enero 27, 2012

10 Goliat


Antes de David fue Goliat. Cuando llegué a San Claire de la montaña, con mi apariencia de niño de diez años, tuve que adaptarme. Pero al principio, David no era el problema, sino un chico mayor, gordo, al que le decían Goliat.

Comenzó como un juego gritarle Goliat y que te persiguiera, pero con el aumento de fuerza del niño, y de crudeza del juego, pasaba de ser divertido a preocupante. Más que a nadie a mi, que ni estaba para juegos, ni quería llamar la atención intentando “calmarle”.

Necesitaba de la tranquilidad encerrada en aquelas cuatro paredes, al menos por tres años. Aburrido entre tanto niño, sí, pero sin tener que huir.

Un día Goliat comenzó a seguirme. Corrí lo que pude, y me agaché tras un parapeto del patio. Él pasó de largo creyendo que estaba a punto de cogerme. Y yo, comencé a seguirle.

Desde entonces ese fue nuestro juego durante los tiempos libre: él me buscaba, enfadado por no encontrarme, y yo le seguía, anotándome mentalmente el recorrido que repetía para darme caza.

Cuando lo tuve claro, robé su mochila del cuarto antes de la carrera. Le di esquinazo, y comencé a seguirle sin que me viese, como las otras veces. Mientras corríamos, yo iba llenando su mochila con objetos que iba encontrando, en las clases, los pasillos,… Y cuando estaba llegando al despacho entreabierto del director, reduje la distancia y le tiré la mochila abierta a la cabeza, con fuerza suficiente como para que golpease también la puerta. Y me escondí.

Cuando el director salió a ver qué había pasado encontró a un chico que parecía haberse resbalado por correr en los pasillos, y que guardaba en su mochila objetos personales de todo el San Claire.

enero 20, 2012

09 Es hora de crecer


Agachados tras los contendedores del callejón les observábamos actuar. En fila, como patos, introducían a un grupo de niños muy pequeños en el edificio, un local que abría por las noches y les servía de refugio.

- No es un afotaleza como ellos creen – me decía Paul -, no es impenetrable -.

Paul se pasaba los días sin comer, sin “consumir nada”. Y al igual que yo se mostraba joven, fuerte, con ganas de entrar en acción.

- ¿Dónde les retienen? -

- En una de las habitaciones. En la primera fase mantienen a los niños allí encerrados durante días, sin comida, para que no crezcan, y se vayan adoctrinando. Pero no todos son inmortales de mi círculo, no aciertan al cien por cien en la selección. Y les da igual.

Tenía razón: cuando entré encontré un panorama dantesco, con cadáveres pequeños arrinconados bajo la asustada mirada del resto de los niños.

- En la segunda fase salen acompañando a uno de los mayores, que les dominan y continuan adoctrinando mediante amenazas -.

- ¿Y el líder? – le pregunté.

- No se deja ver, actúa siempre a través de sus generales. Cuando entremos, si no falla nada, debería estar en el despacho de abajo, que usa como dormitorio, en el otro extremo de la planta -.

Nos preparamos para entrar, y comenzó la acción. Paul pasó por la puerta principal, fingiendo ser un adepto, y su misión era abrirse paso hasta el líder, y matarlo.

Unos minutos antes entré yo por una de las ventanas del último piso, y debía liberar a los niños encerrados, a los que les daba chocolatinas para convencerles de que era de los buenos: todo un sacrilegio para aquella organización.

Me abría paso silencioso, cortando con un cuchillo las gargantas de la oposición con la que me encontraba. Si no “consumían”, regeneraban sus heridas. Por eso no podía fallar en cada golpe: debían ser heridas mortales.

Los niños me seguían tras rescatarles por los pasillos hacia la planta inferior, donde yacían los cuerpos de los que intentaron frenar a Paul. Pero presentí por el silencio que algo no iba bien.

Dejé allí a los niños y me deslicé con rapidez hasta el despacho, una amplia habitación con muebles barrocos, una gran cama separando la estancia, cuadros, estatuas,… como si fuera un palacio. Un niño hablaba con Paul en el centro. Ninguno de los dos me vio entrar y esconderme tras la cama.

- No lo haces porque reconoces que tenemos razón, ¡admítelo! – le gritaba el niño a Paul.

Paul estaba inmóbil. Yo salté sobre el niño con rapidez y le corté el cuello. Miraba como se desangraba mientras limpiaba el cuchillo.

- No pude hacerlo. No, no sabía que era un niño. No he podido -.

- No te confundas, Paul. Este ha vivido mucho más que tu y yo juntos, creeme -.
  

enero 13, 2012

08 No abusen


Paul y yo fuimos muy buenos amigos. Nos conocimos en Francia, tras la guerra. Muchos de nosotros querían tomar las riendas de los países que nos habían llevado a un nuevo desastre humano. Paul llegaría a influir notablemente en esta tarea.

Yo compartía con él ciertos aspectos de su lucha. El “no intervengas” se me había quedado inútil, sobre todo tras lo sucedido. Y, para agravar, habían surgido inmortales sedientos de dominio a los demás. Durante un tiempo, Paul y yo nos convertimos en el equilibrio de esa balanza, persiguiendo y eliminando a los que creíamos entrometidos.

En esa tarea nos conocimos precisamente. No pude quedarme quieto cuando descubrí aquella organización y lo que hacían. Por más vueltas que le daba, sabía que tenía que intervenir. Y entonces, él dio conmigo. Me descubrió mientras les observaba.

Él hacía lo mismo: preparaba el ataque para desmantelarlos, y tras las presentaciones, me convenció de que le ayudara. Tenía más interés que yo en hacer que aquellos seres desapareciesen para siempre, quizás porque eran de su mismo círculo.

Y, ¿sabes?, de todos con los que me he topado, eran los más extraños. Paul, como los de su círculo, como todos los de aquella organización, “crecían conforme consumían”, como decían ellos. Si no comían, ni se drogaban, ni tenían relaciones sexuales u otras experiencias placenteras, se mantenían con la misma edad, regenerando sus heridas.

Cuando nos conocimos ambos teníamos la misma apariencia de edad, alrededor de los veinte. Los de su círculo solían crecer hasta esa edad, en la que descubrían su naturaleza, y muchos de ellos como Paul se mantenían eternamente jóvenes, sin “consumir” experiencias, hasta que se cansaban de tener siempre la misma edad. En ese aspecto son idénticos a nosotros.

Pero la decisión, como en todo, dependía de cada uno. Había quien, sabiéndolo, optaba por una vida normal, una vida de mortal. Aquella asociación atentaba no solo contra el “no intervengas”, sino también contra ese deseo de libertad e individualidad: secuestraban a niños que creían de su círculo y los encerraban, para que no consumieran, para que se mantuvieran eternamente vivos.

Buscaban un ejército de inmortales adoctrinados, y lo hubieran logrado si nuestra intervención no hubiera sido al inicio de su macabro proyecto. Y, para ser sincero, disfruté aquellos años de justicieros, destruyendo a todo el que queríamos, interviniendo.