septiembre 18, 2016

Tan solo siete letras....

Cuenta la leyenda, compruébalo si no me crees, que existió una vez una ardilla, inteligente y sabia, decidida y audaz, pero sobre todo muy trabajadora, capaz de embarcarse en mil tareas a la vez, y llevarlas para adelante.

Era famosa en todo el reino animal: todos querían descubrir cuál era el secreto para llevar a cabo tantas tareas con éxito, y no desfallecer en el intento.

- ¿Qué te da tiempo a hacer en todo un día? - le preguntaba una musaraña reportera, buscando desvelar su secreto.

- Arboreo en busca de comida, leo en casa sobre hojas y frutas, escojo los mejores bosques para
guardar todo lo que encuentro. Respeto el bosque y en mi ir y venir, intento no maltratarlo.
Además ayudo a los nuevos brotes a crecer.... -

- Y, ¿cuál es tu secreto para hacer tantas cosas en un solo día, y ayudar a tanta gente, y lograr tantas metas, y....? -

- ¡Pero si ya te lo he dicho! - respondía la ardilla, mientras le sonreía.

La musaraña le miraba extrañada. Y la ardilla volvía a contarle su secreto:

- Alimentación, eso es fundamental para el día a día. Las labores, bien repartidas. El espíritu, siempre positivo. Guíate por alguien que te inspire, para cada momento. Repetir siempre lo que está mal. Imaginación, fundamental. Andar, aunque te caigas.... -

La musaraña le miraba, pensativa, mientras descubría poco a poco que la Ardilla le quería decir algo más de lo que le estaba diciendo: ahí debía estar su secreto. - ¡Cuéntame más! -, le pidió.

- Amiga: lucha, espera, grita, respira, imagina, ama.... -

Y entonces la musaraña abrió ampliamente los ojos, y respondió:

- Ahora entiendo tu secreto para conseguir todos
  los propósitos que te propongas.
  Es además un consejo fabuloso que pienso
  guardar como un tesoro.
  Recordaré nuestro encuentro siempre. Ya puedo
  ir gritando que ahora mi vida será más feliz.
  Adiós -.

Y ambas reían, porque cuando se descubre un secreto tan bonito, no se puede hacer otra cosa, mas que sonreír....

septiembre 10, 2016

La vida es un juego

Érase un caserón, entre el campo y el bosque medio escondido. Allí trabajaba un labrador, todos los días en su rutina. Y por las tardes: a casa a descansar. Siempre acompañado por su fiel amigo Sultán, un perro grande que le ayudaba en la tarea de vigilancia.

Cada vez que se marchaban, con la noche por llegar, mientras su amo cerraba, Sultán se cruzaba con un zorro que por allí rondaba.

- Olvídalo Zorro, aquí no vas a conseguir nada, no hay comida a tu alcance: la basura se ha tirado, los cocineros cerraron ya, en el invernadero no queda nada, y las uvas están muy altas. Jamás conseguirás nada -.

- No te preocupes por mi, perro. Tan solo estoy aquí sentado, observando. No tiene nada de malo -.

Sultán se marchaba resoplando. - Si te gusta perder el tiempo, allá tú -.

Días después cuando el perro y su amo se iban a ir, Sultán se acercó hasta donde estaba el zorro, que jugaba, con un palo en la boca, a darle la vuelta a una piedra plana y delgada.

- ¿Qué haces hoy, Zorro, con qué matas el tiempo? -

- Estoy jugando, ¿quieres participar? -

- No. Valiente tontería. Me voy a ser más útil -.

E igualmente, días después:

- ¿Qué haces hoy, Zorro? -

- ¿Ves esta ramita que tengo en la boca? La meto en el agujero de aquel árbol, y le doy vueltas -.

- ¿Pero para qué? - respondía contrariado el perro.

- ¡Vamos, no seas aguafiestas, vente a jugar! -

- De verdad que no te entiendo -.

Y se iba. Y volvía días después. Esta vez este zorro de los bosquese había puesto unas piedras y troncos en hileras, a modo ascendente, en una extraña composición que el perro no entendía bien. Parecía que el juego al que jugase el zorro era ahora más complicado.

- Te lo dije ya, Zorro. Aqúi no conseguirás nada. ¿Por qué sigues viniendo? ¿Por qué no haces algo más productivo? -

- ¿Pero qué dices, amigo Perro? No hay nada más productivo que el juego, ¿no te animas a jugar conmigo? Es divertido, y aprenderás....

- Déjame en paz, tengo tareas más importantes -, y volvía a irse.

Y sucedió que un día el humano y el perro llegaron al caserón, con la sorpresa de encontrar las uvas recién maduras: ¡desaparecidas!

- Qué mala pata - exclamó el humano, - debió ser un ave que no le teme al espantapájaros -.

Pero el perro, que no salía de su asombro, sabía que no había sido un animal con plumas, y en lo que dura uno de sus lametones entendió de golpe todo lo que había pasado días atrás.

Pues el Zorro no observaba sin más, sino que se fijaba dónde estaba la única llave que se quedaba en el caserón, la de repuesto del almacén. El Zorro no jugaba con un palo y una piedra sin más, sino que practicaba a levantar el felpudo que tabapa dicha llave. Aprendió jugando a usarla en la cerradura, a darle vueltas, a coger la pequeña escalera de alumninio con la boca y, por último, en su último juego más complejo, aprendía a trepar por los escalones de esta. Su espera, su aprendizaje, su esfuerzo, tenían un propósito, tenían un dulce y sabroso resultado.

agosto 31, 2016

Desde la más pequeña hormiga....

Érase una vez que se era un grupo de hormigas aventureras que se disponían a realizar un viaje muy difícil. En uno de los puntos de este tuvieron que enfrentarse al Monte de la Cooperación, un sitio mágico con características especiales.

Las hormigas del grupo se quedaron en el inicio, sin poder subir, extrañadas de aquel fenómeno que era como una fuerza que les impedía avanzar.

Una de las hormigas se quedó pensando un momento, y entonces dijo en voz alta: - Ayudé a mis compañeras a cavar un túnel -. En seguida se rompió el hechizo, y logró subir por la colina unos pasos, hasta que nuevamente la magia del Monte le retuvo. Entonces, volvió a decir: - Acompañé a una hermana a recolectar frutos más allá del hormiguero -, y nuevamente comenzó a ascender.

Y así fueron subiendo por la ladera, citando buenas acciones realizadas que el Monte reclamaba para permitir su ascenso. Pero, cuanto más se acercaban a la cima, más les costaba recordar acciones nuevas que hubieran hecho con proximidad para poder avanzar.

Una de las hormigas se rindió: - ¡No sé nada más, no he hecho más cosas, no podré terminar de subir! -

Otra compañera que le miraba se quedó pensando y retrocedió hasta donde estaba: - Llévame en brazos - le dijo, y esta lo entendió enseguida: - Estoy ayudando a mi compañera hormiga a subir el Monte de la Cooperación -.

Comprendieron que en todos los momentos de la vida surgen ocasiones de servicio y que, si cooperaban entre todas como un equipo, podrían alcanzar cualquier meta que se propusieran, aunque fuera la cima de aquel Monte mágico.

junio 03, 2016

Confiar es de astutos


Hace mucho tiempo, en un pequeño bosque, vivía un zorro conocido por su astucia. Era amigo de todos, y vivía feliz entre todos los animales del bosque.

Si un lobo solitario le pedía ayuda para cazar a una oveja, se la ofrecía. O si veía una serpiente en apuros junto al río, le ayudaba, pues él no se alimenta de serpientes. O cuando tenía que cruzarlo, preguntaba por dónde era más sencillo, y las tortugas le respondían contentas.

- Eres muy servicial, Zorro, pero ¿te fías de cualquiera? - le preguntaba un tejón con el que se había cruzado.

- Claro que sí, Tejón. Si no me fiara de los habitantes del bosque, nunca podría hacer nada en el bosque.

- Entonces, ¿me querrás ayudar? - le dijo -, he dado con un nido lleno de huevos, pero el árbol es alto, y no puedo alcanzarlo. Si dejas subirme en ti, nos lo repartiremos -.

- De acuerdo - contestó el zorro.

Los dos animales se acercaron hasta el árbol del que hablaba el tejón, y este, subido en el zorro, dio con el nido y pudo bajarlo. Y, nada más tocar el suelo, el tejón salió corriendo con el nido entero.

- ¡Eso te pasa por confiar demasiado! - le gritaba mientras huía.

- Pobre Tejón - reflexionaba el zorro mientras lo veía alejarse -, o le da una indigestión, o algo peor, porque bien sé que esos huevos llevan meses en mal estado, y nadie los incuba, como me explicó mi amigo el Cuco -.

Y con tranquilidad se marchó el Zorro, pensando que la astucia no es contraria a la confianza, y que hizo bien al sospechar del Tejón. Pero antes, y más importante que la astucia, está la confianza, pues si no se hubiera fiado de lo que le dijo el Cuco, sería él el que hubiera acabado tan mal como el Tejón acabó, y esta historia quizás, no se hubiera contado.

mayo 27, 2016

Caballo tu amigo


Me contaron una vez la historia del Establo menor, un hogar para un grupo de caballos que vivían con lo esencial, junto a la casa de humanos. Y, a diferencia de lo que suele pasar en otros hogares, allí no se llevaban nada bien: habían llegado al establo en distintas fechas, y el pasar de los días, el miedo o la desconfianza, había hecho que no se hablaran entre sí y que, aun estando juntos, cada caballo vivía a su aire, solos.
Un día llegó al Establo un hermoso  corcel, seguramente un gran regalo de una gran celebración, pues los equinos de aquel hogar no habían visto jamás entre sus compañeros un caballo tan bello e imponente, y seguramente sus dueños no se lo podían permitir.
- Qué gran animal, seguro que no tiene miedo – pensó Tordo, uno de los caballos del Establo -, y mientras, yo, temo hasta mi sombra. Sería una gran ayuda durante las tormentas si me hago amigo de él.
Y fue así como Tordo habló con el nuevo caballo, mientras los demás pastaban, y se hizo amigo de él, quien estaba encantado de que lo recibieran tan bien.
- Qué rápido tiene que galopar este caballo – pensó también Alazán -, podría cabalgar con él por el bosque, ya que siempre tengo que ir solo, y si me pasara algo seguro que puede volver como una flecha para avisar al humano -.
Y entonces Alazán le pidió que fuera su amigo, y él estaba encantado.
- Estoy seguro que el nuevo compañero baila muy bien –pensó Pío -. Si me hago su amigo seguro que me enseña los pasos que quiere el hombre que dé, y que no me salen bien.
Y así Pío también se hizo amigo del nuevo caballo.
Eso fue lo que sucedió: los caballos fueron haciéndose amigos del nuevo, hermoso y gran equino, quien tenía miedo en su nuevo establo, no corría tan rápido y no sabía bailar, aunque deseaba que los demás le ayudasen a aprender todo aquello.
Y, sin embargo, todos consiguieron lo que se habían propuesto, porque mientras se hacían todos amigos del nuevo caballo, al aceptarlos uno por uno, se hacían a su vez amigos de todos. Por primera vez en aquel establo habían formado un grupo. Y fue así como consiguieron superar todo lo que, solos y a su aire, no conseguían.

mayo 20, 2016

En lenta compañía


Ocurría todos los años, cercano al invierno, que los animales de la fría zona del Lago del valle emigraban al bosque y al río, más al sur, una zona algo más cálida para pasar la estación y sus inclemencias.
Era un camino largo y pesado, por el que transitaban todos hacia una nueva casa, que tendrían que buscarse para unos pocos meses. La ruta no era peligrosa, pero sí necesaria para todos los animales, si querían pasar un buen invierno.
En esta, una Liebre descansaba al sol, tranquila, después de tanto salto. Era una Liebre blanca, de largas patitas y orejas. Tumbada, observaba como se acercaba una tortuga, a un paso que a la Liebre le parecía lentísimo. Cuando llegó a su altura, le preguntó:
- Hola joven tortuga, ¿por qué vas tan despacio? A ese paso tardarás mucho en recorrer el camino- .
- Porque no puedo ir más rápido, Liebre – le respondió -, este es mi paso ligero. Sé que tardaré, pero qué remedio: soy un animal muy lento.
La Liebre vio como se alejaba, despacio, la tortuga. Pensó en lo que tardaría en llegar: es como si yo hiciera el mismo viaje tres veces, pensó. Se levantó y se acercó hasta la tortuga, y siguió caminando a su lado. Por el camino iban charlando, descansando, compartiendo cosas, observando el paisaje,… En una de las paradas la tortuga quiso preguntarle:
- Te agradezco mucho la compañía, Liebre, es mejor que andar sola. Pero, ¿cómo es que caminas tan despacio? -
- Porque soy un animal muy lento – le contestó la Liebre. Y sonriendo los dos, continuaron caminando.

mayo 13, 2016

El lobo y la luna


Corretea un joven lobo entre árboles, entre hojas, en su hogar, a la par de un despreocupado viento que le acompaña en su juego infantil, meciéndole el pelo, silbando melodioso.
Despreocupado ingenuo, descubriendo la vida, el Lobo se detiene curioso, observando a lo lejos la luna y su reflejo. Tras la duna se ocultaba mientras mengua la, en otra noche, llena esfera blanquecina. Y el Lobo aúlla: “¿qué te pasa, Luna?”
En pos de su auxilio, corre el Lobo hacia la Luna que tras esta, y nuevamente, haya a la Luna escondiéndose, en el horizonte desde donde admira al joven Lobo y su arrojo, su entrega: “No corras Lobo, volveré a estar llena”.
Y así, monte tras monte, persigue el animal a la Luna, creyéndola en peligro, sin llegar a alcanzarla. Sin más respiro que las noches en que entera, la Luna sonríe al Lobo, que aúlla satisfecho: “No mengues Luna, permanece llena”.

mayo 06, 2016

La inteligencia vuela


Existiose una vez un hombre que vivía junto a su familia, en su cabaña, rodeado de ricas tierras que le pertenecían. Y como buen hombre, explotaba mal todo lo que esta le daba, cogiendo cuando no le hacía falta, y soltando nada.
Entre otras cosas, la tierra daba mucha caza, y así lo notó un astuto Águila que dio a parar con una presa en el territorio del hombre. Cuando este se dio cuenta, fue a hablar con ella.
- Has entrado en mis tierras, joven Águila -.
- Perdóname, hábil hombre – respondió esta – pero estaré tan solo un par de meses por aquí, hasta que el clima cambie y emigre al sur, a la tierra más rica de todas, donde nadie espera -.
El hombre se detuvo a pensar: si el ave merodeaba por su frontera, podría quitarle a él la buena caza que, huyendo, llegue hasta esta. Y sería mejor tenerle controlado. Así que, con la seguridad de haber encontrado una solución, le dijo al animal:
- No te preocupes, Águila, puedes quedarte. Pero, para no entorpecernos, dejaré que caces en la tierra que yo te diga -.
Y así fue como el hombre condujo al Águila a una pequeña zona, el peor sitio de caza de todos los que poseía.
Y aún así, la habilidad del Águila en su espacio reducido hizo que, conforme pasaban los días, conseguía cazar el doble que el humano, que empezaba a estar furioso. Pensando que el Águila no podía ser más lista que él, se acercó para hablarle de un nuevo trato.
- He estado pensando – le dijo al ave – que si unimos nuestra caza podremos conseguir mucho más entre los dos, ¿no te parece? –
- Creo que has tenido una buena idea – respondió el Águila - Me parece bien -.
Y desde aquel momento acordaron amontonar la caza en una parte de las tierras del hombre, pensando este que, si no sabía contar, quizás pudiera engañarle a la hora de repartir. Y así pasaron los días, cazando entre los dos y repartiéndose injustamente lo que amontonaban.
Pero lo que amontonaban era muy poco, apenas para repartirse. Y es que el Águila, que por entonces ya había cogido amistad con todos los animales de alrededor, que le preferían por su respeto frente al abuso del hombre, les había comunicado dónde amontonaban la caza, para que pudieran coger ellos también del montón, a espaldas del hombre. Y como después de repartir el escaso montón con el hombre, aún le daban sus amigos animales parte de lo que habían robado, había pactado con otros animales dejar caer su presa para ellos de camino al montón, y alegar frente al hombre que era muy pesada, reduciendo aún más el montón que acumulaban entre los dos.
El humano estaba muy furioso, no entendía como la rapaz intentaba ser más lista que él, y se lamentaba no haberle echado el primer día, pues ahora, habiéndole permitido vivir en su tierra, y estando todos los animales de su parte, le costaría echarla. Pero no se rendía, y en su inteligencia volvió a ofrecerle otro trato.
- Verás Águila – le dijo -, puesto que algunas presas se te caen, y los animales salvajes roban en el campo, creo que lo mejor será almacenar la caza en mi casa de piedra, y repartir al final de la jornada -.
- Me parece bien – contestó -, eres realmente astuto -.
Y nuevamente falló. El hombre se alejaba de su casa durante toda la jornada de caza, puesto que sus pies no le daban la posibilidad de adentrarse en el bosque y volver a cada presa que lograba. Así pues, cuando volvió al final del día, se encontró con que una manada de animales salvajes se habían llevado no solo la caza, sino todo lo que había en la casa del hombre.
- Lo siento compañero – fingió el Águila -, no pude detenerlos, me encontraba lejos cuando llegaron -.
Desesperado, el hombre maldijo dolido mas por el juego de inteligencia que acababa de perder que por todo sus objetos. Pero entonces recordó que habían pasado casi un par de meses, y nuevamente recurrió a su cabeza.
- No te preocupes Águila – fingió el hombre -, no pasa nada, pues ya nos íbamos. Teníamos pensado trasladar nuestra casa al sur, en busca de nuevas tierras. Puedes quedarte aquí con tus amigos animales -.
Y así fue como el hombre se marchó con toda su familia hacia el sur, buscando la más rica tierra sin dueños de la que le había hablado el Águila.
- Buena suerte en tu viaje – le dijo el animal.
Y así fue como el Águila consiguió echar al hombre de aquella tierra, que gracias a una mejor explotación, se convirtió en la más rica del lugar.

abril 29, 2016

Prendiendo al miedo


Era una leyenda antigua, una leyenda vieja, una leyenda que no a todos los hombres les gustaba recordar, porque era anterior a su dominación, cuando aquella selva aún era libre, y ambos lados vivían en paz.
Los humanos empezaron a destacar por su inteligencia, y aquel pueblo, en su mal uso, comenzó a invadir el hogar de los animales, sintiendo el derecho de tomar lo de otros, casas, alimento, vidas, a su antojo. Y todos corrían.
Aunque, no todos. Algunos se enfrentaban a aquellos primitivos humanos, con mayor o menor logro, entre ellos, un valiente y fuerte Tigre de bengala. Este descubrió que los hombres apartaban sus miedos para no enfrentarse a estos, y tener vía libre así para expandirse.
En todo el reino animal era temida la flor roja, el fuego que crecía como magia, capaz de arrasarlo todo. Y los hombres, temerosos de su poder, portaban el fuego para caminar junto a sus miedos, para sembrar el pánico con sus propios temores.
Así que el valiente Tigre, acorralado junto al resto de animales en lo más profundo de la selva, pidió a unos monos que le atasen una tea ardiendo en su cola, superando su terrible miedo a la llama que danza con su propia música. Y cargó contra los hombres.
El Tigre galopaba por sus aldeas sembrando el terror de los humanos, que lo creían un animal salido del fuego: su figura fugaz amarillenta con trazos negros, y su cola encendida, llameante. Sus terribles garras y colmillos devolvían el miedo al hombre, que encontraba un nuevo temor por el que preocuparse.
Fue así como empezó la separación y el miedo de ambos lados. Las aldeas, aunque mantuvieron su posición, temían lo que pudiera salir de entre la naturaleza. Y fue así, también, como los animales conservaron la selva, un espacio al que llamar hogar, un lugar seguro, en el que nada hay que temer.

abril 22, 2016

Conciencia y Paziencia


En el corazón del bosque, allí donde la paz era alimento, vivía un pequeño y sabio Grillo, en su pequeña y dulce casita de arena, junto a un árbol.
Vivía tranquilo, sin problemas, pero no ocurría igual con los animales grandes, sobre todos cuando apretaba el calor: el agua escaseaba y el humor se calentaba.
Cansado de que aquellas disputas removiesen la tierra, y por tanto su casa, decidió intervenir en una de estas, intentando detener a un Rinoceronte y a un Elefante que discutían. El Grillo cricó y cricó hasta que los dos animales pararon, asombrados por la fuerza del ruido de un ser tan pequeño.
- ¿Por qué chillas Grillo? –
- Para demostraros mi descontento. ¿Es que acaso no podéis dejar de pelearos? ¿No os dais cuenta que no conseguís nada luchando por el agua de todos, salvo sentiros con más sed? ¿Por qué no podéis vivir en paz? Por eso chillo, y lo haré a partir de ahora cada vez que apriete el calor, rompiendo la tranquilidad, para recordaros así, cuando se os olvide, lo hermosa que es la paz -.
El Elefante y el Rinoceronte se alejaron de allí cabizbajos, avergonzados de haber peleado por una tontería. Y el pequeño Grillo siguió con su cri-cri, sonido que provocaba hasta en la más feroz de las fieras, que de otra forma estaría peleando, el deseo de que llegase un tiempo de tranquilidad.
- ¿Por qué no callará? ¿Por qué no nos dejará un rato en paz? -

abril 15, 2016

Se es puma


En toda la selva no había existido un animal más bonachón. Los pumas eran conocidos por su fiereza y fortaleza, e incluso a aquel joven Puma le tenían miedo, pero ni siquiera sería capaz de matar a una libélula.
Y siguiendo a una, precisamente, fue cuando se encontró con un par de chacales que trataban de robar a un jabalí.
- Esfúmate gato – le decía uno de los chacales – tu libélula se fue por allí -.
Los animales más temidos estaban acostumbrados a la presencia de aquel Puma que, aunque peligrosa, nada debían de temer ante su inocencia.
Pero algo cambió aquella vez. El Puma, por lo general despistado e indiferente, notó que a aquel pobre animal se le estaba haciendo daño, y eso le disgustó. Se sentó y observó quieto y en silencio, con una cara seria de desaprobación.
- ¿Qué te pasa Puma, quieres ayudar? – preguntó el otro chacal entre risas, pensando que quizás este querría intervenir en la fechoría.
Pero el animal seguía observándoles, disgustado, sin moverse, hasta que los chacales, desconfiando de sus fuerzas, desistieron.
- No vale la pena, todo tuyo – decían mientras se esfumaban – nosotros ya nos aburríamos -.
Y el Puma cambió la cara, contento por su labor. El jabalí se lo agradeció, y le aseguró que la selva sería mucho más segura si animales como él hacían lo mismo.
Desde aquel día el Puma decidió estar más atento a lo que pasaba a su alrededor, y no dejar de mirar a aquellos que hacían daño a los demás, hasta que se esfumaran.

abril 08, 2016

El Martín más Pescador


Era un río de árboles frondosos cuyas ramas se inclinaban para beber de este. Allí vivía un gran animalito, un pequeño pájaro conocido en los alrededores por ser el mejor pescador de toda la ribera: era el único que podía cazar siempre, el que mejor se alimentaba, capaz de coger la pieza que quería, en el momento que quería.
Todos los animales que se acercaban al río a por comida le observaban. El pájaro estaba inmóvil en una de las ramas, observando el agua, tranquilo. Y ninguno lo entendía…
- ¿Cómo puede ese animalito pescar siempre, y no parecer cansado? – Decía un joven cocodrilo – Y yo que llevo aquí toda la mañana persiguiendo peces, solo he conseguido un bocado. Es imposible. Bah, me voy a tumbar al sol, para reponer fuerzas -.
- Yo podría pescar lo mismo que él, estoy segura – decía una nutria – pero ahora mismo no, porque estoy ocupada construyendo mi madriguera. Quizás más tarde os lo demuestre -.
- A mi me gustaría cazar también aquí, los peces son mejores – hablaba un osezno – pero si no es en los rápidos, como me enseñó mamá osa, no sabría dar ni con un salmón con patas -.
- Yo, porque no lo necesito – decía un pequeño zorro que se moría de hambre -, me basta con coger conejos. Si fuera como vosotros, ya habría cogido más de un pez -.
Y mientras el resto de animales seguía preguntándose cuál sería el secreto que le permitía pescar lo que quisiese y en abundancia, aquel pájaro seguía inmóvil, en su puesto, mirando el río, esperando el momento adecuado para lanzarse al agua, y pescar.

abril 01, 2016

La ballena y los peces


Había una vez una ballena que vivía en alta mar. Todos los pececillos de su zona le temían pues, al verla tan grande y majestuosa, creían que era peligrosa. Y era así como la ballena vivía sola, rodeada de peces.
Un día llegó a aquella zona un temible tiburón, que amenazó a todos los peces con su feroz apetito. Estos nadaban por todas partes tratando de huir, sin saber dónde esconderse. Hasta que encontraron a la ballena quien, imponente, disuadió al tiburón, que tuvo que irse de aquella zona, salvándose así los pequeños pececitos.
Y pasó también que otro día, un barco ballenero llegó hasta allí, buscando cazar alguna ballena. Nuestra amiga empezó a huir, temiéndose lo peor, y los pequeños pececillos, al ver aquello, se unieron todos juntos para formar la figura de una ballena. El barco pesquero creyendo que el conjunto de peces era una pieza mayor, comenzó a perseguirla. Y los peces se habrían al paso del arpón que los balleneros lanzaban para tratar de cazarla. De esta forma el barco se alejaba de aquella zona, salvándose así la gran ballena.

marzo 25, 2016

Se anda mejor con una sonrisa


Por una selva, en los Andes, caminaba un grupo de niños que se dirigía hacia la escuela en su primer día de clase. Seguir la ruta no era fácil ya que se adentraba, débilmente señalada, entre árboles y matorrales, seguidos de pendientes, un puente de madera y un barrizal, que a veces estaba seco, y a veces no.

Pero los niños eran valientes, y no tuvieron problema alguno. Salvo en un pequeño momento de duda en el que, rodeados de árboles, no estaban seguros de qué camino seguir.

- Mirad cuantos animalitos – gritó uno de los más pequeños, al ver correr a un montón de pequeñas y graciosas Chinchillas, apresurándose con la llegada de los humanos para refugiarse cada una en su árbol, en lo que tenían por casa. Todas estaban asustadas, todas miraban a los niños con miedo. Todas, salvo una: uno de los animalitos, desde su árbol, observaba a los que se habían perdido, con una extraña expresión en la que se le dibujaba una sonrisa.

- ¿Por dónde es ahora? – Preguntaban, - ¿Nos hemos perdido? – pero no había respuestas. – Creo que es por ahí. – No estaban seguros, – y yo que por allí – pero no se rendirían tan fácilmente.

- Iremos por allá – dijo finalmente el más grande, y se marcharon aquel día, tomando el camino que había dicho este último. Y gracias a que estuvo en lo cierto, llegando bien a la escuela.

Y es curioso: cuentan como al día siguiente, tomando el mismo camino, llegaron al mismo punto rodeado de árboles, donde volvieron a tener dudas de por dónde continuar.

- ¡Es por allá! – gritó rápidamente uno de los más pequeños -, ¿no veis aquella Chinchilla que nos sonríe, desde aquel árbol? Ayer tiramos por al lado de ese árbol. ¡Es ese el camino!

Todos los animalitos corrían a refugiarse siempre en el mismo lugar. Fue así como tomaron la referencia, con una Chinchilla que parecía sonreírles, para caminar todos los días hasta su escuela, andando ellos también con una gran sonrisa.

marzo 18, 2016

¿A dónde le llevo?


Dicen que hace mucho tiempo vivía en una ciudad un labrador que se paseaba por todas las calles sin rumbo, sin hogar y sin trabajo.

Otros perros tenían su propia familia y tareas: algunos se encargaban de vigilar y defender la casa de sus amos, otros ayudaban a la policía, otros, simplemente, jugaban con los más pequeños de su casa. Pero el Labrador no tenía hogar, y se sentía inútil vagando por toda la ciudad.

Un día pasó por su lado un hombre ciego que se había perdido. El labrador le preguntó dónde iba, y cuando este le dijo la calle, el animal se ofreció a llevarle.

- Esa calle la conozco a la perfección, sé cómo llegar, yo te llevo -.

Y lo mejor de toda esta historia es que no fue al único al que ayudó. Conocía muy bien la ciudad: todas las calles, todas las direcciones que le pedían, él sabía cómo llegar, y  acompañaba a todo aquel que necesitase su ayuda. Y fue así como se convirtió en el mejor perro guía de todos los que nunca existieron.

marzo 11, 2016

La fuerza del día a día


Llegó a la selva un nuevo animal, una Pantera que quería unirse al resto de animales que la habitaban. Pero, para hacerlo, debía tener un trabajo.

- No os preocupéis – llegó diciendo el animal – yo soy muy fuerte, dadme el trabajo más costoso que tengáis y lo realizaré sin esfuerzo alguno -.

- Muy bien Pantera – le dijo un tigre que organizaba los trabajos – Irás a la falda de aquella montaña. Allí encontrarás a otra pantera encargada de mover las rocas más pesadas que se desprenden: es el trabajo más duro.

El recién llegado se dirigió hasta allí – voy a hacer el trabajo más duro, pero seguro que no me costará porque yo soy muy fuerte -.

Cuando llegó se encontró con la otra Pantera, quien le explicó en qué consistía el trabajo, y se puso zarpas a la obra. Realmente era un animal muy fuerte, y conseguía mover las piedras más pesadas, e incluso más rápido que ningún otro animal. Pero, conforme fueron pasando los días, sus fuerzas se debilitaron.

- No es que esté cansado porque me fallen las fuerzas – terminó diciéndole a la otra pantera un día -, sino que no puedo más con esta rutina, esto es siempre lo mismo. ¿Cómo puedes soportarlo?

- Es fácil, amiga mía: – le contestó – ser fuerte no es aplicar toda la fuerza en un solo acto, sino sacar para cada acto la suficiente fuerza. Y hay muchos sitios de las que sacarla, no solo de los músculos.

Desde entonces nuestro fuerte animal aprendió a dosificar sus fuerzas, y a apoyarse cada día en todo aquello que le animasen a afrontar la dura tarea.

marzo 04, 2016

El tiempo es el que cuenta


Un pescador acudía todos los días, siempre a la misma hora, a pescar a una zona muy poco frecuentada. Solo gozaba de la compañía de un Alcatraz que esperaba en una roca, observando, para acompañar en la pesca al hombre, y llevarse así algún bocado.

A este le hacía mucha gracia ver al ave allí, siempre puntual, empezando junto a él la jornada. Parecía que ambos sabían que justo esa hora del día era el mejor momento para pescar, el punto exacto de la jornada en el que los peces nadaban ajetreados cerca de la superficie.

Pero fue pasando el tiempo y el pescador observó como el animal se retrasaba, día a día, cada vez más. Empezó llegando un minuto tarde, algo que no le sorprendió al hombre quien sí llegaba justo a la hora, y le siguió unos minutos, quince, media hora,…

- Vaya, Señor Alcatraz, vuelve a llegar usted tarde. ¿Cómo es eso, si empezó llegando a la hora en punto? ¿Cómo es que se retrasa?

Un día en el poblado del pescador anunciaron que tenían todos que retrasar los relojes una hora, que había que cambiar el horario para poder aprovechar mejor la luz de la nueva estación. Fue entonces cuando lo comprendió.

Era el Alcatraz el único que llegaba siempre a la misma hora, mientras que él intentaba medir la impuntualidad del animal con un reloj. Desde entonces el hombre fue amoldando su horario para llegar a pescar cada día justo cuando llegaba el Alcatraz....

febrero 26, 2016

Generosidad con levadura


Erase una vez un hombre que vivía en una vieja casa. Era mayor ya, y estaba solo junto a sus recuerdos. Pero no vivía triste, aceptaba todo lo que la vida le daba, y estaba contento con todo lo que había hecho en su vida. Además se alegraba mucho cuando venían a visitarles sus hijos y sobrinos.

Tenía algunos hobbies, como cuidar las plantas o jugar a la petanca con sus vecinos, y también una curiosa manía, consistente en comprar cada día una gran pieza de pan para comérsela. Decía que le recordaba al tiempo en el que pasó mucha hambre, cuando se agarraban a los trozos de pan que encontraban como si fuesen parte de ellos mismos. El pan era todo lo que tenían en esos momentos, lo más importante y lo más grande, y le gustaba recordarlo cada día.

Pero para asombro de su sobrina pequeña, que fue a visitarlo un día, no solo se comía ese pan que compraba, sino que además lo dividía todo en pequeñas migajas que iba repartiendo por toda la casa.

- Abuelo – le dijo la niña – me contaste una vez que ese pan lo comprabas para acordarte de cuanto lo necesitabas antes. ¿Por qué lo tiras al suelo?

El hombre le hizo sentarse con él, y le pidió que guardara silencio. Al rato los dos vieron como un pequeño ratoncito empezaba a recoger las migajas.

- ¿Ves a ese ratoncito, lo feliz que está? – le dijo a su sobrina – Ahora mismo siento que este pan es, para mí, algo realmente grande, ¿por qué comérmelo yo entero? – y le entregó un trozo a la niña, que empezó a comérselo con una gran sonrisa. - ¿Ves?, no solo hago feliz al ratoncito. Este pan puede simbolizar lo más grande e importante de todo, pero no es nada si me lo quedo yo. Precisamente es en los demás cuando realmente este pan se convierte en aquello que me hace feliz-.

Y la niña, terminándose el trocito, le dio un gran abrazo y se fueron a comer con toda la familia, que había venido de visita. Y el pequeño ratoncito, junto a otros compañeros, siguió recogiendo todas las miguitas que habían dejado los dos humanos, llenos también de amor hacia aquel desconocido.

febrero 19, 2016

Miguitas de amor


Un pequeño ratón vivía feliz en su ratonera situada en una casa antigua. No era el único que vivía en aquella casa, pero quizás si el más conocido por todos, ya que siempre estaba alegre, y siempre procuraba una sonrisa para todos sus compañeros ratones.

Tenía su pequeña casita muy bien situada. Todos los días salía a dar una vuelta y conseguía reunir una gran cantidad de miguitas de pan, más de las que él podía comer en un solo día. Iba de miga en miga, correteando feliz, y transportándolas hasta la despensa de su casa, que se llenaba enseguida. Realmente era muy afortunado por vivir en aquella zona, donde seguramente los dueños humanos de la casa comían, o preparaban la comida.

- Hola ratoncito – le dijo otro ratón, que vivía en la escalera - ¿tendrías algo de comer para mí? Mi familia no ha encontrado nada y tenemos un poco de hambre.

- Por supuesto, toma unas cuantas migas de pan – le respondió nuestro protagonista – y si mañana tampoco encontráis nada, venid por esta zona, que hay  mucho, o pedirme nuevamente.

- Pero, ¿no quieres nada a cambio? – le preguntó.

- ¿Por qué tendrías que darme algo a cambio? Aquí hay comida de sobra que aparece sin nada a cambio, yo la cojo totalmente gratis, ¿por qué no darla igual?

- Muchas gracias ratoncito – le contestó.

Y desde entonces él y muchos otros ratones acudían a aquella zona para repartirse entre todos los habitantes de aquella vieja casa, las miguitas de pan que caían.

febrero 12, 2016

Historia de un Pepa


Érase una vez un Pez payaso que vivía en su refugio de anémonas. Allí se lo pasaba muy bien y era feliz, pero siempre tuvo curiosidad por saber que había fuera, en alta mar.

Un día llegaron unos peces que le invitaron a adentrarse con ellos en las profundidades. Dudó durante un momento pero luego se decidió a acompañarles. Un caballito de mar, amigo suyo, le pidió que no se fuese, pero el Pez payaso le prometió que volvería en seguida.

Se lo estaban pasando muy bien: nadando de un lado para otro, descubriendo objetos enterrados,… pero fue algo momentáneo, pues un tiburón comenzó a acercarse hacia ellos. Los peces, al verlo, salieron huyendo.

Pero nuestro amigo se había quedado atrapado en una roca y mientras gritaba pidiendo ayuda vio como los demás se alejaban sin ni siquiera mirar hacia atrás.

Pero no fue el final de nuestro querido pez, pues justo antes de la llegada del depredador su amigo, el caballito de mar, apareció como de la nada y le ayudó a escapar.

Mientras nadaban de vuelta a casa le contó que tras su partida les había seguido, pues estaba preocupado por él, y nuestro Pez payaso le dio las gracias. Comprendió que los grandes amigos no solo están contigo en los momentos divertidos, sino también en los difíciles.

febrero 05, 2016

Rendir servicio


En un desierto extenso y cálido vivía un Fenec acostumbrado a las duras condiciones de aquel océano de arena. El desierto era su forma de vida, allí tenía su casa, una madriguera situada en una extensa duna de arena.

Solía pasearse por los poblados colindantes cuando la monotonía del desierto le aburría y, en una de estas visitas escuchó que uno de sus habitantes tenía un problema: una cría de elefante.

- Está muy enferma - dijo un Surikato amigo de la familia – Yo no puedo hacer nada más, pero conozco de alguien que sí podría salvarla: Es un Ñu que vive en el poblado Sur, al otro lado del desierto. Necesitamos que alguien le avise para que venga enseguida.

- ¿Cómo vamos a atravesar el desierto ahora, si está oscureciendo? – dijo la elefanta, realmente preocupada – Nos perderíamos. Y si no alcanzamos el poblado a tiempo, podríamos morir en el intento. Nunca lo conseguiremos.

- Yo iré a buscar al Ñu – les dijo el Feneq acercándose a ellos – Estoy acostumbrado a recorrer el desierto por la noche, y también si las condiciones son las peores.

- Muchas gracias, te estaremos siempre agradecidos – le contestaron los elefantes.

Y así partió el Fenek, con paso ligero, golpe a golpe sin descanso, sin aminorar su marcha, por dunas y pedregales, caminando hasta el poblado del Sur bajo las duras condiciones del desierto. Allí pudo avisar del problema de los elefantes, y ayudó al Ñu a llegar hasta ellos, para que pudiera salvar a su cría.

De regreso a su hogar fue pensando en lo que había hecho, y lo que más le llamó la atención de aquella historia no era que hubiese realizado una buena acción, sino lo poco que le había costado hacer feliz a los demás.

enero 29, 2016

La luz polar


Érase una vez un Oso polar que viajaba de pueblo en pueblo ayudando a los demás: se había propuesto realizar una buena acción en cada uno de ellos,... y eso es lo que haría. Con su mochila y un solo candil para alumbrar el camino iba vagando de un lugar a otro.

Una vez llegó a un pueblo situado sobre un iceberg, y comenzó a recorrerlo buscando alguna obra buena para cumplir con su propósito. Pero nadie supo decirle que podía hacer, bien porque no había nada que hacer o porque tenían miedo de aquel desconocido.
- Además, - apuntó un pingüino- nosotros vamos a mudarnos de aquí porque el iceberg comienza a agrietarse. Iremos a la Ciudad del Norte, allí puede que si haya cosas que hacer.
Así que nuestro amigo Oso se puso en marcha hacia el norte. Y poco después lo hizo todo el pueblo.

Pero resultó que una gran niebla cayó sobre los caminantes. El Oso polar no tuvo problemas, pues estaba acostumbrado a caminar bajo malas circunstancias, así que siguió hacia el norte con su farolillo.
Pero el pueblo del iceberg comenzó a pasarlo mal, pues estaban perdidos y la fatiga amenazaba a los más débiles. Buscando y preguntándose cual sería el norte, hacia donde tenían que dirigirse, vieron una luz en una de las direcciones, a lo lejos.
- Es el farol del Oso Polar dirigiéndose al norte, - gritó entusiasmado el pingüino- no hay más que seguir su luz.
El pueblo recobró las fuerzas y comenzaron a caminar más rápido en pos de la luz que se veía a lo lejos,
sabiendo siempre que estaban en el buen camino.

Sin saberlo, el Oso Polar había cumplido nuevamente con su tarea, esta vez con todo un pueblo: con su luz, se había convertido en
símbolo de esperanza.

enero 22, 2016

El lobito


Érase una vez un lobito que, desde que nació, ya era considerado diferente: frente a lobos blancos y negros, él tenía manchas de ambos colores.

Era considerado un solitario, pero en realidad lo hacía porque entre sus compañeros solo había lobos malos, y los que no, no se preocupaban por nada. El prefería ser un héroe e iba por donde le llevasen sus patas haciendo cosas buenas: salvar a un oso de un enjambre, a una tortuga del barro,… Todos le saludaban al pasar.

Uno de los lobos de su manada no lo entendía: - mírate: fuerte, con dientes, fiero,… estas hecho para matar, tienes ese poder, ¿por qué eliges no hacerlo?- .

Un buen día este lobo quedó atrapado en un cepo, y entonces nuestro protagonista pudo contestarle: - También estoy hecho para servir, pero tanto con un poder como por otro, tengo la responsabilidad de elegir. Y espero elegir siempre correctamente -.

Y con decisión, ayudó a salir del cepo a su compañero de manada.

enero 15, 2016

Save the whales..., all of them!


Dice que existía una vez una comunidad de leones marinos en la isla de Pascua. Tenían una tarea: toda ballena que quedaba varada en la playa, la salvaban, porque eso era lo bueno, y ellos querían hacer el bien.

Se acercaban a la ballena, la rodeaban y, al grito "salvemos a las ballenas" la empujaban hasta el mar, y ella se iba nadando dando las gracias, porque había vuelto a la vida.

Cuentan que una vez se quedó varada una Orca, la ballena asesina.
Al principio ninguno se atrevía a acercarse, la observaban de lejos.
Uno de los más viejos se acercó y le dijo: Oye orca, si te salvamos de una muerte segura, nos tienes que prometer que no volverás a alimentarte de nosotros.

Y contestó la orca: Si me salváis os estaré agradecido. Pero no pretendáis que deje de comeros, porque es esa mi naturaleza. Con esta respuesta, el león marino se alejó disgustado.

Pero poco después fue uno más joven quien se acercó y dijo: no podemos dejar que se muera aquí, tenemos que salvarla ¿acaso no es nuestra consigna? Y poco a poco, se fueron todos convenciendo. Rodearon a la ballena y al grito: "salvemos a las ballenas,... a todas ellas" devolvieron la orca al mar.

Y esta, tras un “gracias”, se fue a seguir cazando.

enero 08, 2016

El perro pachón


Érase una vez un perro pachón que vivía en una ciudad cualquiera. Estaba perdido, pues su antiguo dueño le había abandonado, y vagaba por las calles solitario.

Afortunadamente un día le dieron un hogar, lo que le llenó de amor, conoció a otros perros, y le llenaron de cariño, compartió grandes momentos con ellos, y se llenó de felicidad. Realmente desde aquel día vivía alegre, feliz y contento.

Pero resultó que su antiguo dueño quiso recuperarlo, solo porque se enteró que este estaba siendo feliz, mucho más que él, y eso le moría de envidia. Fue así como lo cogió y se lo llevó lejos de dónde había sido feliz. Pero quedó frustrado al comprobar que el perro no perdía la sonrisa.

-¿Te lo quito todo y no estás triste?- Le preguntó furioso, a lo que el perro contestó riéndose: -Pero si no me has quitado nada-. -¿Cómo que no?- Insistió su antiguo dueño. El perro le miró de tal forma que, antes de que empezara a hablar, su amo ya lo había entendido todo:

-Me quitas el hogar, pero siempre conservaré el amor que allí me dieron. Me quitas las cosas materiales, pero sigo conservando lo que me aportaron. Me alejas de mis compañeros perros pero, ¿eres capaz de quitarme el cariño? Me dices que no tendré más momentos felices, pero los momentos pasados me harán feliz para siempre.

Y ahora dime: ¿qué tienes que de verdad sea mío....?