diciembre 19, 2014

05 Las repeticiones paralelas

Todos los cursos jugaban en el patio, cada uno en su espacio designado por la costumbre, que nadie se atrevía a quebrar salvo en contadas ocasiones. Algunas clases mezcladas, otras bien separadas, y desperdigadas en grupos de interés según juegos o conversaciones, o simple vagancia. Todos los alumnos repartidos en un perfecto caos ordenado.

Zariel estaba junto a compañeros de clase, que charlaban.

- Siempre sabes qué decir para iniciar un pequeño caos en clase - le decía un compañero a Zariel.

- Siempre se repiten las palabras - pensaba para sí Zariel -, siempre, siempre se repiten las palabras -.

- ¿Alguien ha terminado el ejercicio? - Preguntaba otro compañero.

- Yo no diría que ha sido eso, tampoco ha sido para tanto -.

- Loreno estaba muy enfadada -.

- ¿Y qué? Como si importase de algo. Lo que importa es lo que nos quiera enseñar, y lo que nos quiere enseñar es poco importante -.

Un compañero miraba distraído al patio, desconectando de la conversación. Otro subía hacia arriba los ojos y colocaba una mueca en la boca, en gesto de desaprobación, rechazo o cansancio. Solo uno de ellos mostraba una respuesta agresiva hacia el comentario de Zariel.

- Qué más te dará lo que nos enseñen, apruebas y punto, y el año que viene eliges lo que más te guste, pero no empieces otra vez a quejarte sobre lo que se hace y lo que se deja de hacer -.

Zariel pensaba, mirandole a los ojos. - No destaques, no des la nota. Cállate -.

- Ya, si es eso. Tan solo que no tengo claro qué quiero ser de mayor, y algunas cosas me interesan menos que otras - Respondía Zariel al compañero.

- Y a quién no -.

- Bueno, pero quién ha terminado el ejercicio -.

Un profesor silbaba con su silbato y los cursos de alumnos empezaban poco a poco a ordenarse de manera caótica por el patio del colegio. Zariel y sus amigos subían despacio hacia las aulas, hablando del colegio, de la televisión, de deporte,...

Zariel seguía concentrado, pensando en lo que había pasado. - No sé actuar si no es de forma mecánica, si no me programo qué debo hacer porque no se corresponde con lo que quiero hacer cuando pienso, y descubro, y entiendo, y sé que no me puedo dejar llevar. No sé qué hacer. No sé actuar a la par de lo que pasa a mi alrededor. Y no puedo dejar de pensar.... -

noviembre 28, 2014

04 Rey del patio

El árbol bailaba solo, mecido por el aire, completamente solo. Apenas le acompañaba un columpio, o la portería, o la basura posterior a un recreo en el patio de un colegio, todo inmóvil.

La grandeza de sus ramas, aún siendo poco frondoso, lo convertía en el rey del patio. Un rey pobre, pero rey no obstante.

Zariel lo observaba, desconectado de la clase donde la profesora explicaba cualquier materia poco importante para él, o no lo suficientemente interesante.

Junto a la ventana, Lara sí atendía a clase. Zariel observaba su cabeza preguntándose qué se sentiría al no ser humano. Observaba sus ojos, muy parecidos a los de su hermana, o su madre. Oscuros, y brillantes. Profundos.

Zariel se imaginaba que su pelo, largo y negro, bailaba al mismo son que las ramas del árbol del patio, mecánicamente, sin viento.

- Zariel, ¿estás atendiendo? -

- No - Se giraba Zariel sobresaltado ante la interrupción pero, tras comprender qué había pasado en esos segundos, respondía sin problemas.

- ¿Es que no te interesa la historia? -

- No es historia - y se arrepentía conforme se oía así mismo.

- ¿Cómo has dicho? -

- Nada -.

- Zariel, no me gusta que me tomen el pelo -.

- No señorita -.

En el exterior, el árbol se agitaba. Los niños miraban a la profesora. Algunos intercambiaban sonrisas o susurros. Otro, terminaba un ejercicio en su dispositivo. Lara observaba a Zariel, y él lo sabia.

- Zariel, ¿me estás escuchando? -

- Sí señorita -.

- No quiero oír una tontería más -.

Y todos volvían a atender la clase. El árbol también volvía a agitarse, pero esta vez solo en su imaginación, o quizás también fue así las anteriores veces.

noviembre 21, 2014

03 Lo que se tiene que hacer

- Uno tiene que hacer lo que uno tiene que hacer, y en tal caso hacerlo mal, o tarde, es tanto peor que no hacerlo -. Esto se repetía una y otra vez Zariel en la cabeza, mientras aceleraba el paso tirando de su hermana.

- Hemos salido muy tarde, no tendríamos que haber salido tan tarde, no podemos llegar tarde -, le transmitía a Alicia.

Los dos andaban por las calles entre el trasiego de un día temprano por la mañana, con sus uniformes y mochilas del colegio.

- No ha sido culpa mía, por favor, no se lo digas a papá -.

- No se lo pienso decir, y no llegaremos tarde -. Aceleraba el paso.

- Pero, ¿tu no me pegarás como él? -

- Nuestro padre se preocupa por nosotros, quiere que aprendamos rápido, o no sobreviviremos a este mundo -.
Zariel sentía la deceleración de su hermana, y tiraba más fuerte de ella.
- Pero yo no, yo no te haría daño nunca, te lo aseguro. Pero no lleguemos tarde -.

Había que guardar las apariencias, eso le decía el padre que seguía acudiendo al trabajo, mientras los niños tenían que ir al colegio. Los suplantados les tomarían así por iguales, y no buscarían un ataque a su hogar: - Si supieran que seguimos siendo humanos, procederían a matarnos y reemplazarnos como simples piezas de un juego de tablero -.

Por eso mantenían las rutinas de los demás, pero siguiendo el estricto horario de su padre: - Solo yo sé la secuencia para movernos entre ellos sin que percaten en nosotros en demasía -. Salirse de esa frecuencia era demasiado peligroso para la familia al completo, y el padre velaba muy en serio por su cumplimiento, porque eso es lo que se tiene que hacer.

noviembre 14, 2014

02 El día de la foto

- ¿Has ido y vuelto a la tienda directo? -

- Si, padre -.

- ¿Nadie te ha mirado raro? -

- No padre -.

- Eso es importante. Cena algo, después tenemos la foto -.

- Si, padre -.

En la cocina, Zariel cenaba cereales junto a su hermana pequeña, Alicia.

Solo su padre conocía la ruta para la compra de alimentos no adulterados, una información que le había costado veinte años recopilar, y que seguía un patrón de cambio. El por qué existía no se lo había dicho, y el patrón tampoco: no hasta tener la edad suficiente para saber utilizarlo.

Alicia miraba los cereales con desgana.

- Si no te los terminas, padre te pegará hasta que entiendas la importancia de ser humano, y no uno de los otros -.

- Ya lo sé, pero no tengo hambre. ¿Te los terminas por mi? -

- Solo la mitad. Pero deberías comer -.

- Creo que voy a vomitar -.

Alicia siguió removiendo los cereales, mirando al infinito en su leche. La madre entró en la cocina y besó a Zariel, preguntándole por la ruta a la compra. Luego les apremió a apresurarse mientras se quitaba la blusa y se marchava.

Para ellos era algo normal: desde el día de la explosión atómica y las siguientes investigaciones de su padre, que reflejaban la suplantación de la sociedad al completo, venían realizando la foto familiar para demostrar su humanidad, siempre en la misma fecha, una por cada año transcurrido.
Su padre había montado un archivo y cada año realizaban el mismo plano de la familia completa, totalmente desnudos. Insistía en que era la única forma de reconocer la pureza humana ya que los suplantados contaban con al menos una pieza visible, o toma de contacto, artificial, y demostrar un cuerpo totalmente humano, a lo largo de los años, debía ser prueba más que suficiente.
El padre estaba seguro de que aquella locura terminaría algún día, y humanos de verdad de otras naciones vendrían al rescate y para entonces, necesitarían demostrar que ellos no habían sido suplantados como los demás.

Cuando terminaron de comer cada uno fue a su cuarto y volvieron sin ropa al salón, donde su padre preparaba la cámara, para más tarde disparar.

La fotografía revelaba la luz cálida del salón, debilmente iluminado, pero por completo, reflejándose la luz en cada lateral de los muebles de madera. La familia aparecía de frente, junto a la pared pastel, de pie, serios.

Tan solo la madre esbozaba una sonrisa que intentaba contagiar sin éxito a los demás, como si se tratara de una fotografía corriente, como si fueran una familia normal.

noviembre 07, 2014

01 El último mosquito

- Me voy a quedar aquí hasta que me pique un mosquito -. Dijo Zariel en voz alta, aunque nadie le escuchase.

Las últimas horas de la tarde habían despejado el parque, que recibía ahora un trasiego pequeño de, sobre todo, corredores que hacían deporte olvidando sus rutinas del día, curiosamente, realizando una.

Todos se movían de forma mecánica, estudiada para Zariel quien conocía con seguridad el secreto: ellos no eran humanos, el sí.

A sus 17 años le pesaba demasiado permanecer siempre en casa, encerrado, huyendo del control de estos seres que actuaban de forma mecánica. Pero el estricto horario de su padre le obligaba a ello, protegiéndole así de posibles controles rutinarios o adoctrinamientos de la sociedad en la que se veían envueltos. - Tenemos que permanecer unidos, ocultos, humanos. Alejarnos del resto de seres, hasta que encontremos una nueva esperanza para nuestra raza -.

Pero ahora se saltaba la orden de su padre tan solo para sentarse en el parque y observar un exterior vetado para él.

- Tan solo serán unos minutos, no pasará nada -. Había comprado lo que le había pedido su padre en la mitad de tiempo, y disponía de margen para poder regresar a casa. - Tan solo quiero que me pique un mosquito, ¿o es que acaso yo tampoco soy humano? -.

Esa última reflexión ya le había asaltado más de una vez, pero su padre les repetía una, y otra, la historia de cómo habían sobrevivido como familia, ellos eran los únicos que quedaban.

- Me quedaré hasta que me pique un mosquito -, pero este no llegaba, y Zariel seguí absorto en aquel vaivén ciudadano, arrastrado por una fuerza que desconocía, y le gritaba - ven a correr, viste como nosotros, ríete con nosotros, háblanos de nada,...." -

Uno de los corredores se detuvo a respirar y giró la cabeza hacia el banco donde Zariel observaba hipnotizado. Al verle, Zariel se levantó apresurado y se alejó.

- No ha pasado nada, no ha pasado nada, no ha pasado nada - se repetía mentalmente.

octubre 31, 2014

00 Poema de Zariel Zapardiel

Cielo cortado
viento parlante:
a quién has matado,
qué hay por delante.

Sangre en la charca
palos a todos.
¿A mi quién me salva?
¡A mi, que me ahogo!

Beso enlatado,
mal del errante.
Hombres cansados,
muerte constante.

Vidas sin vidas,
vuelas tu solo.
Cruzas mi mente.
Cambias mis modos.

Río de ranas,
campo de toros.
Piel que amanece
en soles de oro.

Ave que mientes
canta aquel, solo.
Antés que reviente
me volveré lodo.

Sabed ser valientes.
Comienza un periodo:
bregar con la muerte,
codo con codo.

Retorna una vida,
en un solo instante,
que estaba perdida,
que no viste antes.

"Río de ranas" Poema de Zariel
1º de Bachillerato
31 / 10 / 2056

septiembre 20, 2014

Final De Éroes y Thánatos


Final de la serie de ficción por capítulos De Éroes y Thánatos.

- Ir al primer capítulo de la historia De Éroes y Thánatos.

Otros enlaces de este blog:

- Ir al primer capítulo de la historia de ficción: Tres años más.

- Ir al primer capítulo de la segunda temporada de Tres años más: El tercer círculo.

- Ir al primer capítulo de la tercera temporada de Tres años más: Criaturas inmortales.

- Ir al primer capítulo de la historia de ficción: Una ciudad cualquiera.


Lavadoras de rascacielos: Recopilatorio de secuencias.


- Ojalá alguien venga: Relato corto.

- Relato del protagonista del largometraje de ficción El príncipe Siro: Los cuatro reinos.

Ydijo el león.... -. : Blog de fábulas infantiles.

No habrá cine para los malvados: Blog de cine español.

agosto 07, 2014

La primera de muchas historias


LA PRIMERA DE MUCHAS HISTORIAS

Y así volvimos otra vez a amar y morir en la misma medida, y a sentir un ansia de vida que nos convierte en lo que queremos ser, y a ser lo que somos, y aceptarlo, olvidando a veces las consecuencias que aunque no lo queramos, son también parte del resultado deseado.

Así ningún humano se queje. Así formamos esta nueva civilización, que con el poco tiempo que lleva no es ni mejor ni peor, en relación a que sea más “eros que thanatos”. Pero tanto uno como otro sea medido, pues nada hay malo en este mundo salvo el exceso, de ahí que el hombre sabio no sea el que sabe “qué” sino “en qué medida”. Aunque, eso es algo que les dejo comprobar a ustedes, pues yo no lo veré más allá de lo que viva….

Más o menos después de la fiesta de celebración de la Fundación Nicolás, Emile me diagnosticó dos meses de vida, que quizás con el tratamiento que me proporcionó, seis meses, o hasta un año. Pero, ahora ya no me importa en absoluto. Vivo cada día con la enfermedad, pero intensamente, disfrutando, absorviendo todo, aprovechando los días como nunca antes lo había hecho. Con la sensación de tranquilidad de haber visto mucho en la vida, incluso de más, en algún caso. Con pena por irme, por supuesto, pero sin miedo: lo había perdido durante el viaje. Y sobre todo, con la sensación de haber cumplido con mi objetivo.

Porque esta era mi meta: poder relatar de nuevo lo injusto del ser humano. Poder hacer pública mi historia y la de mi hermana. Poder haceros llegar este mensaje de amor hacia la vida que se abre paso entre la ausencia.

Con este escrito descanso, no como héroe, pues mayores hubo durante esta negra estapa de nuestra historia, ayudando y salvando a los que, como Ángela, sufrieron la maldad de quienes pierden el ser humano. Sino como un mero cronista, de una sencilla historia frente a las miles que existen, que seguirá escribiendo mientras pueda entender el pasado, para narrarlo a un futuro que nos mira.

junio 14, 2014

De nuevo héroes

DE NUEVO HÉROES


Tuvimos suerte, lo reconozco, quizás nos tocaba tenerla. Llegamos al hospital, al caótico hospital llevado por un reducido grupo de voluntarios, pues la organización estaba en ese momento rota. Y allí me quedé.

Lo que pasó en los días siguientes fue la normalización del caos, pero no una normalización como vuelta a lo anterior, ni mucho menos.

Los “futuros muertos” fueron falleciendo, y la nueva población, la mayoría libre de la enfermedad, ocupando sus pertenencias, y levantando nuevamente sus negocios, algunos por que sí, por haberlos ocupado, otros presentando algún tipo de escrito, y otros enfrentándose a las improvisadas autoridades. Pero todo fue asentándose poco a poco, como el sedimento de un río, hasta llegar a un nuevo orden social con ricos y pobres, como siempre, pero como si la rueda que determina esto hubiera girado a suertes por un momento excepcional.

Comenzaron a refundarse los estados y gobiernos, algunos con variaciones, la mayoría sin que nadie le diese importancia. Y poco a poco fue retomandose el orden en las ciudades, mediante una nueva organización, y nuevos miembros. Y todo ello a través de una interculturalidad impactante: todos eran de todos lados, y cada uno con su lengua y costumbres, se comunicaba con todos, y así vivían.

El hospital en el que estaba, cuyo dueño mayoritario era el Señor Goodbridge, pasó a manos de Hellen, quien terminaría siendo la nueva dueña de todo lo que poseía esta familia.

Hellen estuvo cuidando del hijo de los Goodbridge, Nicolás, en la casa de las afueras, incluso después de que sus padres murieran. El ejército, antes de los grandes conflictos, exigió usar las tierras de la familia para establecer un campamento itinerante que reforzaría la labor en las fronteras. Y Hellen decidió mudarse al lujoso piso de la ciudad, junto al ya enfermo hijo de la familia.

El niño murió por un acusado cáncer, y Hellen permaneció recluida en el piso, por miedo a salir cuando comenzó la anarquía. Estuvo un tiempo incluso con el cuerpo del niño en el piso, hasta que en la calle las revueltas se calmaron, y pudo llevarlo al hospital, y mantenerlo en una cámara para mandar que fuera enterrado más adelante, en la finca familiar.

Cuando todo comenzó a tranquilizarse, muchos de los recién llegados estaban ansiosos por trabajar en lo que fuera, y Hellen supo ver esa oportunidad. Recopiló todos los papeles de la fábrica del Señor Goodbridge y empezó a movilizar todo para que pudiera funcionar cuando se volviera a la normalidad. Así fue como se convirtió en nueva empresaria, y miembro de la nueva alta sociedad.

En cuanto al hospital, también empezó a gestionarlo de nuevo, y a contratar personal, al principio igualmente voluntarios. Emile, desde que llegó conmigo, había estado de voluntario, atendiendo pacientes y organizando tareas.

Los dos congeniaron, y Hellen nombró a Emile director del hospital. Ante la creciente demanda de la nueva sociedad, los dos tomaron la decisión de “finalizar” la atención médica y hospitalaria de los “futuros muertos”, dando prioridad a los nuevos ciudadanos. Era el fin y la guinda de un ciclo de muerte, y algo que no juzgaré aquí aunque duela, puesto que yo, gracias al trato con Emile, permanecí en una habitación del hospital, de momento hasta la fecha.

Otra de las medidas fue la creación de la Fundación Nicolás, destinada a la investigación de lo sucedido, y con el objetivo de que no volviera a ocurrir. Una Fundación que tuvo repercusión y fue emulada en toda la Nueva Europa.

mayo 09, 2014

No hay más frontera que la muerte


NO HAY MÁS FRONTERA QUE LA MUERTE

Podría haberme quedado allí, en aquella casa abandonada, junto a mi hermana. No tenía miedo a que volviese aquel grupo, no tenía ya nada mío que pudieran quitarme salvo la vida, y tampoco importaba por su escaso valor. O quizás aquella casa, que podía haber hecho mía, y descansar hasta cuando fuese, pero morir al menos en un hogar.

Pero algo me llamaba, no la esperanza, ya rota, de aquellas clínicas en el norte, sino quizás un deseo de encontrar civilización, y poder hacer justicia, contando lo sucedido. Llevaba años denunciando en estos escritos todo lo que veía y con esto no podía ser menos, tenía que hacer algo más.

Así que me repuse en aquella casa, cogí lo necesario, me despedí de Ángela, y continué el viaje. Me encontraba mucho peor, pero fueron solo un par de días hasta llegar a Barcelona, directo por las carreteras. De lejos vi, a la entrada de la ciudad, una extraña frontera de coches y fuego. Me aparté de la carretera para descansar y allí, agazapado y observante, me encontré con Emile de Kébir, y gracias a eso, hoy estoy aquí.

Emile nació y vivió lejos de los avances tecnológicos, en Níger. En su juventud, y gracias a unos voluntarios, se interesó por la medicina, y pudo estudiar dos años en una pequeña universidad de la ciudad. Entonces, comenzaron las revueltas. Primero fueron las manifestaciones y quema de aparatos tecnológicos, en las que Emile intentó estar apartado.

Él insistía a su familia para que emigrasen a Francia, que se convertiría en el país central de la inmigración masiva. Pero su padre se oponía, no quería que abandonasen su hogar, ni su tierra. Desconfiaba de todo lo que estaba sucediendo.

Los estudiantes siguieron agitándose junto al resto de ciudadanos en conflictos, reprimidos por los países ricos, en los que se reclamaba una alianza de civilizaciones del tercer mundo para progresar sin ayudas, aprovechando la situación. Tras participar en alguna de estas, dentro de su ambiente universitario,  Emile volvió a su casa, y su familia finalmente había huído por la presión, tal y como él les había pedido, a Francia.

Nunca supo si lo consiguieron, porque nunca llegó a encontrarles. Intentó emigrar también, pero ya habían comenzado las emigraciones masivas, así que solo pudo llegar en barco a la costa este española, y de allí fue subiendo a pie hasta que topó conmigo.

Alguna de las historias que me contaba sobre el viaje eran espeluznantes. Tuvo que volver a la universidad, a la ciudad, y allí logró que le llevasen hasta uno de los puertos que estaban activos. Pero, subir a uno de los barcos que zarpaban sin orden, rumbo a una prometida utopía era, más que imposible, peligroso. Su suerte fue ser paciente e inteligente, y supo esperar hasta el último momento para colarse sin ser visto, mientras los demás se agolpaban y golpeaban en el muelle y en las cubiertas con fatales resultados.

Ante la soledad e indiferencia del camino, congeniamos los dos, unidos por la escasa confianza que nos quedaba, y por cierta intuición de conveniencia. Él hablaba escasamente castellano, y yo un poco de francés, y así lográbamos entendernos. Emile me explicó lo que significaba la frontera que había visto a la entrada de la ciudad: correspondía en realidad a una de las zonas en la que sus vecinos, la mayoría “futuros muertos”, hartos de la anarquía que se había producido y de la inmigración, y de que muchos de estos que llegaban se quedaban con sus pertenencias, sin control alguno, decidieron administrar y gestionar la justicia y el poder con sus propias manos. Y entre otras medidas, habían implantado una improvisada aduana, matando a todo el que no fuera vecino, o ciudadano del entorno próximo.

La conveniencia y el trato fueron evidentes. Yo seguía mal, y llegar hasta, al menos, el primer hospital de la ciudad, me hubiera costado. Además él me prometió prestarme atención hasta que mejorase un poco. Y él, de tez oscura y sin hablar correctamente, nunca hubiera pasado la improvisada frontera.

Así que, casi espontáneamente, acordamos y urdimos un plan. Como si vinierámos de recoger restos, los dos caminábamos hacia la ciudad, con ropas similares que nos intercambiamos, y bultos recogidos en las mochilas, pendientes no a los que nos observaban en la frontera, sino a nuestra conversación, un conjunto de frases que previamente habíamos practicado para eliminarles el acento, incluyendo palabras en catalán que conocía.

Cuando estábamos cerca, me dio un ataque de tos, con sangre, y Emile me cogió del brazo, y continué caminando con su ayuda. Como andábamos con seguridad e indiferencia, solo nos preguntaron si habíamos encontrado algo de valor, y si estaba yo bien. Apenas pude responder, pero Emile se atrevió a hacerlo con un perfecto acento, diciendo que estábamos mal, como siempre. Y aquellos hombres continuaron a lo suyo.

marzo 21, 2014

Entrevista a Hellen Goodbridge IV

Septiembre de 2058, Entrevista a Hellen Goodbridge IV

H: No, primero fue la fábrica de vigas. Buscaba allí cosas de utilidad, lo que fuera. Estaba muy bien cerrada, gracias a Dios, y no había entrado nadie. Claro está que la gente buscaba más comida que maquinaria pesada porque por aquel entonces era casi imposible vender nada que de ese tipo.

E: ¿Por qué esa fábrica primero?

H: Bueno, en realidad visitaba muchas de las propiedades de los Goodbridge. En el piso tenía todas las llaves, al menos de las oficinas, y lo primero que hacía allí era coger el resto de llaves de cada edificio. Alguna vez tuve que saltar un muro para dar con la oficina, fíjese, o romper una cristalera.

E: Todo héroe tiene villanos.

H: (Ríe) Y la fábrica, bueno, fue una oportunidad que vi. De vez en cuando pasaba por allí gente husmeando. yo me escondía al principio. Pero un día encontré un grupo mirando y desde la ventana de la primera planta les grité una pregunta que brotaba de la rabia que sentía y las ganas por restaurar todo aquello y volver a la normalidad: ¿Queréis trabajar?

E: Y así empezó todo a funcionar.

H: Y así empezó todo. Bueno, costó mucho más que eso como comprenderá, sobre todo dar con la fórmula que sustentara aquello al inicio. Les hice un contrato por el que trabajarían sin sueldo durante un año, y que lo que dejaran de ganar se les retribuiría con intereses con el tiempo. Yo sabía que por ese camino, en cuanto la situación se estabilizara, siendo de los primeros en funcionar, ganaríamos seguro. Y si no, pues tampoco teníamos mucho que perder. Y ellos, con firmar un papel en el que ponía que estaban empleados, se conformaban. Además creé una colectividad para mantener viable aquello, pues no podían trabajar sin comer o dormir: habilitamos un área como dormitorio en la fábrica, compartíamos la comida entre todos, cosas de utilidad que encontrábamos, ropa de mi casa,...

E: Y ahí cogiste el apodo de La Jefa.

H: Me lo preguntaban todo, y yo les dirigía. Me tenían gran respeto.

E: ¿Y no temía que le quitaran la fábrica?

H: No. Era yo la heredera de los Goodbridge, no ellos. Y eso lo entendieron muy bien desde el principio.

marzo 14, 2014

El nuevo desorden


EL NUEVO DESORDEN

Yo no viví aquella avalancha. Lo que sé es por documentación, o por lo que me pudo contar Emile, que sí lo vivió. Durante un tiempo no hubo más control ni ley que lo que marcaba la suerte. Incluso en estas apropiaciones, algunos conseguían con el tiempo legitimarse como dueños. Otros eran linchados por impostores, como si se diferenciaran algo con los primeros. No sé si volvimos a una época de crueldad, como se suele decir, o si esta siempre estuvo latente, deseando su turno. Irónico.

Nos quedaban solo dos días de camino cuando nos topamos con aquel grupo de degenerados, de mal nacidos, de no humanos porque, ni siquiera ese calificativo puedo concederles. Mi hermana estaba ya muy mal, y yo intentaba infundirle fuerzas con promesas. Vimos al grupo husmear cerca de la carretera, y creyendo que si nos ayudaban con agua, o indicándonos cuánto nos faltaba, nos serviría para levantarnos el ánimo, decidí acercarnos.

Nada más pisar la carretera uno de aquellos hombres me golpeó en la cabeza con un tablón de madera. Caí rodando por la cuneta, sangrando, oyendo los gritos de mi hermana, y poco más. Cuando desperté estaba anocheciendo. Me habían dado por muerto. Tumbado, torcido, inmóvil, con una mezcla de sangre y arena del suelo por la cabeza. Me dolía todo el cuerpo. Intenté incorporarme con dificultad. Tosía sangre, y notaba la herida palpitante, aunque ya no sangraba. No veía bien, por la oscuridad o por la sangre. Mejor hubiera sido despertar en el averno.…

Ángela estaba en el asfalto, blanca, quieta, muerta. Con la ropa hecha girones, y con una cuerda alrededor de casi todo el cuerpo. Nos habían robado todo, caí después en la cuenta de que a mi también me faltaban los zapatos y la chaqueta, pero en ese momento no era lo importante. A un ser tan inocente que sufría, le habían incrementado el dolor, para quitárselo después de golpe, sin esperanza alguna. La habían atado y violado, y seguramente en el forcejeo, había muerto asfixiada.

Lo recuerdo tal como fue, para que no se olvide. Ya en la distancia tengo las fuerzas para hacerlo, pero entonces había sido como recibir un golpe más duro que el de la cabeza. No me pude mover del cuerpo de mi hermana, abrazándola, llorando. Poco a poco pude sobreponerme, la necesidad lo exigía, y cargué con mi hermana hasta un conjunto de casas vacías. 

Allí la enterré como mejor supe, junto a un manzano en el que grabé su nombre.

marzo 07, 2014

Entrevista a Hellen Goodbridge III

Septiembre de 2058, Entrevista a Hellen Goodbridge III

E: Y entonces llega un día en el que dices: hasta aquí hemos llegado.

H: Bueno, no es un día, así mágicamente como en las historias de héroes. Fue como una consecución de inquietudes.

E: ¿La mayor?

H: (Piensa) Quizás, el vacío. Cuando pasaron los disturbios hubo un tiempo en el que parecía que nadie seguía vivo y eso me aterraba, quedarme allí y morir me parecía la misma cosa, así que empecé a salir. Buscaba comida y volvía, hablaba con alguien y volvía,...

E: ¿No sufrió ningún ataque durante ese tiempo?

H: Por supuesto, vi de todo. Reinaba el caos y la violencia en las calles, pero poco a poco la gente iba retomando los distintos espacios. Había cosas terribles que se veían y otras que seguían sin admitirse aún en aquella situación. Te podría contar mil encuentros, pero por lo general me movía por donde me tenía que mover, y actuaba como tenía que actuar, y conseguía salvarlo, pero...

E: ¿Algunas? Perdón...

H: Si. Pero como te decía, si no salía fuera, moriría dentro.

E: Entiendo. ¿Alguno de esos encuentros que recuerde peor?

H: No lo sé. La frontera quizás, acercarte a los límites de la ciudad era la muerte, allí muchos futuros muertos habían hecho barricadas para que no entrase ni un solo inmigrante más. Allí vi morir niños, mujeres, compañeros,... Era un horror sin sentido: solo se ocupaban de una franja de terreno, como acto desesperado de reivindicación sin importarles nada más. Nunca me acerqué demasiado pero cada vez que tenía que pasar cerca vivía un miedo horrible.

E: Entiendo. Y luego desaparecieron.

H: Sí, con el tiempo desaparecieron todos los radicales, conforme iba volviendo todo a la normalidad.

E: Usted fue una de las que logró esa vuelta a la normalidad, ¿cómo empezó a gestionar el hospital?

H: Antes de empezar a salir, cuando todavía reinaba el caos, registraba la casa de los Goodbridge una y otra vez, como buscando una ventana secreta a no sé qué mundo. Intentaba evadirme de todo aquello, sobre todo cuando golpeaban las puertas, o prendían hogueras en la calle. Encontré los datos de todas las empresas de la familia, entre estas la del hospital. Eran muy meticulosos. Y las leía, incluso soñando que yo dirigía aquellas cosas que leía. Pero era en mi imaginación, como un juego, ni imaginar que aquello pudiera convertirse en realidad.

febrero 28, 2014

Capítulo diez

Capítulo diez (libro "No fuimos héroes" de Emile de Kèbir, editorial Aliquis, 2059)

Tocar tierra resultó más satisfactorio que subir a aquel barco. En cierto modo ya estábamos a salvo, pero un viaje tan largo, o así se nos hizo, en aquel espacio, chocando los unos con los otros, nos cortaba poco a poco el aliento. Se sumaba la incertidumbre, el desconcierto, la tormenta....

Lo mismo que encontramos después, pero pronto entendí que lo que más daño podía hacernos en aquellas situaciones era la muchedumbre. "Homo homini lupus", el hombre es peor cáncer de los que desarrollan los "futuros muertos". Todos podemos llegar a ser grandes pero nuestra psique convive con una dimensión social marcada por nuestro entorno y, cuando este es hostil, también lo somos nosotros, o no salimos de esa situación jamás.

Yo mismo hice cosas que de otra forma no hubiera hecho pero, arrepentirse es negar la realidad que vivimos.

En cuanto atracó el barco hubo un gran revuelo en el que sabía no tenía que participar. Huí de aquel puerto y comencé a andar hacia el norte: aquello no era Francia, tenía que llegar como fuera.

Llegué a un pueblo que parecía abandonado. Hambriento, sediento y cansado. Entré en una de las casas buscando algo que comer. Allí, una pareja de futuros muertos me miraban sentados en su sofá, con un respirador cada uno, sin fuerzas siquiera para levantarse. Observaban mi tez morena, mis ropas roídas, mis andares lentos pero firmes, y mi rostro marcado por años de sufrimiento, un rostro muy  similar al que ellos habían adquirido en pocas semanas.

Y yo comía, sentado en su mesa, su comida, en su plato, con sus cubiertos, en su casa, que podría haber sido mía si yo hubiera querido.

Comía desesperado, hambriento, mientras les observaba de arriba abajo. Sus ojos me hablaban con mayor claridad que las palabras: quiero ser tú. O mátame.

enero 24, 2014

Entrevista a Hellen Goodbridge II

Septiembre de 2058, Entrevista a Hellen Goodbridge II

E: ¿Qué es lo más difícil que ha hecho desde que abandonó su país?

H: Olvidar. Olvidar todo lo que he visto. Y lo que más me cuesta olvidar es precisamente lo que viví en mi país: las penurias por las que pasamos, la guerra que se llevó a mi marido, los años siguientes de supervivencia,....

E: Pero...

H: Aunque no lo crea, eso ha sido lo más difícil.

E: Entiendo.

H: Las muertes que he visto después bueno, también me han costado, pero era vital olvidarlo, tenía que avanzar, necesitaba avanzar o sabía que yo también estaría perdida o que volvería a mi situación antes de todo aquello, lo cual era lo mismo.

E: Usted vio morir a la familia Goodbridge y después estuvo cuidando de su hijo, ¿correcto?

H: Sí, su muerte me dolió mucho, yo estaba allí para cuidarles. Los Goodbridge me trajeron a Europa sabiendo que eran ya futuros muertos, que la exposición a la radiación del primer mundo no les perdonaría, no me pregunte cómo pero lo sabían con seguridad. Pero contaban con la esperanza de que su hijo, por su corta edad, sobreviviera a todo ello. Pero como sabemos ahora, los niños también padecieron diversos cánceres, la mayoría había estado expuesto lo suficiente.

E: ¿Cuánto tiempo estuvo con el hijo de los Goodbridge después de la muerte de los padres?

H: La última en morir fue la madre. Para entonces ya estábamos en Barcelona. Vivíamos en el piso familiar, aún no había estallado la locura, y murió en el hospital. El niño no llegó a saberlo nunca... (llora).

E: ¿Cuánto... cuánto tiempo...?

H: Si, perdón. Serían unos tres meses hasta que estalló toda la locura, y quizás otros dos meses más. Él murió en el piso, y allí permaneció unos dos meses, inmóvil en su camita. Durante un tiempo salir a la calle era más peligroso que los días de guerra que pasé en mi país. Se puede imaginar, es para volverse loco. Pero como le digo, lo que pasó a partir del Día de la oleada ha sido lo que menos me ha costado olvidar.

enero 17, 2014

El día de la oleada


EL DÍA DE LA OLEADA

Quedaban pocos días para llegar a Barcelona. Ya nos habíamos acostumbrado al camino, a andar bajo la lluvia, a soportar los pies doloridos. Después de tantos días, nos habíamos acostumbrado a coger de las casas y fábricas desiertas lo que necesitábamos de comida, ropa y calzado. Me había acostumbrado a cargar con mi hermana los días peores y ella se obligaba a andar en los mejores. Pero nuestra ruta había sido tranquila, nadie nos había causado problemas. Después de aquello cogí la costumbre de ser más precavido, incluso despiadado.

Durante los días que viajamos todo cambió muy deprisa. El tiempo en el que los gobiernos buscaban soluciones acabó muy pronto, y los altos dirigentes comenzaron a preocuparse en mantener nuestras infraestructuras y cultura más que nuestras propias vidas. Rechazaban la idea de que en el plazo de siete, doce, o quizás quince años, desapareciese todo aquello que habíamos construido. Entonces comenzó la inmigración selectiva.

Todos habíamos estado expuestos a la radiación, pero el cuerpo humano la tolera a ciertos niveles, y la conserva. La NEMO había creado una nueva malla de ondas que alteraban aquellas a las que ya estábamos expuestos. Muchos dejaron de utilizar las nuevas tecnologías, por miedo, cuando las protestas y mentiras de los gobiernos comenzaron. Pero ya era tarde para una población en constante exposición. Sin embargo descubrieron que la mayoría de los habitantes en los países subdesarrollados mostraban una radiación primaria, la habitual en todo el mundo a principios de siglo. Y por tanto estaban libres de la enfermedad, no eran “futuros muertos”.

Un rápido proceso de selección y formación, aplicado por peces gordos que portaban sus respiradores artificiales, “futuros muertos”, colocaban a granjeros, cazadores, transportistas, hosteleros, curanderos, pescadores, cabezas de familia,… del tercer mundo en puestos relevantes en empresas, organizaciones y gobiernos, algunos contentos de su nuevo estatus, y otros arrancados a la fuerza de su hogar. Hellen fue una de las primeras, por eso empezó en un puesto menor como “au paire” del hijo de los Goodbridge, y acabó haciéndose cargo de las propiedades de esa familia, incluyendo este hospital.

Como era de preveer el sistema no aguantó, y cuatro años después de la primera muerte, el llamado primer mundo sufrió una avalancha de personas que se creían exentas de la enfermedad. Las fronteras se colapsaron, y muchos corrían por todas partes sin saber a dónde ir tanto huyendo, como buscando un nuevo futuro. No hace mucho vi alguna de esas impactantes imágenes, casi una carrera darwiniana por la supervivencia. Los habitantes de países en vías de desarrollo, sobre todo los más cercanos a otros más industrializados, invadían las calles y casas de estos, reclamando un espacio que el “futuro muerto” no iba a utilizar:

Hambriento, un inmigrante irrumpía en una casa cualquiera, y comía lo que había, sentado a la mesa, bajo la atenta mirada de los dueños, un par de “futuros muertos” que apenas podían respirar, y tosían con la boca abierta mientras observaban al intruso. Pero ellos iban a morir, igual que sus hijos si no lo habían hecho ya, y la casa pasaría a ser de aquel recién llegado que, en sus primeros días allí se dedicaba a asentar un poco su nuevo hogar, y a almacenar comida.

enero 10, 2014

Capítulo ocho

Capítulo ocho (libro "No fuimos héroes" de Emile de Kèbir, editorial Aliquis, 2059)

Demasiada gente, es lo único en lo que podía pensar: aquí hay demasiada gente. Quizás la educación que recibí era lo que me decía que aquello no estaba bien, en ninguno de los sentidos posibles, y por eso observaba la escena escondido entre las cajas del muelle.

La muchedumbre se agolpaba en la entrada de los barcos, empujándose, golpeándose. Había gente que caía al agua desde tierra, otros desde los propios barcos, echados por sus marineros o incluso por empujones, dados en cubiertas que estaban a rebosar.

Algunos barcos habían cortado su acceso, e incluso disparaban a todo polizonte que intentaba saltar. Otros morían a manos de las desesperadas almas que ansiaban un pasaje, o asfixiadas en las muchedumbres. Pero ni un solo muerto servía para detener aquella locura.

Esto era parte de la gran avalancha. Hasta el momento la inmigración había sido controlada, pero la desesperación en ambos lados se hizo insostenible. ¿Quién no quería salir de su realidad y llegar al primer mundo, por fin, de manera legal? Pero además sabíamos por aquel entonces que algunos puestos e incluso propiedades estaban cambiando de manos. ¿Se imaginan salir del infierno y llegar a una mansión que, automáticamente, sería tuya? Pues eso es lo que pensaba la mayoría que sucedería con los primeros que llegasen, había mucho en juego.

Yo por mi parte tan solo quería llegar a Francia, quizás encontrar la asociación de los misioneros que me enseñaron, y ejercer como médico, lo que llegase después era bienvenido, pero por supuesto no a cualquier costa.

Pero lo quería.

Esperé la noche, esperé a que zarpara un barco, uno de los que no llevaba tantos pasajeros, esperé mi mejor opción. Calculé de día las posibilidades para un salto y el mejor ángulo parra evitar que me vieran, y zarpando sabía que la mayoría de marineros estarían en plena faena, y que los que quedaban atrás, aunque les pesara no ser yo en ese momento, no gritarían.

Corrí sin mirar atrás hasta la fila de norays y salté hasta engancharme a uno de los laterales del barco en movimiento. Me corté, no sé con qué, y empecé a sangrar, pero me aferré con todas mis fuerzas hasta que logré subir a la cubierta, después de varios intentos, mientras el barco se alejaba del puerto, tambaleante por el sobrepeso.

Tan solo me vio una mujer que lloraba. Estaba sola gracias a su marido, quien había muerto consiguiéndole aquel viaje, que ahora lamentaba hacer sin él. Más tarde aceptó hacerse pasar por mi mujer para reforzar que yo había entrado en el barco por la pasarela y no saltando. Asintió, y no dijo nada sobre mi salto, porque ya no importaba quién estaba en aquel barco por esto o por lo otro, importaba quién estaba, sin más, importaba quién lo había conseguido.