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diciembre 04, 2009

09 Adopta dos

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El despacho de Luis, ahora mucho más ordenado y con mejor apariencia, era la última escala que tuvieron que hacer Irene y Amalio antes de poder adoptar a uno de los niños de Santa Clara de la Montaña (o como los niños le llamaban, “El San Claire”). Pero la niña pequeña que ya tenían en mente no sería la única que se uniría a su familia.

Don Luis les ofrecía de beber mientras repasaban los documentos que tenían que firmar. Mientras tanto la profesora Elena buscaba a la niña para presentarle a los que serían sus nuevos padres.

- Ya verán qué contentos quedan, es un sol de niña, y acaba de cumplir seis añitos, seguro que no tienen ningún problema – les seguía convenciendo el director – sobre todo queriendo un niño de esa edad… ¿tenían un hijo mayor ya trabajando, no? ¡Cómo pasa el tiempo! Cuando quieres darte cuenta…

Paula sabía ya a qué venía Elena. A veces me pregunto si lo tenía todo estudiado, si llevaba tiempo pensando en la estrategia que se disponía a realizar. Sabía que se iría conmigo a dónde sea desde que me conoció, y más tras el incidente con el fuego. Después de todo lo que había sufrido conocerme fue para ella lo más cercano al concepto de familia que tenía, por eso me llamaba hermano, decía que yo tenía que ser su hermano mayor. Incluso me lo había dicho más de una vez, ahora que recuerdo: si algún día me voy con una familia les diré que tú también vengas. Y aunque yo le daba largas para quitarle su obsesión, insistía.

- Ah, ya están aquí – volvió a hablar el director mientras Elena y la niña entraban por la puerta del despacho – pasa paulita, te quiero presentar a dos personas maravillosas… -

- Estoy encantada de conoceros – dijo haciendo una pequeña reverencia – ¿irá también mi hermano con nosotros?...

Y bueno, sinceramente nunca supe como lo consiguió. Ella no quiso contármelo, por lo que supongo que lloraría, pero lo demás, lo desconozco. Lo único que sé seguro es que lo logró: nos adoptaran a los dos. Aunque no me convenció al principio, lo reconozco: me gustó que lo hiciese. En cuanto lo solucioné todo para que fuera posible estuve encantado de aceptar a la nueva familia. Todo gracias a ella.

Sin duda era demasiado lista y resuelta para su edad.
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octubre 31, 2009

04 Tres años más

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Aquella tarde fue larga… Decidí esperar a ver qué pasaba, no precipitarme antes de salir corriendo. Si empezaba a hacer las cosas bien quizás tuviera una segunda oportunidad. Si empezaba de nuevo podría continuar con todo.

Entré en el despacho del director y me senté. No era la primera vez que entraba, de día quiero decir. Allí estaba junto a dos profesores más, con los que tuve el enfrentamiento, y con el director. Los tres estaban entre nerviosos y rígidos. Lógicamente, habían hablado de este momento durante todo el día.
Pero yo me hacía el despistado, intentando no fijarme en los tics que les descubría, y observaba la habitación, muy diferente a la de “el loco”. Todo estaba desordenado, más de lo que recordaba de la anterior noche. El director estaba teniendo mucho trabajo y, a la vez, mucha confusión con los nuevos cambios a nivel organizativo, administrativo, político,… Ni siquiera sabía si seguiría mucho tiempo en su puesto.

- Andrés, ¿entiendes lo que está pasando, y lo que pasará si no cambias tu actitud? – empezó el director. Me relajé, si me hubiesen llamado por mi visita nocturna al despacho, hubiera empezado por eso. Creo que dejaré la llave por aquí antes de irme, para cerrar la historia…

- Señor Director, no es solo su actitud, son sus formas… Me deja en ridículo delante de los demás niños… -

- Entiendo. Muchas gracias caballeros – dijo el Director, y los dos profesores, que habían permanecido de pie, salieron del despacho. Supongo que esperaba, por lo que le habrían contado, que yo empezara a gritar y a echar espuma por la boca. Don Luis era bueno, pero no en el sentido que dirían mis compañeros, sino como director: sabía hacer bien las cosas.

- Y bien, ¿qué dices a todo esto? –

- Que usted tiene razón, también Don Miguel y que, aunque a veces me desespere un poco en clase, debo mantener el orden y portarme bien –

- Se que aprendes muy rápido y que te estás haciendo mayor – continuó él – pero contra más aprendas, más responsable eres de lo que hagas porque más consciente serás de sus consecuencias. – Vaya, no me esperaba esto. Parece que los cambios que se estaban produciendo le estaban haciendo reflexionar bastante. Y, aunque no era la primera vez que oía lo que me dijo, se me quedó especialmente grabado, nuevamente.

- Gracias Señor, así lo haré – le dije mientras salía del despacho, después de un rato más de regaños, consejos y revisión de notas y expediente (con grata sorpresa incluida, al ver todo lo “manipulado” antes, lógicamente).

Quizás no estuviera tan mal allí. Por lo menos había encontrado una rutina y, si empezaba a ejercitarla con un buen comportamiento, seguro que podría vivir tranquilo, sin problemas, al menos durante tres años más. Luego, ya vería… Todavía queda mucha vida para decidir.
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octubre 16, 2009

02 Un buen comportamiento

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No digo que no lo vuelva a hacer, o que me arrepienta. Pero teniendo tanto tiempo libre,... Los días no iban mal en el orfanato de San Claire. David estuvo más calmado desde que “hablé” con él. De hecho, apenas hablaba desde entonces. Tiempo después pude comprobar que lo hice mal. Pero tampoco lo cambiaría.

Los profesores no sabían enseñar, a veces, ni siquiera sabían dónde esconderse.

- Se ha equivocado, vuelva a empezar.

- ¿Está seguro que la cuenta no es 10.442?

- Segurísimo Andrés, vuelva a empezar o saldrá otro compañero al encerado.

- ¿Y si quita el dedo de las dos primeras cifras del resultado de la calculadora que sujeta junto a su muslo, estaría entonces seguro que la cuenta si es 10.442? – Y enmudeció.

Y yo, bueno, no me portaba demasiado bien. Sabía cómo debía comportarme, pero a veces era tan tentador no hacerlo… Y si daba la nota delante de la persona equivocada, también sabía que me costaría más salir de allí, es decir, de manera legal. Pero lo hice, delante de Miguel, el psicólogo.

Le dio un informe al director. Decidí entonces hacer una visita nocturna a mí expediente: le robé las llaves, entré en el despacho por la noche, cambié algunas cosas de mi expediente, cogí los objetos confiscados que me interesaron y, no sé por qué, pero vi oportuno no “devolver” las llaves, quizás necesitara algo otro día. De todas formas sabía que en el momento en que me pillasen por aquello no quedaría más opción que golpear fuerte, salir corriendo y no mirar atrás.

- Andrés – me llamó el director con una regla en la mano, y acompañado de dos profesores más – entra un momento – me invitó a su despacho.

Allá vamos… – pensé.
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