octubre 15, 2009

00 Cambios

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No me dan miedo los cambios, y menos después de todo lo que he pasado. Pero no se trata del “qué” en sí, sino del “por qué” sin más: ¿por qué cambiar? ¿Por el simple hecho de la naturaleza humana? Y si es así, ¿Por qué nos asusta tanto? ¿Por qué temer a lo nuevo?

Decidí mudarme de ciudad y como siempre llegué sin conocer a nadie. Más bien sin que me conociese nadie, porque yo sí que los conocía, aunque no de vista: las mismas caras, los mismos gestos, las mismas actitudes,… los mismos. Pero nadie me conocía, ni a mí, ni mi interior, ni mi apariencia de un niño de tan solo 13 años. En realidad, a punto de cumplir los trece, a tan solo tres semanas de volver a cambiar de nuevo… si es que tomaba esa decisión, por supuesto.

Durante ese tiempo estuve trabajando ilegalmente, como acostumbraba a hacer cuando me faltaban ideas, y algunos días. Nuevo trabajo, esta vez en un local de apuestas ilegales: “El Bar Kazú”.

- ¡Su cerdo ha hecho trampas! – gritó Miguel – su cerdo…

Pocos sitios me han sorprendido como este, un local donde enfrentaban luchadores de distintas razas animales, siempre combates a muerte. Aquel día la suerte se inclinó a favor de un cerdo que venció en combate justo a un perro del que no sobreviviría ni un elefante. Mi tarea, recoger las apuestas y llevarlas a la oficina, donde discutían los tres “entrenadores”.

- Yo solo intento dar de comer a mi familia. El combate es legal, denme el dinero – Increpó Juan, el dueño del cerdo.
- Estoy seguro que tiene sus razones para estar aquí, pero… ese cerdo, no “puede” matar a nuestro perro – amenazó Adrián, con cierta ironía, - además, si tiene hambre, cómase al cerdo, pero no quiera jugárnosla, porque no sabe donde se mete.
- El combate ha sido justo, – insistió Juan – quiero mi dinero.
- ¡Pedazo de bellota gorda! – Gritó nuevamente Miguel – ¡Le voy a explicar lo poco que valen usted y su cerdo…!

¿Sabes qué? Creo que oí suficiente. Quedaban dos días para mi cumpleaños y, como les decía, no me dan miedo los cambios. No sé que hubiese sido lo más justo, si defender a los dos del perro, o al pobre del cerdo, pero tampoco creo que deba juzgarlo, y menos siendo tan pequeño aquel año. Así que opté por la tercera opción: salí corriendo con todo el dinero.

La carrera no me duró mucho, debido a mis cortas patas. Al menos sucedió en una calle lejos de miradas ajenas, aunque no fue rápido, como dicen. Adrián y Miguel me dieron alcance y, creyéndome más que un pequeño ratero, me dieron una paliza, sin atenerse a las consecuencias.

No sé que se les pasaría por la cabeza después, aunque puedo imaginármelo: ese miedo, esa incertidumbre hacia algo nuevo, hacia algo extraño. En su caso, las consecuencias de haber matado a un niño. En el mío, el haber muerto. Porque ni el cambio de ciudad, ni de trabajo, ni de personas tiene tanta relevancia como la muerte. Pero de todos, el último, es el que menos me preocupa.
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4 comentarios:

maria mgd dijo...

:O q guay
:)
quiero seguir leyendoooooooooooo
:D

Anónimo dijo...

Qué guapo !! (soy pedro dalton)

Caro dijo...

Buen primer capitulo! Sigo.. =)

*Violeta* dijo...

Muy pero q muy bueno... he empezado a leer por aquí, siempre q llego a un Blog nuevo m gusta saber cómo comenzó, y en este caso, voy a seguir hasta el final, así q Te sigo..
Espero que tu también te pases y te quedes por:

Adolescentealos28.blogspot.com

Bss de color Violeta...