jamás.

marzo 09, 2012

14 Podríamos morir

En el fondo los dos queríamos lo mismo. Pero a veces el yo no importa, y son las circunstancias las que te obligan a que las cosas ocurran como tienen que ocurrir.

A él le tocó defender la conquista de los mortales, y a mi mantener la situación que siempre había sido, la discrección sin intervenciones. Y entre filos, estocadas y cortes, bailábamos los dos en una lucha sin descanso, en el sitio acordado, con las instrucciones dadas. Nos movíamos con la agilidad que nos caracteriza, y el acierto, tanto para esquivar los golpes, como para infringirlos en el contrario.

Quizás solos, hubiera sido otra cosa, pero las circunstancias quisieron que llegásemos a una situación irremediable: ninguno de los dos podía retroceder, teníamos que cumplir órdenes si queríamos que sobrevivieran los hombres que estaban a nuestro cargo. Y quizás obedeciendo daríamos fin a todo, o al menos estaríamos cerca.

Así que, buscando un punto medio, decidimos retarnos solo los dos, y zanjar así todo. O al menos intentarlo.

Sé que no es fácil de entender todo esto. Te preguntarás cómo podíamos combatir. Bueno, cada uno de nosotros, cada círculo, muere de una forma distinta. Y créeme, es preferible saber el cómo. Conocer la forma de matarnos entre nosotros es una ventaja no al alcance de todos. Además tenías que reconocer en esta guerra el círculo al que pertenecía el contrario, o dirigir tus esfuerzos a inmovilizarlo.

Nuestro enfrentamiento fue dantesco. Nos retamos a filos, en una lucha en la que evitábamos las heridas mortales, que a ambos nos hubiera hecho renacer con tres años menos, cerca de allí, en el sitio más oscuro. Y hubiéramos vuelto a la lucha. Nosotros buscábamos heridas no de muerte, pero mortalmente dolorosas. Buscábamos debilitar al contrario, desangrarlo con heridas cicatrizantes, dejarlos fuera de combate, hasta el punto de no poder por nosotros mismos, por ejemplo, alimentarnos.

Esto, para los de nuestro círculo, era como un suicidio. Pero nosotros, si nos matábamos, quedábamos en un estado de coma: vivos y conscientes, pero inmóviles y sin pulso para el exterior. Un estado del que solo salíamos si alguien nos mataba.

Pero corríamos, además, el riesgo de morir, tal y como Zael me explicó antes del enfrentamiento, la fórmula para ello, ya que dependía en mayor parte de uno mismo. Y tal y como estaba el mundo, y yo mismo, te aseguro que no me hubiera importado.