mayo 27, 2016

Caballo tu amigo


Me contaron una vez la historia del Establo menor, un hogar para un grupo de caballos que vivían con lo esencial, junto a la casa de humanos. Y, a diferencia de lo que suele pasar en otros hogares, allí no se llevaban nada bien: habían llegado al establo en distintas fechas, y el pasar de los días, el miedo o la desconfianza, había hecho que no se hablaran entre sí y que, aun estando juntos, cada caballo vivía a su aire, solos.
Un día llegó al Establo un hermoso  corcel, seguramente un gran regalo de una gran celebración, pues los equinos de aquel hogar no habían visto jamás entre sus compañeros un caballo tan bello e imponente, y seguramente sus dueños no se lo podían permitir.
- Qué gran animal, seguro que no tiene miedo – pensó Tordo, uno de los caballos del Establo -, y mientras, yo, temo hasta mi sombra. Sería una gran ayuda durante las tormentas si me hago amigo de él.
Y fue así como Tordo habló con el nuevo caballo, mientras los demás pastaban, y se hizo amigo de él, quien estaba encantado de que lo recibieran tan bien.
- Qué rápido tiene que galopar este caballo – pensó también Alazán -, podría cabalgar con él por el bosque, ya que siempre tengo que ir solo, y si me pasara algo seguro que puede volver como una flecha para avisar al humano -.
Y entonces Alazán le pidió que fuera su amigo, y él estaba encantado.
- Estoy seguro que el nuevo compañero baila muy bien –pensó Pío -. Si me hago su amigo seguro que me enseña los pasos que quiere el hombre que dé, y que no me salen bien.
Y así Pío también se hizo amigo del nuevo caballo.
Eso fue lo que sucedió: los caballos fueron haciéndose amigos del nuevo, hermoso y gran equino, quien tenía miedo en su nuevo establo, no corría tan rápido y no sabía bailar, aunque deseaba que los demás le ayudasen a aprender todo aquello.
Y, sin embargo, todos consiguieron lo que se habían propuesto, porque mientras se hacían todos amigos del nuevo caballo, al aceptarlos uno por uno, se hacían a su vez amigos de todos. Por primera vez en aquel establo habían formado un grupo. Y fue así como consiguieron superar todo lo que, solos y a su aire, no conseguían.

mayo 20, 2016

En lenta compañía


Ocurría todos los años, cercano al invierno, que los animales de la fría zona del Lago del valle emigraban al bosque y al río, más al sur, una zona algo más cálida para pasar la estación y sus inclemencias.
Era un camino largo y pesado, por el que transitaban todos hacia una nueva casa, que tendrían que buscarse para unos pocos meses. La ruta no era peligrosa, pero sí necesaria para todos los animales, si querían pasar un buen invierno.
En esta, una Liebre descansaba al sol, tranquila, después de tanto salto. Era una Liebre blanca, de largas patitas y orejas. Tumbada, observaba como se acercaba una tortuga, a un paso que a la Liebre le parecía lentísimo. Cuando llegó a su altura, le preguntó:
- Hola joven tortuga, ¿por qué vas tan despacio? A ese paso tardarás mucho en recorrer el camino- .
- Porque no puedo ir más rápido, Liebre – le respondió -, este es mi paso ligero. Sé que tardaré, pero qué remedio: soy un animal muy lento.
La Liebre vio como se alejaba, despacio, la tortuga. Pensó en lo que tardaría en llegar: es como si yo hiciera el mismo viaje tres veces, pensó. Se levantó y se acercó hasta la tortuga, y siguió caminando a su lado. Por el camino iban charlando, descansando, compartiendo cosas, observando el paisaje,… En una de las paradas la tortuga quiso preguntarle:
- Te agradezco mucho la compañía, Liebre, es mejor que andar sola. Pero, ¿cómo es que caminas tan despacio? -
- Porque soy un animal muy lento – le contestó la Liebre. Y sonriendo los dos, continuaron caminando.

mayo 13, 2016

El lobo y la luna


Corretea un joven lobo entre árboles, entre hojas, en su hogar, a la par de un despreocupado viento que le acompaña en su juego infantil, meciéndole el pelo, silbando melodioso.
Despreocupado ingenuo, descubriendo la vida, el Lobo se detiene curioso, observando a lo lejos la luna y su reflejo. Tras la duna se ocultaba mientras mengua la, en otra noche, llena esfera blanquecina. Y el Lobo aúlla: “¿qué te pasa, Luna?”
En pos de su auxilio, corre el Lobo hacia la Luna que tras esta, y nuevamente, haya a la Luna escondiéndose, en el horizonte desde donde admira al joven Lobo y su arrojo, su entrega: “No corras Lobo, volveré a estar llena”.
Y así, monte tras monte, persigue el animal a la Luna, creyéndola en peligro, sin llegar a alcanzarla. Sin más respiro que las noches en que entera, la Luna sonríe al Lobo, que aúlla satisfecho: “No mengues Luna, permanece llena”.

mayo 06, 2016

La inteligencia vuela


Existiose una vez un hombre que vivía junto a su familia, en su cabaña, rodeado de ricas tierras que le pertenecían. Y como buen hombre, explotaba mal todo lo que esta le daba, cogiendo cuando no le hacía falta, y soltando nada.
Entre otras cosas, la tierra daba mucha caza, y así lo notó un astuto Águila que dio a parar con una presa en el territorio del hombre. Cuando este se dio cuenta, fue a hablar con ella.
- Has entrado en mis tierras, joven Águila -.
- Perdóname, hábil hombre – respondió esta – pero estaré tan solo un par de meses por aquí, hasta que el clima cambie y emigre al sur, a la tierra más rica de todas, donde nadie espera -.
El hombre se detuvo a pensar: si el ave merodeaba por su frontera, podría quitarle a él la buena caza que, huyendo, llegue hasta esta. Y sería mejor tenerle controlado. Así que, con la seguridad de haber encontrado una solución, le dijo al animal:
- No te preocupes, Águila, puedes quedarte. Pero, para no entorpecernos, dejaré que caces en la tierra que yo te diga -.
Y así fue como el hombre condujo al Águila a una pequeña zona, el peor sitio de caza de todos los que poseía.
Y aún así, la habilidad del Águila en su espacio reducido hizo que, conforme pasaban los días, conseguía cazar el doble que el humano, que empezaba a estar furioso. Pensando que el Águila no podía ser más lista que él, se acercó para hablarle de un nuevo trato.
- He estado pensando – le dijo al ave – que si unimos nuestra caza podremos conseguir mucho más entre los dos, ¿no te parece? –
- Creo que has tenido una buena idea – respondió el Águila - Me parece bien -.
Y desde aquel momento acordaron amontonar la caza en una parte de las tierras del hombre, pensando este que, si no sabía contar, quizás pudiera engañarle a la hora de repartir. Y así pasaron los días, cazando entre los dos y repartiéndose injustamente lo que amontonaban.
Pero lo que amontonaban era muy poco, apenas para repartirse. Y es que el Águila, que por entonces ya había cogido amistad con todos los animales de alrededor, que le preferían por su respeto frente al abuso del hombre, les había comunicado dónde amontonaban la caza, para que pudieran coger ellos también del montón, a espaldas del hombre. Y como después de repartir el escaso montón con el hombre, aún le daban sus amigos animales parte de lo que habían robado, había pactado con otros animales dejar caer su presa para ellos de camino al montón, y alegar frente al hombre que era muy pesada, reduciendo aún más el montón que acumulaban entre los dos.
El humano estaba muy furioso, no entendía como la rapaz intentaba ser más lista que él, y se lamentaba no haberle echado el primer día, pues ahora, habiéndole permitido vivir en su tierra, y estando todos los animales de su parte, le costaría echarla. Pero no se rendía, y en su inteligencia volvió a ofrecerle otro trato.
- Verás Águila – le dijo -, puesto que algunas presas se te caen, y los animales salvajes roban en el campo, creo que lo mejor será almacenar la caza en mi casa de piedra, y repartir al final de la jornada -.
- Me parece bien – contestó -, eres realmente astuto -.
Y nuevamente falló. El hombre se alejaba de su casa durante toda la jornada de caza, puesto que sus pies no le daban la posibilidad de adentrarse en el bosque y volver a cada presa que lograba. Así pues, cuando volvió al final del día, se encontró con que una manada de animales salvajes se habían llevado no solo la caza, sino todo lo que había en la casa del hombre.
- Lo siento compañero – fingió el Águila -, no pude detenerlos, me encontraba lejos cuando llegaron -.
Desesperado, el hombre maldijo dolido mas por el juego de inteligencia que acababa de perder que por todo sus objetos. Pero entonces recordó que habían pasado casi un par de meses, y nuevamente recurrió a su cabeza.
- No te preocupes Águila – fingió el hombre -, no pasa nada, pues ya nos íbamos. Teníamos pensado trasladar nuestra casa al sur, en busca de nuevas tierras. Puedes quedarte aquí con tus amigos animales -.
Y así fue como el hombre se marchó con toda su familia hacia el sur, buscando la más rica tierra sin dueños de la que le había hablado el Águila.
- Buena suerte en tu viaje – le dijo el animal.
Y así fue como el Águila consiguió echar al hombre de aquella tierra, que gracias a una mejor explotación, se convirtió en la más rica del lugar.