septiembre 18, 2016

Tan solo siete letras....

Cuenta la leyenda, compruébalo si no me crees, que existió una vez una ardilla, inteligente y sabia, decidida y audaz, pero sobre todo muy trabajadora, capaz de embarcarse en mil tareas a la vez, y llevarlas para adelante.

Era famosa en todo el reino animal: todos querían descubrir cuál era el secreto para llevar a cabo tantas tareas con éxito, y no desfallecer en el intento.

- ¿Qué te da tiempo a hacer en todo un día? - le preguntaba una musaraña reportera, buscando desvelar su secreto.

- Arboreo en busca de comida, leo en casa sobre hojas y frutas, escojo los mejores bosques para
guardar todo lo que encuentro. Respeto el bosque y en mi ir y venir, intento no maltratarlo.
Además ayudo a los nuevos brotes a crecer.... -

- Y, ¿cuál es tu secreto para hacer tantas cosas en un solo día, y ayudar a tanta gente, y lograr tantas metas, y....? -

- ¡Pero si ya te lo he dicho! - respondía la ardilla, mientras le sonreía.

La musaraña le miraba extrañada. Y la ardilla volvía a contarle su secreto:

- Alimentación, eso es fundamental para el día a día. Las labores, bien repartidas. El espíritu, siempre positivo. Guíate por alguien que te inspire, para cada momento. Repetir siempre lo que está mal. Imaginación, fundamental. Andar, aunque te caigas.... -

La musaraña le miraba, pensativa, mientras descubría poco a poco que la Ardilla le quería decir algo más de lo que le estaba diciendo: ahí debía estar su secreto. - ¡Cuéntame más! -, le pidió.

- Amiga: lucha, espera, grita, respira, imagina, ama.... -

Y entonces la musaraña abrió ampliamente los ojos, y respondió:

- Ahora entiendo tu secreto para conseguir todos
  los propósitos que te propongas.
  Es además un consejo fabuloso que pienso
  guardar como un tesoro.
  Recordaré nuestro encuentro siempre. Ya puedo
  ir gritando que ahora mi vida será más feliz.
  Adiós -.

Y ambas reían, porque cuando se descubre un secreto tan bonito, no se puede hacer otra cosa, mas que sonreír....

septiembre 10, 2016

La vida es un juego

Érase un caserón, entre el campo y el bosque medio escondido. Allí trabajaba un labrador, todos los días en su rutina. Y por las tardes: a casa a descansar. Siempre acompañado por su fiel amigo Sultán, un perro grande que le ayudaba en la tarea de vigilancia.

Cada vez que se marchaban, con la noche por llegar, mientras su amo cerraba, Sultán se cruzaba con un zorro que por allí rondaba.

- Olvídalo Zorro, aquí no vas a conseguir nada, no hay comida a tu alcance: la basura se ha tirado, los cocineros cerraron ya, en el invernadero no queda nada, y las uvas están muy altas. Jamás conseguirás nada -.

- No te preocupes por mi, perro. Tan solo estoy aquí sentado, observando. No tiene nada de malo -.

Sultán se marchaba resoplando. - Si te gusta perder el tiempo, allá tú -.

Días después cuando el perro y su amo se iban a ir, Sultán se acercó hasta donde estaba el zorro, que jugaba, con un palo en la boca, a darle la vuelta a una piedra plana y delgada.

- ¿Qué haces hoy, Zorro, con qué matas el tiempo? -

- Estoy jugando, ¿quieres participar? -

- No. Valiente tontería. Me voy a ser más útil -.

E igualmente, días después:

- ¿Qué haces hoy, Zorro? -

- ¿Ves esta ramita que tengo en la boca? La meto en el agujero de aquel árbol, y le doy vueltas -.

- ¿Pero para qué? - respondía contrariado el perro.

- ¡Vamos, no seas aguafiestas, vente a jugar! -

- De verdad que no te entiendo -.

Y se iba. Y volvía días después. Esta vez este zorro de los bosquese había puesto unas piedras y troncos en hileras, a modo ascendente, en una extraña composición que el perro no entendía bien. Parecía que el juego al que jugase el zorro era ahora más complicado.

- Te lo dije ya, Zorro. Aqúi no conseguirás nada. ¿Por qué sigues viniendo? ¿Por qué no haces algo más productivo? -

- ¿Pero qué dices, amigo Perro? No hay nada más productivo que el juego, ¿no te animas a jugar conmigo? Es divertido, y aprenderás....

- Déjame en paz, tengo tareas más importantes -, y volvía a irse.

Y sucedió que un día el humano y el perro llegaron al caserón, con la sorpresa de encontrar las uvas recién maduras: ¡desaparecidas!

- Qué mala pata - exclamó el humano, - debió ser un ave que no le teme al espantapájaros -.

Pero el perro, que no salía de su asombro, sabía que no había sido un animal con plumas, y en lo que dura uno de sus lametones entendió de golpe todo lo que había pasado días atrás.

Pues el Zorro no observaba sin más, sino que se fijaba dónde estaba la única llave que se quedaba en el caserón, la de repuesto del almacén. El Zorro no jugaba con un palo y una piedra sin más, sino que practicaba a levantar el felpudo que tabapa dicha llave. Aprendió jugando a usarla en la cerradura, a darle vueltas, a coger la pequeña escalera de alumninio con la boca y, por último, en su último juego más complejo, aprendía a trepar por los escalones de esta. Su espera, su aprendizaje, su esfuerzo, tenían un propósito, tenían un dulce y sabroso resultado.