noviembre 29, 2013

Entrevista a Hellen Goodbridge I

Septiembre de 2058, Entrevista a Hellen Goodbridge I

Entrevistador: Estamos posiblemente con una de las personas más importantes de nuestra historia más cercana, con una verdadera heroína que supo hacer frente a una realidad que se cernía sobre todos nosotros y que ha transformado el mundo por completo. Gracias a personas como esta mujer hoy podemos decir que todo ha acabado, ¿o quizás deberíamos hablar de que todo ha empezado?

Hellen: Nada empieza sin un final, y nuestro comienzo es el más claro ejemplo. Pero para empezar correctamente esta entrevista, que precisamente persigue sacar a la luz detalles y encontrar "por qués", he de decir que no me gusta la palabra héroe, como también desecho la de superviviente. Nosotros somos lo que somos, a partir de lo que se nos ha permitido ser, a partir de lo que debemos hacer en determinados casos. El abanico es más amplio, y hay acciones que, lejos de ser malas, te excluyen de ser humano.

E: ¿Piensa que lo que nos ha sucedido ha mostrado nuestra verdadera naturaleza?

H: Pienso que la mostramos siempre, solo que a veces las injusticias las toman otros en nuestro nombre, y tan solo nos dejamos llevar porque así está establecido. Lo que nos ha sucedido abre la posibilidad de un cambio, y es por lo que hoy día luchamos.

E: Me gustaría comenzar por el principio, ¿nos podría citar sus orígenes?

H: Nací cerca de de Yendi en la Costa de Oro africana. Me casé joven y tuve un hijo, que murió de inanición. Mi marido también murió en las revoluciones del 17. Mi cuñada y yo nos vimos solas y decidimos viajar hasta la capital para encontrar trabajo, lo que logramos en una fábrica de la familia Goodbridge.

E: Todavía no se sabía nada de la NEMO, supongo.

H: No, nada, y menos allí. Empezamos a recibir información cuando el comportamiento de la gente en la ciudad comenzó a cambiar.

E: ¿En qué sentido?

H: Aunque todavía no era notable, el orden social comenzó poco a poco a alterarse. Los ingleses tenían miedo en todo momento, y andaban siempre muy nerviosos.

E: ¿Fue entonces cuando conoció a Anne Goodbridge?

H: No, fue mucho antes. La suerte y la casualidad me besaron en la misma mejilla. Conocí primero a su hijo, y le caí en gracia. A partir de ahí la madre me encargó cuidarle un par de veces. Hasta que año y medio o año más tarde viajé con ella y me convertí en su cuidadora, primero en un viaje a Inglaterra, y luego en su mansión a las afueras de Barcelona.

E: ¿Crees que sabía ya entonces qué les iba a suceder?

H: Cuando me llevó a Barcelona por supuesto que sí: vivía con la esperanza de que a su hijo no le pasaría nada, y alguien tenía que cuidar al heredero de su imperio. Pero al principio, no lo sé. Quizás algo habrían oído, pero no lo tenían asimilado. Cuando todo empezó, nadie era capaz de aceptar la cruda realidad de ser un "futuro muerto".

noviembre 08, 2013

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El amor nos hace héroes, y la muerte culpables. Y ambos se dan en esa línea que es tan corta como la vida misma, allí donde ambos se dan. Una elección que depende de millones de años no podría nunca, en la vida, determinar nuestro destino porque, sin la unión, sin la mezcla siempre equilibrada de todas las partes, no hay decisión,  ni destino. Esa es la condena: una libertad atada a libertades, definidas por una aleatoriedad en libertad.

Así lo quisieron los humanos, así ningún humano culpe a otros, así merecieron lo inmerecible. Así murieron. Las grandes ciudades, masificadas, tuvieron más bajas. Allí, la enfermedad se desarrolló con mayor rapidez por la alta exposición. Mis padres murieron dos años después del día cero, o de cuando se fechó la primera muerte. Tras meses de subsistencia decidí huir de Madrid con mi hermana pequeña, abandonando el caos ya insostenible.

Dejar la seguridad de nuestra casa fue duro, pero necesario. Allí, en mi habitación, publiqué las anteriores entradas de este blog, cuando aún nadie sabía nada. Quizás esto me dio fuerzas para sobrevivir, la importancia de comunicar lo sucedido, de buscar un por qué. Si buscan las primeras publicaciones verán como pasé de reflexionar y criticar cosas sin importancia a interesarme por todo esto: el lanzamiento del nuevo satélite, las protestas de los ecologistas, las mentiras de los gobiernos, la primera muerte, los primeros estudios,…

Circulaba la información de que el norte de Europa había quedado más a salvo de la radiación, que había centros para tratar a los afectados. Pero todo el país estaba paralizado. Tan solo se oía de transportes en la costa este, así que esa fue mi decisión: cogimos provisiones y empezamos a andar por las autovías, en dirección a Barcelona.

Quedarse no era una opción. Muchos dirigentes habían muerto, y reinaba la anarquía. El mayor problema era que nadie sabía quién iba a morir primero. La nueva exposición a la que fuimos sometidos, precio a pagar por nuestro progreso, reaccionaba con la acumulada en el cuerpo con los años, según me explicaba Emile. Es decir, no era la causa, sino el agravante de una causa que se sabía solo en parte. Y con esa intensificación, o rotura de nuestra protección natural, los humanos comenzamos a desarrollar masivamente mutaciones cancerígenas diversas.

¿Qué es de quién? Nuestro sistema social sufrió una ola poseidónica. La clase alta pasó a estar compuesta por aquellos cuyos cánceres les permitía vivir más años que a los demás, más virulentos. Al principio, cuando todavía funcionaban los hospitales, se podía determinar el estado de cada enfermedad, a veces con diagnósticos dados a simple vista, prácticamente azarosos. Pero pronto cundió la anarquía, y los que mejor se sentían reclamaban a su alrededor las propiedades y pertenencias de los demás, con la escusa (y definición) que se convirtió más tarde en el apelativo de los que formábamos esta nueva clase baja: “futuro muerto”.