abril 26, 2013

Fuera, la ciudad

Los barrotes se abren delante de su cara, despacio porque tras tanto tiempo, la ciudad es más rápida, o no tanto tiempo pero allí, nunca se sabe. Sergio sale escoltado, pero sale, andando con la confianza del que acaban de soltar, confianza que se rompe en ese mismo pasillo, en ese mismo lugar del que sale porque, él no ha sido....

Miguel camina sin alma, ni vida, pero camina, esposado por una pareja de policías que le empuja hacia adelante, con la ropa rota y lleno de sangre, un aspecto que a Sergio le basta para entender, para comprender, para convertir su aire de superioridad en ira desbocada, para intentar abalanzarse contra Miguel, mientas el policía que le escolta trata de impedírselo.

- Hijo de puta, cabrón - le grita a Miguel, que continúa andando, mirando, nada - yo soy el que debería quedarme aquí, con tu sangre en la ropa... ¡Tú eres el bueno! ¡Tú eres el bueno! -

Sus gritos se ahogan en lágrimas mientras el cuerpo le flaquea. El policía que le escolta tira de él desde sus axilas y le lleva fuera del pasillo de celdas, a la calle, afuera.

Miguel mira a los policías que acaban de introducirle en una celda, sin expresión alguna, como si le faltase algo que siempre había estado en su rostro y ahora no, o como si le sobrase algo, igual da. Los barrotes se cierran delante de su cara de forma rápida porque, el tiempo ahora está ahí dentro detenido, y nadie quisiera que se escapara en ese abrir y cerrar, siquiera un poquito hacia la ciudad.

abril 12, 2013

Vuelta al final

Mihai, encendido, oye como el teléfono se cuelga al otro lado, y estrella su auricular contra la mesa. Se gira hacia su subordinado y con un gesto salen los dos de la casa de Miguel, con paso largo y furioso.

Miguel cuelga con tranquilidad el teléfono. Ioana comienza a gritar y Miguel le golpea fuerte con el arma, provocando que se desmaye. Se sienta después en una silla mirando hacia la entrada de la casa de Mihai, y comienza a dar cabezadas entre el silencio de la estancia, hasta que se queda dormido.

Cecilia corretea por las calles del barrio de Los trenes. O quizás es por un campo, marchito ya por el avance imparable de una ciudad cualquiera. Pero corre alegre, jugando con el viento, riendo como cualquier niño de su edad.

Miguel despierta con una sensación de caída. Mihai, lleno de rabia, está sobre él, y los dos caen hacia atrás con violencia, rompiendo la silla en mil pedazos, perdiendo Miguel el arma, que se desplaza lejos. Detrás el hombre de Mihai le toma el pulso a Ioana, que está inmóvil en la silla, y niega con la cabeza con la cara impávida. Pero Miguel no ve el gesto, ni tampoco Mihai, enzarzados ambos en el forcejeo.

Mihai golpea con el puño sobre Miguel una y otra vez, mientras este recula poco a poco hacia atrás a cada golpe que no puede parar con las manos, intentando zafarse de la embestida. Tras varios golpes mal dados, Miguel choca contra una estantería, provocando la caída de varios objetos que igualmente le golpean. Uno de estos, un pequeño busto de escayola, se parte con la caída. Miguel coge uno de los pedazos y golpea a Mihai.

Logra zafarse y se arrastra hasta la chimenea donde coge un atizador. El hombre alza su arma para apuntarle, mientras Mihai se levanta, interponiéndose en su línea de tiro. Sin dudar, Miguel da unos pasos y golpea en la cabeza a Mihai que cae delante del sofá. El hombre vuelve a apuntar a Miguel y le dispara en el brazo del atizador. La bala le pasa por el brazo e impacta en la vidriera de la pared, llenando la estancia de cristales. Miguel suelta por inercia el atizador, y con rapidez se lanza al suelo, delante del sofá, quedando fuera de tiro, junto a Mihai.

Mihai se arrastra hasta él, con los ojos rojos. Miguel coge uno de los trozos de cristal y se lo clava en la garganta a la vez que Mihai, con su enorme cuerpo, se echa sobre él. Mihai asfixia con sus manos a Miguel, mientras se desangra a causa de la herida. Cuando comienza a convulsionar deja de ahogar a Miguel, para después caer a su lado, ya casi inmóvil.

El hombre llega tarde tras el sofá, justo para ver la mortal herida de su jefe. Extiende el brazo con el arma y apunta a Miguel.

- En paz - recita Miguel.

- ¡Alto! -.

- Bastardo - le responde el hombre.

Un disparo recorre la habitación con un sonido sordo, y el hombre cae abatido. Agentes de policía invaden la estancia llena de sangre, cristales y cuerpos, entre ellos, el de Miguel quien, mientras le esposan, se queda dormido.