enero 24, 2014

Entrevista a Hellen Goodbridge II

Septiembre de 2058, Entrevista a Hellen Goodbridge II

E: ¿Qué es lo más difícil que ha hecho desde que abandonó su país?

H: Olvidar. Olvidar todo lo que he visto. Y lo que más me cuesta olvidar es precisamente lo que viví en mi país: las penurias por las que pasamos, la guerra que se llevó a mi marido, los años siguientes de supervivencia,....

E: Pero...

H: Aunque no lo crea, eso ha sido lo más difícil.

E: Entiendo.

H: Las muertes que he visto después bueno, también me han costado, pero era vital olvidarlo, tenía que avanzar, necesitaba avanzar o sabía que yo también estaría perdida o que volvería a mi situación antes de todo aquello, lo cual era lo mismo.

E: Usted vio morir a la familia Goodbridge y después estuvo cuidando de su hijo, ¿correcto?

H: Sí, su muerte me dolió mucho, yo estaba allí para cuidarles. Los Goodbridge me trajeron a Europa sabiendo que eran ya futuros muertos, que la exposición a la radiación del primer mundo no les perdonaría, no me pregunte cómo pero lo sabían con seguridad. Pero contaban con la esperanza de que su hijo, por su corta edad, sobreviviera a todo ello. Pero como sabemos ahora, los niños también padecieron diversos cánceres, la mayoría había estado expuesto lo suficiente.

E: ¿Cuánto tiempo estuvo con el hijo de los Goodbridge después de la muerte de los padres?

H: La última en morir fue la madre. Para entonces ya estábamos en Barcelona. Vivíamos en el piso familiar, aún no había estallado la locura, y murió en el hospital. El niño no llegó a saberlo nunca... (llora).

E: ¿Cuánto... cuánto tiempo...?

H: Si, perdón. Serían unos tres meses hasta que estalló toda la locura, y quizás otros dos meses más. Él murió en el piso, y allí permaneció unos dos meses, inmóvil en su camita. Durante un tiempo salir a la calle era más peligroso que los días de guerra que pasé en mi país. Se puede imaginar, es para volverse loco. Pero como le digo, lo que pasó a partir del Día de la oleada ha sido lo que menos me ha costado olvidar.

enero 17, 2014

El día de la oleada


EL DÍA DE LA OLEADA

Quedaban pocos días para llegar a Barcelona. Ya nos habíamos acostumbrado al camino, a andar bajo la lluvia, a soportar los pies doloridos. Después de tantos días, nos habíamos acostumbrado a coger de las casas y fábricas desiertas lo que necesitábamos de comida, ropa y calzado. Me había acostumbrado a cargar con mi hermana los días peores y ella se obligaba a andar en los mejores. Pero nuestra ruta había sido tranquila, nadie nos había causado problemas. Después de aquello cogí la costumbre de ser más precavido, incluso despiadado.

Durante los días que viajamos todo cambió muy deprisa. El tiempo en el que los gobiernos buscaban soluciones acabó muy pronto, y los altos dirigentes comenzaron a preocuparse en mantener nuestras infraestructuras y cultura más que nuestras propias vidas. Rechazaban la idea de que en el plazo de siete, doce, o quizás quince años, desapareciese todo aquello que habíamos construido. Entonces comenzó la inmigración selectiva.

Todos habíamos estado expuestos a la radiación, pero el cuerpo humano la tolera a ciertos niveles, y la conserva. La NEMO había creado una nueva malla de ondas que alteraban aquellas a las que ya estábamos expuestos. Muchos dejaron de utilizar las nuevas tecnologías, por miedo, cuando las protestas y mentiras de los gobiernos comenzaron. Pero ya era tarde para una población en constante exposición. Sin embargo descubrieron que la mayoría de los habitantes en los países subdesarrollados mostraban una radiación primaria, la habitual en todo el mundo a principios de siglo. Y por tanto estaban libres de la enfermedad, no eran “futuros muertos”.

Un rápido proceso de selección y formación, aplicado por peces gordos que portaban sus respiradores artificiales, “futuros muertos”, colocaban a granjeros, cazadores, transportistas, hosteleros, curanderos, pescadores, cabezas de familia,… del tercer mundo en puestos relevantes en empresas, organizaciones y gobiernos, algunos contentos de su nuevo estatus, y otros arrancados a la fuerza de su hogar. Hellen fue una de las primeras, por eso empezó en un puesto menor como “au paire” del hijo de los Goodbridge, y acabó haciéndose cargo de las propiedades de esa familia, incluyendo este hospital.

Como era de preveer el sistema no aguantó, y cuatro años después de la primera muerte, el llamado primer mundo sufrió una avalancha de personas que se creían exentas de la enfermedad. Las fronteras se colapsaron, y muchos corrían por todas partes sin saber a dónde ir tanto huyendo, como buscando un nuevo futuro. No hace mucho vi alguna de esas impactantes imágenes, casi una carrera darwiniana por la supervivencia. Los habitantes de países en vías de desarrollo, sobre todo los más cercanos a otros más industrializados, invadían las calles y casas de estos, reclamando un espacio que el “futuro muerto” no iba a utilizar:

Hambriento, un inmigrante irrumpía en una casa cualquiera, y comía lo que había, sentado a la mesa, bajo la atenta mirada de los dueños, un par de “futuros muertos” que apenas podían respirar, y tosían con la boca abierta mientras observaban al intruso. Pero ellos iban a morir, igual que sus hijos si no lo habían hecho ya, y la casa pasaría a ser de aquel recién llegado que, en sus primeros días allí se dedicaba a asentar un poco su nuevo hogar, y a almacenar comida.

enero 10, 2014

Capítulo ocho

Capítulo ocho (libro "No fuimos héroes" de Emile de Kèbir, editorial Aliquis, 2059)

Demasiada gente, es lo único en lo que podía pensar: aquí hay demasiada gente. Quizás la educación que recibí era lo que me decía que aquello no estaba bien, en ninguno de los sentidos posibles, y por eso observaba la escena escondido entre las cajas del muelle.

La muchedumbre se agolpaba en la entrada de los barcos, empujándose, golpeándose. Había gente que caía al agua desde tierra, otros desde los propios barcos, echados por sus marineros o incluso por empujones, dados en cubiertas que estaban a rebosar.

Algunos barcos habían cortado su acceso, e incluso disparaban a todo polizonte que intentaba saltar. Otros morían a manos de las desesperadas almas que ansiaban un pasaje, o asfixiadas en las muchedumbres. Pero ni un solo muerto servía para detener aquella locura.

Esto era parte de la gran avalancha. Hasta el momento la inmigración había sido controlada, pero la desesperación en ambos lados se hizo insostenible. ¿Quién no quería salir de su realidad y llegar al primer mundo, por fin, de manera legal? Pero además sabíamos por aquel entonces que algunos puestos e incluso propiedades estaban cambiando de manos. ¿Se imaginan salir del infierno y llegar a una mansión que, automáticamente, sería tuya? Pues eso es lo que pensaba la mayoría que sucedería con los primeros que llegasen, había mucho en juego.

Yo por mi parte tan solo quería llegar a Francia, quizás encontrar la asociación de los misioneros que me enseñaron, y ejercer como médico, lo que llegase después era bienvenido, pero por supuesto no a cualquier costa.

Pero lo quería.

Esperé la noche, esperé a que zarpara un barco, uno de los que no llevaba tantos pasajeros, esperé mi mejor opción. Calculé de día las posibilidades para un salto y el mejor ángulo parra evitar que me vieran, y zarpando sabía que la mayoría de marineros estarían en plena faena, y que los que quedaban atrás, aunque les pesara no ser yo en ese momento, no gritarían.

Corrí sin mirar atrás hasta la fila de norays y salté hasta engancharme a uno de los laterales del barco en movimiento. Me corté, no sé con qué, y empecé a sangrar, pero me aferré con todas mis fuerzas hasta que logré subir a la cubierta, después de varios intentos, mientras el barco se alejaba del puerto, tambaleante por el sobrepeso.

Tan solo me vio una mujer que lloraba. Estaba sola gracias a su marido, quien había muerto consiguiéndole aquel viaje, que ahora lamentaba hacer sin él. Más tarde aceptó hacerse pasar por mi mujer para reforzar que yo había entrado en el barco por la pasarela y no saltando. Asintió, y no dijo nada sobre mi salto, porque ya no importaba quién estaba en aquel barco por esto o por lo otro, importaba quién estaba, sin más, importaba quién lo había conseguido.