enero 25, 2013

Hasta dónde eres valiente

Rosa camina por la calle. Un hombre se cruza en su camino. Todo oscurece.

Rosa está sentada en una silla, esposada, en los almacenes de un bar. Sergio le golpea con la mano abierta. Rosa grita mientras aleja la cara, y vuelve para mirarle a los ojos.

- Chica valiente, pero creo que hasta un límite, ¿no? Veamos -.

El barman, un hombre con delantal, gordo y con bigote le tiene un teléfono a Sergio. Este lo manipula, y se lo pone en la oreja a Rosa.

- Dile que venga al bar Kazú, que tienes información -.

La bodega queda en silencio, y Rosa intenta calmar su respiración.

- Miguel, soy yo. Creo que tengo algo... -

Las botellas almacenadas trazan un dibujo laberíntico, con formas geométricas repetitivas, y a la vez azarosas. Sergio fuma impaciente, tamborilea sus dedos en un barril, observa a Rosa, le coge de la cara y le suelta con violencia. Se vuelve hacia el barman y le hace un gesto. El barman le tiene el teléfono. Sergio habla por este.

- Soy Sergio, dile a mi padre donde estoy, y que no se impaciente. En nada estoy allí, Teban no esperará, seguro -.

Desde la bodega se oye todo el bar, pero el bar estaba mudo. De repente unos pasos, unos golpes y unos pies que se arrastran.

Dos hombres tiran de Miguel, lo sientan en una silla, junto a Rosa, y le esposan. Los hombres le propinan golpes, hasta que Sergio les hace una señal.

- Todo podría haber quedado en un accidente, pero no, tuviste que jugar al héroe. Incluso podríamos haberte pagado dinero por el estropicio, hay que reconocer que fue un error y... -

- Ni siquiera cuando te mate me habrás pagado, tu error, hijo de puta. Métete el dinero por el culo -.

Miguel le mira y escupe las palabras lleno de odio. Sergio le observa, entre divertido e incrédulo.

- Un don nadie. Un don nadie matando a gente por ahí - le dice Sergio.

- No deberías infravalorarte tanto - responde Miguel.

Sergio le golpea con todas sus fuerzas. Miguel se retuerce.

- Debería matarte. Pero ya no habrá más errores - se acerca a Miguel -, todo el mundo creerá que tú mataste a Tor y a tu hija, y no podrán sonsacarte nada porque habrás desaparecido -.

Sergio se incorpora.

- Que no se mueva de aquí hasta que vuelva con Mihai -.

Uno de los hombres y el barman acompañan a Sergio al exterior. Miguel mira a Rosa.

- Lo siento mucho -.

El otro hombre se acerca hasta Miguel, y le golpea con fuerza.

enero 18, 2013

Me iré por un tiempo

El ajetreo, muy parecido al de un circo, de su oficina, es para Miguel un estimulante, acostumbrado a cada rutina observada entre ordenadores, ficheros y escritorios. La conversación de Miguel y Rosa se entremezcla con el resto de sonidos.

- Lo que me pides es que te maten -.

- No es tan difícil que busques y me digas la dirección del cabecilla de la mafia Monma -.

- No te digo que sea peligroso para mi, lo que me pides es sencillo. Lo digo por ti, ¿qué vas a hacer cuando lo sepas? -

- Rosa, mi hija tan solo tenía 6 años... -

- ¿Crees que no lo sé, que no me duele? Menos de lo que te debe doler, lo entiendo, pero yo también lloro por ella. Como lloré cuando se fue tu mujer. Pero les debes seguir viviendo... -

- Le debo justicia -.

- Para eso está la policía -.

- Mira, Rosa. Puede que yo también esté en peligro y la policía no me ayudará, te lo aseguro. Solo necesito que des con lo que te pido, y me iré, por un tiempo. Durante bastante tiempo te dejaré en paz, lo juro: eso debe bastar como pago, ¿no crees? -

Rosa mira con pena a Emilio, y este, con cara de complicidad, le coloca una mano en el brazo. El ruido alrededor se hace más intenso, como si hubiera llegado una nueva noticia a la redacción, o como si segundos antes se hubiera producido un extraño silencio. Rosa se zafa y resopla, mientras se acerca a su ordenador.

- Está bien, te haré caso por última vez. Pero me tienes que prometer meses de total ignorancia -.

- No te pediré nada más, de verdad -.

- Y prométeme que será solo para vigilancia, que no irás a donde encontremos, pegando tiros como un matón de barrio. Miguel, por favor, es el momento de llorar por ella, pero en el mismo esfuerzo, seguir adelante -.

enero 11, 2013

El pintor

La puerta se abre en un movimiento rápido, pero corto. Miguel entra cabizbajo, y solo, con papeles de la comisaría en la mano. Avanza a oscuras, como si no quisiera ver nada, pero seguro, conociendo la colocación de cada objeto de la estancia.

Se ducha, y llora, sentado mientras el agua se sale  del plato. Se viste y se sienta en la cama, en su colchón, y observa la foto de Cecilia. Pasa los dedos por el cristal, y vuelve a llorar.

Se seca las lágrimas, y observa el armario abierto. En una repisa, hay un arma. La coge, la observa, y deambula con esta por la habitación, pensativo. Se acerca hasta el teléfono, lo descuelga, y lo vuelve a colgar, y sigue deambulando. Finalmente cansado, se sienta en el sofá del salón.

El pintor fuerza la puerta de la casa de Miguel, y entra, sigiloso. Sigue todo a oscuras, a penas se podría ver el maletín que lleva, ni la cicatriz que marca su ausencia de oreja en el lado izquierdo, señal de un trabajo pasado.

Miguel se despierta lento, y observa sorprendido pero inmóvil la figura del pintor, que acecha en la puerta de su cuarto. Este se asoma cauteloso, descubriendo que no hay nadie dentro. Entonces Miguel, que aún sujeta el arma, apunta entre las sombras, y dispara.

El gatillo chasquea, pero nada sucede, pues el arma tiene el seguro puesto. Como un gato el pintor suelta el maletín, coge su arma y se gira hacia el sonido. Miguel enciende la luz y salta contra el pintor quien, deslumbrado, dispara. La bala roza el brazo de Miguel antes de tumbar al pintor.

El embiste es tan grande que los dos acaban barriendo el suelo, entrando en el cuarto, hasta chocar contra el armario.

El pintro recula un poco para apuntar. Miguel coge una percha caída y le golpea en la muñeca, haciendo que tire el arma. Después y sin descanso, le golpea en la cabeza una y otra vez, hasta que su sangre se mezcla con la de su brazo, hasta que la percha se hace pedazos.