diciembre 18, 2015

Mirando el interior


Hace mucho tiempo existía una manada de caballos en el norte de áfrica que vivían felices dentro de su comunidad. Todo transcurría con normalidad y tranquilidad, dentro de un orden de comida, paseos y sueños, sin ningún problema: un lugar perfecto para vivir.

Un día algo alteró ese orden: nació uno de los caballos con unas extrañas rayas negras por todo el cuerpo. En la escuela, los demás potros se reían de él.

- Qué raro eres – le decían. Y nuestro pequeño animal se sentía muy solo y triste, y quiso alejarse de aquel lugar, porque creía que no encajaba. Pero no todos pensaban igual.

- No te preocupes Cebra. – le dijo un caballo a nuestro protagonista, ya que ese era su nombre – Claro que eres diferente, todos los somos, solo que a ti se te nota a simple vista. Todos somos especiales de una u otra forma y si ahondáramos más en los demás lo descubriríamos. Si quieres, para que te sientas mejor, me pintaré unas rayas negras para parecerme a ti.

Y no fue el único, porque desde entonces en aquella comunidad se pusieron de moda esas rayas negras que hacían diferente a nuestra Cebra. Pero, lo mejor de esta historia es que, desde entonces, aquellos animales intentaron conocer mejor aquello que los hacía únicos no a simple vista, sino mirando en el interior.

diciembre 11, 2015

De hogar en hogar


Erase una vez un pájaro que volaba de lugar en lugar buscando un hogar en el que quedarse.

- Necesito un sitio en el que instalar mi nido – se decía – pero no puede ser cualquier sitio, sino aquel que me inspire confianza.

Desde pequeño le habían enseñado que para formar una familia debía estar donde todos los que le rodeasen fuesen leales a él, y él fuese leal a los demás…

- No seré leal con nadie hasta que no sean fieles conmigo – insistía – y no confiaré en ningún sitio que yo no sienta como mi hogar.

Con este argumento viajaba de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad. Siempre que llegaba a un sitio nuevo se acomodaba rápido y conocía a mucha gente, y todos le pedían que se quedara allí. Pero el pájaro, al cabo de un tiempo, terminaba marchándose.

- No confío en este sitio – pensaba para sí – no estoy seguro de que sean leales conmigo, así que yo no lo seré con ellos. Viajaré un poco más para encontrar un buen hogar.

- Entiendo que te vayas, y me apena – le dijo una vez una gallina cuando se enteró que se iba de su corral – pero quiero que sepas que aquí siempre tendrás un sitio con nosotros.

Pero al pájaro no le valían esas palabras. Y así siguió, volando de sitio en sitio, buscando el perfecto para él. Y, sin darse cuenta, dejando atrás en cada lugar que dejaba, un hogar fiel que deseaba que volviera.

diciembre 04, 2015

Un rato(n) de amistad


En un viejo bosque existía un búho que pasaba todas las noches observante, siempre desde la misma rama. Con el tiempo se había hecho un animal muy reservado, y se pasaba largas horas entre los árboles, solo y triste, tan solo observando el bosque.

Un día vio como un ratoncito quedaba atrapado entre las ramas secas, y decidió acercarse para ayudarle a salir.

- Muchas gracias Búho – le dijo el ratoncito – si no hubiera sido por su ayuda no habría conseguido salir de aquí. Buscaré la forma de devolverte el favor.

- De nada ratoncito – le contestó el búho –, pero no te preocupes, no es necesario que  me devuelvas el favor. Salvarte bastó para salir de mi triste rutina.

Pero el ratón, insistente, volvió desde aquella vez todos los días, al menos un ratito para, junto al búho, pensar cómo podría devolverle el favor.

- ¿Qué podría hacer, siendo yo tan pequeño?

- No te preocupes, no es necesario… - respondía con cariño el búho.

Y al no ocurrírsele nada, terminaban siempre hablando de otras cosas: día tras día el ratoncito hacía compañía al búho, hablándole de mil cosas entre idea e idea de cómo devolverle el favor.

El búho estaba muy contento de tener al ratoncito que, sin darse cuenta, ya le había devuelto el favor de sobra. Le había dado lo que más necesitaba: un amigo.