noviembre 28, 2014

04 Rey del patio

El árbol bailaba solo, mecido por el aire, completamente solo. Apenas le acompañaba un columpio, o la portería, o la basura posterior a un recreo en el patio de un colegio, todo inmóvil.

La grandeza de sus ramas, aún siendo poco frondoso, lo convertía en el rey del patio. Un rey pobre, pero rey no obstante.

Zariel lo observaba, desconectado de la clase donde la profesora explicaba cualquier materia poco importante para él, o no lo suficientemente interesante.

Junto a la ventana, Lara sí atendía a clase. Zariel observaba su cabeza preguntándose qué se sentiría al no ser humano. Observaba sus ojos, muy parecidos a los de su hermana, o su madre. Oscuros, y brillantes. Profundos.

Zariel se imaginaba que su pelo, largo y negro, bailaba al mismo son que las ramas del árbol del patio, mecánicamente, sin viento.

- Zariel, ¿estás atendiendo? -

- No - Se giraba Zariel sobresaltado ante la interrupción pero, tras comprender qué había pasado en esos segundos, respondía sin problemas.

- ¿Es que no te interesa la historia? -

- No es historia - y se arrepentía conforme se oía así mismo.

- ¿Cómo has dicho? -

- Nada -.

- Zariel, no me gusta que me tomen el pelo -.

- No señorita -.

En el exterior, el árbol se agitaba. Los niños miraban a la profesora. Algunos intercambiaban sonrisas o susurros. Otro, terminaba un ejercicio en su dispositivo. Lara observaba a Zariel, y él lo sabia.

- Zariel, ¿me estás escuchando? -

- Sí señorita -.

- No quiero oír una tontería más -.

Y todos volvían a atender la clase. El árbol también volvía a agitarse, pero esta vez solo en su imaginación, o quizás también fue así las anteriores veces.

noviembre 21, 2014

03 Lo que se tiene que hacer

- Uno tiene que hacer lo que uno tiene que hacer, y en tal caso hacerlo mal, o tarde, es tanto peor que no hacerlo -. Esto se repetía una y otra vez Zariel en la cabeza, mientras aceleraba el paso tirando de su hermana.

- Hemos salido muy tarde, no tendríamos que haber salido tan tarde, no podemos llegar tarde -, le transmitía a Alicia.

Los dos andaban por las calles entre el trasiego de un día temprano por la mañana, con sus uniformes y mochilas del colegio.

- No ha sido culpa mía, por favor, no se lo digas a papá -.

- No se lo pienso decir, y no llegaremos tarde -. Aceleraba el paso.

- Pero, ¿tu no me pegarás como él? -

- Nuestro padre se preocupa por nosotros, quiere que aprendamos rápido, o no sobreviviremos a este mundo -.
Zariel sentía la deceleración de su hermana, y tiraba más fuerte de ella.
- Pero yo no, yo no te haría daño nunca, te lo aseguro. Pero no lleguemos tarde -.

Había que guardar las apariencias, eso le decía el padre que seguía acudiendo al trabajo, mientras los niños tenían que ir al colegio. Los suplantados les tomarían así por iguales, y no buscarían un ataque a su hogar: - Si supieran que seguimos siendo humanos, procederían a matarnos y reemplazarnos como simples piezas de un juego de tablero -.

Por eso mantenían las rutinas de los demás, pero siguiendo el estricto horario de su padre: - Solo yo sé la secuencia para movernos entre ellos sin que percaten en nosotros en demasía -. Salirse de esa frecuencia era demasiado peligroso para la familia al completo, y el padre velaba muy en serio por su cumplimiento, porque eso es lo que se tiene que hacer.

noviembre 14, 2014

02 El día de la foto

- ¿Has ido y vuelto a la tienda directo? -

- Si, padre -.

- ¿Nadie te ha mirado raro? -

- No padre -.

- Eso es importante. Cena algo, después tenemos la foto -.

- Si, padre -.

En la cocina, Zariel cenaba cereales junto a su hermana pequeña, Alicia.

Solo su padre conocía la ruta para la compra de alimentos no adulterados, una información que le había costado veinte años recopilar, y que seguía un patrón de cambio. El por qué existía no se lo había dicho, y el patrón tampoco: no hasta tener la edad suficiente para saber utilizarlo.

Alicia miraba los cereales con desgana.

- Si no te los terminas, padre te pegará hasta que entiendas la importancia de ser humano, y no uno de los otros -.

- Ya lo sé, pero no tengo hambre. ¿Te los terminas por mi? -

- Solo la mitad. Pero deberías comer -.

- Creo que voy a vomitar -.

Alicia siguió removiendo los cereales, mirando al infinito en su leche. La madre entró en la cocina y besó a Zariel, preguntándole por la ruta a la compra. Luego les apremió a apresurarse mientras se quitaba la blusa y se marchava.

Para ellos era algo normal: desde el día de la explosión atómica y las siguientes investigaciones de su padre, que reflejaban la suplantación de la sociedad al completo, venían realizando la foto familiar para demostrar su humanidad, siempre en la misma fecha, una por cada año transcurrido.
Su padre había montado un archivo y cada año realizaban el mismo plano de la familia completa, totalmente desnudos. Insistía en que era la única forma de reconocer la pureza humana ya que los suplantados contaban con al menos una pieza visible, o toma de contacto, artificial, y demostrar un cuerpo totalmente humano, a lo largo de los años, debía ser prueba más que suficiente.
El padre estaba seguro de que aquella locura terminaría algún día, y humanos de verdad de otras naciones vendrían al rescate y para entonces, necesitarían demostrar que ellos no habían sido suplantados como los demás.

Cuando terminaron de comer cada uno fue a su cuarto y volvieron sin ropa al salón, donde su padre preparaba la cámara, para más tarde disparar.

La fotografía revelaba la luz cálida del salón, debilmente iluminado, pero por completo, reflejándose la luz en cada lateral de los muebles de madera. La familia aparecía de frente, junto a la pared pastel, de pie, serios.

Tan solo la madre esbozaba una sonrisa que intentaba contagiar sin éxito a los demás, como si se tratara de una fotografía corriente, como si fueran una familia normal.

noviembre 07, 2014

01 El último mosquito

- Me voy a quedar aquí hasta que me pique un mosquito -. Dijo Zariel en voz alta, aunque nadie le escuchase.

Las últimas horas de la tarde habían despejado el parque, que recibía ahora un trasiego pequeño de, sobre todo, corredores que hacían deporte olvidando sus rutinas del día, curiosamente, realizando una.

Todos se movían de forma mecánica, estudiada para Zariel quien conocía con seguridad el secreto: ellos no eran humanos, el sí.

A sus 17 años le pesaba demasiado permanecer siempre en casa, encerrado, huyendo del control de estos seres que actuaban de forma mecánica. Pero el estricto horario de su padre le obligaba a ello, protegiéndole así de posibles controles rutinarios o adoctrinamientos de la sociedad en la que se veían envueltos. - Tenemos que permanecer unidos, ocultos, humanos. Alejarnos del resto de seres, hasta que encontremos una nueva esperanza para nuestra raza -.

Pero ahora se saltaba la orden de su padre tan solo para sentarse en el parque y observar un exterior vetado para él.

- Tan solo serán unos minutos, no pasará nada -. Había comprado lo que le había pedido su padre en la mitad de tiempo, y disponía de margen para poder regresar a casa. - Tan solo quiero que me pique un mosquito, ¿o es que acaso yo tampoco soy humano? -.

Esa última reflexión ya le había asaltado más de una vez, pero su padre les repetía una, y otra, la historia de cómo habían sobrevivido como familia, ellos eran los únicos que quedaban.

- Me quedaré hasta que me pique un mosquito -, pero este no llegaba, y Zariel seguí absorto en aquel vaivén ciudadano, arrastrado por una fuerza que desconocía, y le gritaba - ven a correr, viste como nosotros, ríete con nosotros, háblanos de nada,...." -

Uno de los corredores se detuvo a respirar y giró la cabeza hacia el banco donde Zariel observaba hipnotizado. Al verle, Zariel se levantó apresurado y se alejó.

- No ha pasado nada, no ha pasado nada, no ha pasado nada - se repetía mentalmente.