diciembre 07, 2012

De tal palo

Sergio atraviesa todo el jardín a paso rápido. En el porche un par de hombres le saludan escuetamente y le abren la puerta. Sergio entra en la casa y avanza por los suntuosos pasillos. En el salón le da un beso a su madre que mira la televisión, retraída, y sigue andando hacia su padre que habla por un teléfono colgado en la pared. Mihai cuelga el teléfono, se gira y le pega un fuerte golpe a Sergio en la cara con la mano abierta, quien se tambalea hasta sentarse en el brazo del sofá.

- A veces pienso que no te he enseñado nada -.

Mihai es grande, imponente, mayor pero con ojos jóvenes, penetrantes. Algo gordo, pero regio. Viste un traje gris, y se seca las manos con un pañuelo blanco. Del bolsillo le cuelgan unas llaves, las saca y las coloca en una mesita. Deambula por la estancia. Sergio le mira, frotándose la cara.

- Fue un accidente... -

- Fue un error. Tu error. Te dije que lo mataras, y en vez de eso te sigue y mata a Arlés, a Raúl y a David. Y se lleva tu coche -.

- Es un don nadie, podemos... -

- Es lo que ha hecho. Y lo que no va a hacer. He llamado al pintor para olvidarnos del tema. Mañana habrá muerto -.

Ioana se gira y mira a su marido, disgustada. Mihai la mira y frunce el ceño. Coge a Sergio del brazo, le levanta y le lleva hasta la cocina. Sergio se sienta. Mihai saca su pañuelo y se frota las manos.

- Así que preocupémonos de otras cosas, ¿recogiste la mercancía del taller? ¿Dónde está? Debemos tenerla lista antes de la reunión con Teban...

Mihai mira la cara descompuesta de su hijo. Sergio aprieta la mano contra la mesa de la cocina y titubea al intentar hablar.

- Estaba - dice bajo y despacio -. Guardamos todo en el maletero de mi coche -.

noviembre 23, 2012

No sucederá más


- Cuando me llamaron estaba en la nave del tío al que perseguí, pero se escapó -.

- No debería usted haber hecho eso. Tendría que haberse quedado con su hija hasta que llegáramos nosotros, y habernos descrito al tirador -.

- ¿Qué hubiera hecho usted? Mi hija muerta, y su asesino huyendo. Hubiera sido como si no hubiese tenido nada que ver -.

- Ya, pero sí tiene que ver, y le vamos a coger con su descripción -.

- Son matones de la Monma, se lo oí a su compañero -.

- Dice que este murió durante el tiroteo, ¿antes o después de que alcanzara a su hija, lo recuerda? – el policía teclea en el ordenador.

- Mire… No lo sé, ¿cree que podría saberlo? – el silencio de la conversación se mezcla con el ruido de la oficina -. ¿Cuándo me podré ir? –

- Perdone. Ya, se puede ir ya. Solo una cosa más: no vuelva a hacerlo, ¿de acuerdo? Deje que nosotros persigamos a los culpables -.

- Si, de acuerdo, no sucederá más -.

- Debe volver pasado mañana, todavía necesitamos cerrar algunos detalles. Además su, su hija se quedará en el forense hasta que le avisemos. Lo siento -.

Miguel se levanta, recoge sus cosas y se marcha.

noviembre 16, 2012

En el momento equivocado

La puerta se abre en un movimiento rápido, pero corto. Sergio entra con el arma en la mano, pegada al cuerpo, observando y sigiloso. Cierra la puerta y avanza por la estancia a pasos pequeños. Cuando la recorre al completo, se guarda el arma.

El piso es pequeño, viejo, luminoso, pero raro, lleno de trastos, aunque ordenado. La mezcla de objetos que llena cada habitación le da una apariencia muy extraña, entre trastos de un soltero y recortes de periódico e imágenes de diseño, y juguetes y ropa de una niña pequeña.

- Departamento de marketing. Los Trenes publicidad - lee Sergio en una tarjeta - un Don nadie. Eso ya lo sabía yo -.

Sergio se sienta en la cama del dormitorio principal y bota levemente en esta. Observa una foto en la mesilla, donde aparecen Miguel y una niña, su hija. Miguel no era de ninguna otra corporación criminal, era un padre de familia, y encima soltero, que había estado en el lugar equivocado, en el momento equivocado, y nada más.

El ruido de la ciudad y del edificio se filtran entre las paredes que le rodean, como si estuvieran hechas de esponja. Sergio piensa, respira profundamente, y vuelve a pensar, intentando meterse en la piel del dueño mediocre de aquel piso, de aquel inocente que se había cruzado en su camino, y le estaba reclamando inútilmente venganza, con la única fuerza de un perro que ha sido acorralado.

Recordó también a Tor. Había formado parte de la familia lo suficiente como para que toda la ciudad buscara al que lo había matado, si así lo decía Mihai. No es igual que si hubiera muerto yo, piensa, pero tendría igualmente su venganza.

- Soy Sergio - respondiendo al móvil que suena - Imposible, ¿Arlés...? Eran tres.... Mejor que lo confirmes. Me voy no obstante, prefiero que llegue a su piso con la policía que estando yo, así atarán todo... De acuerdo, si. Lo mejor será contratar al pintor... Te veo y te doy sus datos -.

Sergio se levanta y mira la foto de la niña, sonriente. Abre el armario, saca el arma y la deja tras limpiarle las huellas, en uno de los estantes. Regresa a la puerta y sale con el mismo sigilo con el que entró.

noviembre 09, 2012

Sin retrovisor

El retrovisor baila de un lado a otro, mostrando la misma ciudad de siempre, pero ahora más caótica. Sergio conduce rápido, e intranquilo, perseguido en coche por Miguel.

En el chasis de su coche, un golpe provocado por Miguel justo cuando Sergio subía y lo ponía en marcha, y tras el golpe corría hasta el suyo, que también lo tenía cerca, y así hasta llegar a una persecución improvisada. El coche de Miguel le sigue de cerca, dándole empujones con el morro.

- Este no sabe dónde se mete - dice Sergio.

Su coche gira en unos árboles viejos y sucios, y avanza por una explanada, hasta una nave industrial. Antes de que apareciera el coche de Carlos, Sergio para el suyo a un lado, y se baja corriendo.

- Arlés, ¡Arlés! Me persigue un coche, que no baje vivo -.

Sergio entra en la nave, apresurado, a la par que un par de hombres buscan un arma y salen fuera, con estas semi ocultas. Un coche aparece a gran velocidad por la curva y se encamina a la nave. Los dos hombres dan unos pasos y apuntan levantando el arma. El coche frena en seco y da marcha atrás, ocultándose tras los árboles.

- Arlés, un teléfono -.

Un hombre manchado de grasa corre a una pequeña oficina y saca un teléfono fijo con el cable muy largo. Sergio cruza la nave, lavándose las manos con un pañuelo desechable, coge el teléfono y marca, mientras Arlés le mira.

- Padre. Estoy en la nave... ¡No me grites, no ha sido mi culpa!... Sé donde vive, si... De acuerdo... - Sergio cuelga y se dirige al hombre, que asiente - ¿tienes una moto? -

Sergio se asoma a la puerta de la nave. El coche de Miguel está parado, entre los árboles.

- Si se acerca, matadle. Pero no le busquéis, huirá seguramente. Dejadle ahí llorando. Ya irá a pos su sorpresa cuando vuelva a casa -.

Sergio se pone un casco y se monta en la moto. Conduce hasta salir por una puerta trasera. En la nave se hace el silencio. Arlés carga un arma y se pasea, observando el coche parado entre los árboles.

El coche comienza a avanzar despacio hacia la nave. Cuando está a tiro, los tres hombres disparan contra este. El coche sigue avanzando como si nada, hasta chocar contra la pared de la nave, formando un gran estruendo. Los dos hombres se acercan precavidos al coche, que está vacío. Arlés mira hacia los árboles, buscando alguna figura.

Unos pasos rápidos suenan detrás suya y, mientas se gira, recibe el golpe de una barra metálica en la cabeza. Miguel coge su arma, se asoma por la puerta de la nave y dispara sin ton ni son hacia los dos hombres, que caen al suelo.

octubre 26, 2012

Muerte o vida


El suelo está frío y cálido a la vez, y sucio, como el de todas las ciudades. Y sobre este se reposa la compra de un hombre cualquiera, compuesta por naranjas, entre otras cosas. Y junto a las naranjas, su cartera, también en el suelo. Y junto a esta, su hija, Cecilia, muerta por un disparo.

Miguel Castillo llora desconsoladamente mientras abraza a su hija inerte.

- Ni interrogado, ni recuperado el dinero, Mihai, porque no llevaba nada… Ha muerto... ¿Qué íbamos a hacer si nos ha disparado, padre? Hemos matado también a una cría… -

Sergio se acerca hasta la cartera del hombre, la coge y saca su Dni. Tor, con la pistola apuntando al suelo, observa distraído la escena, mascando un chicle.

- Complicaciones no, joder, se ha cruzado, qué le vamos a hacer… El problema es que el padre está aquí… Si, sé donde vive si… - Sergio se guarda el Dni - ¿Qué hago entonces…? De acuerdo, no tardo, aguarda… -.

Sergio mira su arma, y después a Tor. Este le mira, esperando lo que fuera a decirle.

- ¿Tienes balas…? –

Tor asiente con la cabeza, y Sergio le responde con un leve movimiento de cabeza. Pero, antes de que Tor descifrara el significado, y mucho antes de que levantara el brazo, Miguel se incorpora rápidamente, abalanzándose contra Tor con todas sus fuerza, provocando la caída de este varios metros atrás contra el duro suelo.

También cae el arma al suelo y Miguel, que ha caído sobre Tor, rueda hasta alcanzarla, apunta con esta a Tor y aprieta torpemente el gatillo, disparando un par de balas que aciertan en el cuerpo hasta que no suenan más disparos. De las tres balas que salen, dos aciertan en el cuerpo, y Tor, tras unos espasmos, queda totalmente inmóvil.

Durante el disparo, Miguel retrocede conmocionado por el retroceso del arma y el ruido. Sergio, que apenas ha reaccionado, se abalanza contra él y Miguel, girándose rápidamente, le golpea en la cabeza con el arma aún caliente. Miguel se acerca hasta él, que se retuerce en el asfalto, para coger del suelo su móvil, que aún sonaba.

- Mihai, ¿no? No crea que soy sordo, ni ciego, ni mudo. Yo también siento, pero ahora el que lo va a sentir va a ser usted. Voy a matarle, como han hecho estos dos con mi hija, y como quería hacer usted conmigo. Si se cree con el poder de decidir quién vive y quién muere, decida morirse, porque será mucho mejor que cuando le encuentre yo… -

Sergio logra incorporarse, y se acerca sigiloso a Miguel. Este le ve, y Sergio se echa sobre él para tumbarle. Miguel cae al suelo, y Sergio corre por la calle, hacia su coche.

Miguel comienza a perseguirle.

octubre 19, 2012

Ruedan las naranjas

Dos hombres colocan las bolsas de deporte en el maletero del coche de Sergio. Este y Tor hablan con Roberto junto al coche, en su garaje de reparaciones. El ruido hace más complicada la conversación.

- Yo no me siento muy seguro con eso ahí detrás - dice Tor, que se mueve inquieto, nervioso.

- Mientras no las destapéis, no tienen por qué explotar - le dice Roberto con una sonrisilla -, salvo que peguéis un golpe bien dado claro, pero bueno, la vida es corta como para preocuparse por la muerte, no crees -.

- Bah, no le hagas caso - sentencia Sergio -. Tenemos que esperar a pactar con Teban para concretarlo todo... -

- Va a ser un buen golpe, eh - le dice Roberto -, vais a sonar bastante con esto -.

- Con esos, sobretodo... - dice Tor disgustado, señalando al maletero. Los otros dos le miran desaprobando su comentario.

Tras la visita al garaje, Sergio y Tor se dirigen hasta el humilde Barrio de los Trenes. Tras aparcar, buscan con un papel en la mano el número de una casa. Cuando la encuentran, llaman a la puerta.

El ruido de las casas se mezcla con el de un tren que pasa por una vía próxima. Un bebé llorando, un niño jugando, unos jóvenes dándole a su moto y unos pasos que corren. Sergio y Tor sacan un arma y derriban la puerta de un golpe.

La estancia está muy ordenada y limpia, como si fuera nueva. Una de las puertas del fondo aún se mueve, y los dos corren para entrar por esta. En la siguiente habitación, la cocina, hay una cristalera abierta. Cuando se asoman, Bernardo está saltando de la escalera de servicios al pavimento, y corre por la calle como "alma que se lleva el diablo".

- ¡Alcánzale, y haz que gire a la izquierda! - le grita rápidamente Sergio a Tor.

Tor salta a la escalera de servicio, y en tres saltos más llega hasta el suelo, y empieza a perseguirle.

- ¡Espérate, Ber, solo queremos hablar contigo! - le grita al hombre.

Mientras, Sergio sale de la casa y le da la vuelta a la manzana por el otro lado. Tor comienza a ganar distancia en su persecución, y se abre un poco a la derecha para intimidar a su perseguido, y no darle más opción que meterse por un callejón estrecho.

Bernardo pasa corriendo por al lado de un hombre que porta unas bolsas con naranjas, y de su hija pequeña, que camina alegre a su lado. Y llegando al final del callejón, se encuentra con que Sergio está cerrándole el paso. Rápidamente saca una pistola y dispara contra Sergio quien, al igual que Tor, se pone a cubierto, y responde con fuego, produciéndose un tiroteo.

El sonido ensordecedor de un tren da paso a un silencio inusual, tras el cese de los disparos. Bernardo yace en el suelo, sangrando por varios sitios, abatido. Y hasta él se acercan rodando un grupo de naranjas que se han esparcido por toda la calleja.

octubre 12, 2012

08:23

La ciudad se abre al paso de su coche. Farolas, árboles, contenedores, portales, ancianas con su perro, chavales jugueteando, y otros ciudadanos. Sergio Layo conduce con la tranquilidad de quien pasea en calzón por su casa.

- "¿Te estás riendo de mi?" ¿No te acuerdas de esa escena? Es buenísima - dice Juan Torras, Tor, en el asiento del copiloto.

- Que no te estoy diciendo que sea mala - responde Sergio -, solo que El Padrino es mejor -.

- Pero es más aburrida, tienes que reconocerlo... -

- Otra vez, ¿qué sabrás tú de cine si eres medio paleto? Es más profunda, no más aburrida -.

- La otra también es profunda -.

- Tu tumba sí que va a ser profunda -.

- Pues yo creo que podría hacer una película sin problemas -.

El coche sigue avanzando sin prisas, ni paradas, entre los edificios.

- No seré yo el que vaya a verla -.

Junto a un parque, Rubén Rosel, el Gaviota, mira a uno y a otro lado, moviendo mucho el cuello y los ojos. Al ver el coche se gira, y comienza a caminar apresurado pegado al enrejado del parque.

- ¡Mira, ahí está! -

Sergio detiene el coche medio subido en la acera. El Gaviota comienza a correr. Tor y Sergio salen de un salto, le alcanzan y le tumban a la carrera.

- ¡Siempre en el suelo, Gaviota! -

El Gaviota, tumbado, suplicaba que paren de golpearle, mientras sangra por la boca. Tor le asesta patadas en el estómago. La gente que paseaba se marcha sin mirarles si quiera.

- Nos debes dinero, Gavi. Estamos muy descontentos contigo. Mi padre dice que no te puedes fiar de un yonki como tú, pero me caes bien Gaviota. Pásate por el Bar Kazú antes de las ocho con mi dinero, y quizás conserves esos brazos inútiles que tienes -.

octubre 05, 2012

Un, dos, tres,.... locura

- Voy a matarla, y voy a hacerlo ya. De ti depende si quieres verlo o no -.

El salón en el que está es muy amplio, y barroco, lleno de decoración, una decoración puesta en más de un lugar sin ton ni son, por el mero gusto de colgar algo caro.

Cuadros, bustos, porcelana,... hace incluso menos acogedora la estancia. La luz, semi apagada, brilla de forma cálida por el reflejo de tanta pieza de colección o lujo.

En el centro, en una hermosa silla de madera con diseño modernista, está atada de forma tosca y apresurada, con cuerdas y una mordaza en la boca, Ioana Layo, mujer de Mihai Layo, importante capo de la mafia Monma, señores del crimen organizado al este del río Teluris, en la basta ciudad de Santa Clara.

Junto a la puerta hay un teléfono fijo con un cable largo. Miguel habla por este mientras anda inquieto entre el fijo y la silla en la que está la mujer, tanto como le permite el cable del teléfono. Y entre ida y venida, le golpea o le levanta la mano para aterrorizarla.

Su aspecto es lamentable, el cansancio y los rastros de peleas anteriores se reflejan en su cara, y la ropa rota y sucia parece la de un vagabundo cualquiera.

- Creo que no me comprende, Mihai: No he venido hasta aquí como un simple ladrón. Mi hija está muerta, he venido a matarle a usted, así que o viene hasta aquí ya, para complacerme, o seguirá ardiendo su vida. Comienzo a contar.... -

junio 25, 2012

Fin de Criaturas inmortales

Final de la tercera temporada de esta serie de ficción por capítulos.

- Ir al primer capítulo de la primera temporada: Tres años más.

- Ir al primer capítulo de la segunda temporada: El tercer círculo.

- Ir al primer capítulo de la tercera temporada: Criaturas inmortales.

Otros enlaces de este blog:

- Lavadoras de rascacielos: Recopilatorio de secuencias.

- Y la estación quedó en silencio: Relato corto.

- Ydijo el león.... -. : Blog de fábulas infantiles.

- No habrá cine para los malvados: Blog de cine español.

mayo 11, 2012

21 Te encontré en tus ojos


Un silencio hueco retumba por la habitación, mezclándose con el sonido apagado del exterior, y el leve gotear de un suero.

Andrés está tumbado en la cama, rodeado de blanco en las paredes y las sábanas. Sus ojos se entre cierran. La puerta se abre.

Una mujer se acerca hasta la cama con un ramo de flores moradas y alargadas, que coloca en la mesilla, y le da la mano. Andrés le mira a los ojos y observa en estos un brillo intenso.

- Al fin te encontré – le dice la mujer.

Andrés sonríe levemente mientras observa su rostro. Laura sonríe ,y se desliza una lágrima por su mejilla. Aprieta la mano de Andrés y se agacha para darle un beso.

El rostro de Andrés resplandece, y sus ojos se cierran lentamente.

Un silencio hueco retumba por la habitación, mezclándose con el sonido apagado del exterior.

mayo 04, 2012

20 Nunca cambiará


Siempre me he cuestionado cuál es el resultdo de un cambio. Seguro me dirás que la respuesta es fácil, y así lo han hecho todos, humanos principalmente, para los que el cambio no es más que la restauración de lo que consideran normal, ¿o es todo lo contrario? ¿Qué cambiamos realmente con el cambio, y qué queda igual? Para nosotros no es realmente nada. Las cosas fluyen, se mueven y desplazan, pero siguen ahí, tan solo esperando, y en su conjunto, visto desde lejos, nunca cambian.

Pero visto así no es grato, pues la felicidad no consiste en la ausencia de problemas, sino en la superación de estos. Por eso muchos nos aferramos a los cambios y a los problemas, nos volvemos mortales junto a los mortales, con fatídico resultado para ambos, salvo en contadas ocasiones.

A veces intento recordar cómo llegué hasta ella, o por qué la quise tanto. Fue de casualidad se diría, aunque la suerte es latente cuando imperan los cambios. Yo bajaba por la costa, desde Barcelona, probando distintos modos de vida, con mi apariencia de diez a doce años. Buscaba en realidad mis orígenes: mis primeros recuerdos eran del sur de Portugal, y sabía que antes me habían traído desde Huelva. Por aquel entonces creía que al menos alguien como yo encontraría.

Así llegué hsata Granada, donde viví tres años entre trapicheos y locuras. Antes de marcharme decidí intervenir dándole una paliza a dos matones que le habían robado el dinero y el cerdo a un pobre campesino. Aunque, eso creo que ya te lo conté. Y entonces, vagando de pueblo en pueblo, unos que me vieron, creyéndome un huérfano, me llevaron al San Claire de la montaña, donde conocí a Paula, mi pequeña hermana. Gracias a ella nos adoptaron, nos mudamos a la ciudad y al nuevo colegio, y así la conocí.

Perdona, ya he vuelto a hablar otra vez de Laura. Tan solo repasaba la trayectoria. Después de tanto viajar, buscándola, volví a esta ciudad, y la suerte o los cambios nos unió, y vivimos como mortales, y no me arrepiento. Aunque a veces desearía volver a correr como un niño sin descanso, hay que aceptar que hasta nosotros tenemos nuestras limitaciones, como parte de una perfección aplicada a una imperfección. Y eso es algo que nunca cambia.

abril 27, 2012

19 Donde iremos


Andrés y Paul corren con los policías siguiéndoles de cerca, saltan hasta el suelo y se mezclan entre los coches del aparcamiento. Los policías llegan más tarde, torpes, persiguiendo a Andrés que les despista corriendo en círculos, mientras Paul puentea una moto, la enciende, pasa junto a Andrés y este se monta, alejándose ambos de la escena.

La moto corre vertiginósamente por la carretera, adelantando al resto de vehículos, sin rastro alguno de los policías.

- Sal por la siguiente – dice Andrés -, sabe que todavía le estamos siguiendo, así que buscará un lugar donde tenga ventaja. Y creo que irá a donde creo que irá -.

El ruido del motor rompe la monotonía del cementerio. Paul conduce la moto lento por los pasillos, entre las tumbas.

- Abre bien los ojos, puede que esté por aquí -.

Una señora pasa junto a la moto, mirando a ambos disgustada. Andrés observa los ojos de la señora con atención, y continúa buscando con la mirada alrededor.

Andrés se baja de un salto y corre hacia la puerta del faro. Paul detiene la moto y corre tras él.

Fael corre escaleras arriba con gran rapidez. Se detiene a mirar por el hueco y ve a Andrés y a Paul subir a gran velocidad.

Andrés golpea la puerta de la entrada a la estancia abandonada del farero, y es golpeado por un bate de madera. Andrés cae y se desplaza por el suelo, dando su cabeza contra un sofá viejo de color verde. Fael salta sobre él, le quita el cuchillo y se lo clava en el corazón. Su sangre salpica el sofá.

Paul entra en la habitación y dirige una estocada contra Fael, que la esquiva con el cuchillo. Andrés observa la lucha entre los dos, mientras sus ojos se cierran, hasta que todo queda oscuro.

Paul asesta un par de cortes a Fael, y los dos luchan con destreza. Toda la estancia chirría y se desordena ante los embistes de los dos. Fael retrocede hasta una pared, y Paul intenta acorralarle para asestarle un golpe final.

Fael gira su posición con agilidad y deja a Paul contra la pared. Fuertemente y sin que pueda esquivarlo le clava el largo cuchillo en el estómago, llegando la punta hasta la pared, dejando a Paul sin poder separarse de esta. Rápido Fael le quita la daga y se la clava igualmente en el brazo, dejándole inmovilizado. Paul, sin mostrar dolor, le asesta una patada, y Fael le responde con un puñetazo en la cara.

Fael se aleja de él despacio, tranquilo. Paul le observa con rabia. Andrés entra corriendo en la estancia, totalmente desnudo, y con su apariencia algo cambiada, algo más joven. Pasa por encima de su anterior cuerpo, y golpea a Fael una y otra vez, y este retrocede hasta la ventana. Andrés corre, salta y golpea con las piernas a Fael, que cae hacia atrás por la ventana.

Fael está tumbado en la arena boca arriba, con la cara ensangrentada, mirando el faro que se proyecta en un cielo azul, ocupado solo por algunas gaviotas. Andrés se acerca hasta él y le observa.

- ¿Y ahora qué, pequeño, volvemos a empezar? -

- ¿Sabes? La otra vez creí haber dado con la retorcida solución para detenerte, pero me equivocaba: tu muerte es mucho más sencilla -.

- ¿Crees que porque alguien te haya dicho...? -

- Ya ha funcionado otras veces -.

- Esto no puede quedar aquí, pequeño, siempre queda un salto después del anterior. ¿Crees que esto te devolverá a la niñita? ¿Dónde irás ahora? No eres nada sin mi -.

- Al mismo sitio que tú, en breve, y quizás nos veamos. Pero, ten por seguro que esto no lo hago para recibir lo que me has quitado, sino por darte lo que te faltaba. Creeme, ahora sí, se acabó tu juego -.

- Tú ni siquiera has sabido jugar. Podríamos haber sido… -

- Y sin embargo, te he ganado, ¿no crees, pequeño? -.

Andrés se inclina hacia Fael y le arranca los ojos, mientras este grita por el dolor. El joven se retuerce tumbado en la arena, bajo el faro, y sus movimientos van disminuyendo paulatinamente.

Andrés camina hacia el faro.

abril 20, 2012

18 Tercera juventud

Un hombre viejo camina por un centro comercial con un abrigo largo y un sombrero. Pasa junto a una madre y una hija que se sonríen. El trasiego de gente es el propio de la última hora de la tarde, previa al cierre. El hombre se sienta a la pequeña mesa metálica de una cafetería.


- Ya estamos cerrando, caballero - le dice el camarero.


El camarero recoge sillas de la plaza del centro comercial. La gente circular distraida por la plaza, y por los pasillos de los pisos superiores del edificio, que dan a la plaza. Una pequeña fuente comienza a funcionar. Un hombre delgado se acerca al señor del sombrero.


- Me ha costado dar contigo, pero si colaboras, como sé que harás, habrá merecido la pena -.


Fael se acerca un poco más al hombre sentado. Andrés se levanta rápido y con un movimiento certero clava su daga en el costado de Fael.


- Creo que me confunde con otro, pequeño - le dice Andrés.


Fael le mira con una expresión de rabia, y su cuerpo se desvanece. Fael salta en una señora de la limpieza, y mira a Andrés en frente suya que retira el cuchillo del cuerpo del hombre. En el centro comercial estalla el caos, todos rompen a correr en todas direcciones. Paul aparece corriendo por detrás de la limpiadora y le sesga el cuello.


- Perdone la suciedad, señora - dice Paul.


El camarero sale corriendo del bar enfadado y embiste a Andrés, que cae al suelo. Fael lanza una estocada contra Andrés con un cuchillo de cocina y este rueda por el suelo, y se incorpora. Fael le da un corte en el brazo y Andrés contra ataca. Los dos lanzan y esquivan estocadas cerca de la fuente. Paul se suma a la lucha. Andrés esquiva un golpe alto y agachado alarga el brazo para acertar en el cuerpo del camarero, que se desploma.


Los gritos de una niña escondida bajo un banco cesan de golpe, y la niña corre hacia el camarero muerto, se desliza por el suelo, coge su cuchillo y le asesta un golpe a Paul en la pierna. Este cae hacia la fuente, trastabillando, y Andrés vuelve a intercambiar golpes con Fael, esta vez con mayor precaución por la nueva altura de su adversario. Con fuertes estoques Andrés logra doblegarle contra el suelo.


- Sois unos inútiles - dice Fael - no me podéis seguir siempre -.


- Ni tu puedes saltar siempre - le dice Andrés -, ya te estás cansando - y le clava el puñal.


Cerca de la fuente un hombre que corre huyendo varía ligeramente su dirección, y Paul le corta con rapidez el cuello. Acto seguido una joven salta desde el primer piso encima de Andrés, quien la esquiva al tiempo que le asesta un corte.


Una mujer sale de un baño con una barra metálica y asesta golpes a Andrés que los reduce con su arma. Un golpe hábil de Fael desarma a Andrés, golpeándole en el estómago. Paul lanza su cuchillo, que acierta en el pecho de la mujer. Esta cae al suelo lentamente.


El centro comercial está en silencio, y vacío, tan solo con Paul y Fael, y los cuerpos muertos en el suelo. Los dos miran a todos lados, buscando el brillo en los ojos del nuevo cuerpo de Fael. Pero nada se mueve ni en la plaza, ni en los pisos superiores. Nada.


Un grupo de policías corren hacia la plaza. Paul y Fael huyen hacia el exterior del centro comercial por la zona de terrazas.


- Mira, aquella moto - dice Andrés señalando a un joven que se aleja por la carretera que lleva a las afueras.


- Huye, no lo perdamos -.


- Si huye, ya está perdido -.


Andrés y Paul corren por el tejado de uno de los aparcamientos.

abril 13, 2012

17 Andrés


Andrés cierra un libro que está sobre la mesa. Su aspecto es diferente, y algo más joven. Coloca el libro en la estantería del salón, y ordena cosas sobre la mesa. La estancia está ordenada pero sucia, y llena de muebles antiguos.

Andrés está en el cementerio, con la vista fija en uno de los nichos. Andrés pone su mano en la pidera.

Andrés está sentado en una caja, en una estancia muy oscura, hablando mientras mira al frente.

- No fue el causante o, al menos, no llegó a saltar. Pero que haya muerto me libera lo justo como para concentrarme en una última cosa antes de morir: matar a Fael.

Andrés está en la calle, rodeado de gente, inmóvil, con los ojos fijos en un hombre que se mueve muy despacio entre la multitud.

Andrés está en un salón elegante, tomando té frente a una señora anciana.

- Vengo a despedirme -.

En ti, ese concepto es muy frágil, hermanito – responde la señora con una sonrisa.

- Esta vez es de verdad, es para siempre. Por eso estoy aquí -.

La mujer borra su sonrisa. – Pero, ¿por qué? Bueno, puedo entenderte, ahora sí puedo. Lo que no entiendo es ¿por qué ahora? –

- Por lo mismo que tú seguramente: porque ya lo dejé todo hecho -.

La mujer le sonríe. Andrés se levanta y le abraza.

Andrés le da un abrazo a un joven apuesto, vestido con ropas largas. Están en el salón.

- Eres idéntico al jóven que conocí – le dice el hombre.

- Tú sin embargo estás muy cambiado – responde Andrés, y los dos se ríen.

- ¿Preparado para una última caza? -

- Un cazador nunca pierde su instinto, tan solo su tiempo. Y de lo segundo, podemos perder todo el que queramos…. -.

marzo 22, 2012

16 Se acabó el cuento


Andrés, de pie frente a Fael, no se mueve. Fael vacila, hace un amago de movimiento, y luego otro. Repentinamente salta hacia la camilla, dirigiéndo sus manos a la cara de Lucía, posando sus dedos gordos en sus párpados.

Andrés salta por encima de la camilla, sin tocar esta, coge el jarrón y lo rompe en la cabeza de Fael, que cae al suelo, sangrando. Lucía se despierta sobresaltada, mirando a todos lados. Un médico entra por la puerta y ve a la enfermera en el suelo, sangrando. Esta le mira y Fael salta en el médico.

- Aún eres ágil, pequeño – le dice Fael a Andrés, y gira la cabeza hacia Lucía.

- Lo suficiente para que no lo repitas – le grita Andrés, cargando contra él, empujándolo fuera de la habitación.

El médico golpea su cabeza contra la pared del pasillo del hospital, con la presión de Andrés que le tiene bien cogido. Fael mira hacia un lado y salta en otra enfermera que mira la escena asustada. Y el médico se desploma.

- ¿Me lo vas a poner muy difícil? – grita la enfermera.

- ¿Vas a matar a todo el hospital? – responde Andrés.

La enfermera resopla levemente, y corre alejándose por el corredor. Andrés le persigue. Algunos doctores y pacientes caen ante el embiste de los dos corriendo. Andrés alcanza a Fael ante las escaleras del vestíbulo del edificio y al intentar agarrarle, la enfermera cae escalones abajo.

Andrés mira a su alrededor, paciente, y observa en otro pasillo el brillo de los ojos de Fael, recien saltado en un joven médico. Andrés corre tras él. Entra en una habitación, sin rastro de Fael. El joven médico salta de detrás de un esqueleto de prácticas y le clava a Andrés un visturí en el vientre. Andrés, con el filo clavado, hace girar a Fael cogiéndole de la bata y le tira hacia la puerta, saliendo los dos a trompicones.

Andrés, sangrando, persigue al joven médico, que baja cojeando las escaleras del vestíbulo, saltando por encima de la enfermera desplomada y los que le atienden. Andrés le alcanza junto a la puerta de salida y saltando hacia él, le agarra de la pierna, y el médico cae de cara contra el suelo.

Andrés se desangra tumbado boca arriba en el vestíbulo del hospital, con el visturí clavado. Un hombre mayor, con una escayola en un brazo, se acerca y le habla mientras un médico intenta frenarle la hemorragia.

- Sabes que volveré, una y otra vez – le dice Fael.

El hombre mayor se marcha por la puerta del hospital.

- No, no lo harás – dice Andrés. Y sus ojos se cierran.   

marzo 16, 2012

15 Los días que no vuelven su mirada

La primera vez fue como un mal sueño. No sabía lo que era morir, ni siquiera había tenido tiempo para entender lo que era el dolor. Tan solo dormir, como el que se duerme estando malo, entre cabezadas y despertares. Y después, aparecer desnudo, entre las sombras y la humedad, sin saber qué, ni poder desenvolverte, hasta que alguien te encuentra, y te da una explicación mortal.

La experiencia de la muerte nos cambia la mente, y el rostro. No nos mantenemos iguales desde que nacimos por primera vez. Y en cuanto al intelecto, en el segundo día, o la segunda vez conocida de muerte, lo notas a la perfección. Comienzas a razonar no como hombre, y sabes que algo pasa. El segundo día es como una explosión de pensamientos y sentimientos, no cuando mueres que, salvo una mínima esperanza, temes la nada. Sino cuando renaces.

- ¿Y ahora qué? -.

El tercer día es la inocencia. Buscas explorar, y explotar por dentro. Buscas morir, pero no te atreves. Desconoces tu naturaleza, y deseas encontrarte con ella. Tres años viví así, casi instintivamente, hasta que forcé mi muerte. Fue entonces cuando llegué al mayor dilema que se nos cuestiona al principio:

- Si puedo renacer, ¿en qué edad quedarme? -.

Pero era todavía un niño, no solo de apariencia. Y así llegué a un cuarto día, o fase, en el cual solemos cometer los del tercer círculo un error del que aprendemos: No podemos suicidarnos. Pase días bajo la lluvia cortada por la copa de un árbol, inmóvil, aparentemente muerto, pero consciente. Una sensación peor que la muerte, aunque remediable. Tuve suerte por los lobos que, al ser certeros al devorarme, me hicieron despertar, con tres años menos.

Al quinto día era más cauto, pero buscaba la muerte viviendo mil aventuras. No quería crecer, no mientras tuviera cosas por descubrir. Fue la época de guerras y soldaditos, como aquel miliciano que me disparó a mis seis años, mientras llevaba un mensaje de trinchera en trinchera. Aquel pobre mandado, que sufriría la peor de las consciencias, durante lo poco que le quedaba de vida.

- Tu valor no es por la valentía que tengas, sino según lo que puedas perder.... -

Descubrimos también que no podemos retroceder al renacer más allá de la última vez que lo hicimos y, por ello, la apariencia avanzada, es apariencia perdida. Y al principio se traduce en conservar al máximo la edad que tienes. Pero la edad también cansa.

Y así llegas a la sexta muerte, que se repite una y otra vez, destinadas a buscarle un sentido a tu vida, más allá de la simple pregunta de en qué edad quedarte. Buscas proteger, o descubrir, o incluso maltratar a tu parecer. Pero no encontraba paz, ni amor, ni objetivo alguno. Sabía que me faltaba un pedazo del círculo.

Y entonces un día mueres, sin motivo aparente, sin función, sin haberlo deseado. Mueres sin más, porque alguien lo quiso cuando se cruzó contigo. Aprendí entonces que lo que buscaba, solo lo encontraría yo, en los demás, puede ser, pero por mi cuenta. Descubrí que no valía la pena inmiscuirse en asuntos de los mortales, que solo traían problemas. Y entendí que, por mi naturaleza, podía tener el objetivo que quisiera, en cada vida, cual sea.

Con esa muerte acepté lo que soy. Pero con la tuya, deberé aceptar, que no seré jamás.

marzo 09, 2012

14 Podríamos morir

En el fondo los dos queríamos lo mismo. Pero a veces el yo no importa, y son las circunstancias las que te obligan a que las cosas ocurran como tienen que ocurrir.

A él le tocó defender la conquista de los mortales, y a mi mantener la situación que siempre había sido, la discrección sin intervenciones. Y entre filos, estocadas y cortes, bailábamos los dos en una lucha sin descanso, en el sitio acordado, con las instrucciones dadas. Nos movíamos con la agilidad que nos caracteriza, y el acierto, tanto para esquivar los golpes, como para infringirlos en el contrario.

Quizás solos, hubiera sido otra cosa, pero las circunstancias quisieron que llegásemos a una situación irremediable: ninguno de los dos podía retroceder, teníamos que cumplir órdenes si queríamos que sobrevivieran los hombres que estaban a nuestro cargo. Y quizás obedeciendo daríamos fin a todo, o al menos estaríamos cerca.

Así que, buscando un punto medio, decidimos retarnos solo los dos, y zanjar así todo. O al menos intentarlo.

Sé que no es fácil de entender todo esto. Te preguntarás cómo podíamos combatir. Bueno, cada uno de nosotros, cada círculo, muere de una forma distinta. Y créeme, es preferible saber el cómo. Conocer la forma de matarnos entre nosotros es una ventaja no al alcance de todos. Además tenías que reconocer en esta guerra el círculo al que pertenecía el contrario, o dirigir tus esfuerzos a inmovilizarlo.

Nuestro enfrentamiento fue dantesco. Nos retamos a filos, en una lucha en la que evitábamos las heridas mortales, que a ambos nos hubiera hecho renacer con tres años menos, cerca de allí, en el sitio más oscuro. Y hubiéramos vuelto a la lucha. Nosotros buscábamos heridas no de muerte, pero mortalmente dolorosas. Buscábamos debilitar al contrario, desangrarlo con heridas cicatrizantes, dejarlos fuera de combate, hasta el punto de no poder por nosotros mismos, por ejemplo, alimentarnos.

Esto, para los de nuestro círculo, era como un suicidio. Pero nosotros, si nos matábamos, quedábamos en un estado de coma: vivos y conscientes, pero inmóviles y sin pulso para el exterior. Un estado del que solo salíamos si alguien nos mataba.

Pero corríamos, además, el riesgo de morir, tal y como Zael me explicó antes del enfrentamiento, la fórmula para ello, ya que dependía en mayor parte de uno mismo. Y tal y como estaba el mundo, y yo mismo, te aseguro que no me hubiera importado.

febrero 17, 2012

13 Criaturas inmortales


Mirábamos el fuego convencidos de nuestra suerte, un fuego hipnótico que lo devoraba todo, también nuestra atención.

Eramos tan diferentes como iguales, un perfecto antagonistas. Quizás por ello teníamos objetivos contrapuestos, lo que nos convertía en enemigos.

Pero en el fondo nos apreciábamos, y hubiéramos deseado encontrarnos en otras circunstancias. Quizás, no sé, era por el hecho de ser del mismo círculo los dos; es lo que tiene la soledad, que une a muchos.

- ¿Y bien? -

- Tan solo nos queda luchar -.

Como líderes de cada ejército nos enfrentábamos para frenar una batalla, aunque la guerra continuaría, un episodio de hace años ya, que no conocísteis los mortales, que enfrentaba dos bandos: el que no quería intervenir, y el que buscaba someter al mundo a un gobierno de inmortales.

Pero tanto Zael como yo dudábamos del bando que habíamos escogido (casi por casualidad), debido con gran seguridad a que en el fondo, no queríamos participar, y en la guerra, las dudas, no son aliadas.

- Es curioso, tenemos practicamente los mismos años -.

- Y nos mantenemos en la misma edad -.

- Una buena edad, por cierto -.

- Con tres años menos estábamos mejor -.

- Eso decimos siempre, y aún así seguimos creciendo -.

Comenzamos a prepararnos para enfrentarnos. Cerrábamos nuestras ropas largas, dejando accesibles los distintos filos. Y tensábamos los músculos.

- ¿Preparado? A las malas, nos vemos en años y años, con la guerra inacabada -.

- Y a las buenas, despertamos mañana, y todos se han olvidado -.

- En cualquier caso dormiremo, como seres insomnes cansados de tantas vueltas -.

- En cualquier caso dormiremos como todos: deseando, y a la vez molestos de ser despertados…. -.