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abril 09, 2010

21 ¿Sabes?, no es fácil

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- Andrés.

- Dime.

- ¿Me quieres?

- Claro que te quiero pequeña.

- ¿Cuánto tiempo crees que estaremos aquí?

- ¿Por qué me preguntas eso?

- ¿Crees que viviremos aquí para siempre?

- Eso nunca se sabe. Pero hemos tenido mucha suerte, y ya verás como estos padres te quieren siempre.

- ¿Dónde has vivido tú antes, hermano?

Paula, tumbada ya en la cama, me había llamado al verme en el pasillo. Sentado en la cama, hablábamos un rato. La niña había cambiado mucho, y aún le quedaba más por cambiar. Me quedé callado, pensativo. La luz de la pequeña lámpara, cálida, no era suficiente para alegrar aquella habitación, que veía en aquel momento como un reflejo de mi propia cabeza, de mis pensamientos, de mis recuerdos,… No es fácil vivir ahí dentro…

- No es fácil de explicar. Me lo has preguntado varias veces pero, no es fácil -.

- ¿Pero te quedarás conmigo?

- Claro que sí, no te preocupes. ¿Sabes? No es fácil encontrar un hogar. Cuando era pequeño, mucho más pequeño que tú, tuve que viajar lejos hasta encontrar uno, y cuando no pude quedarme más en ese, de nuevo el viaje. ¿Te acuerdas de la historia que te conté de Leandro? Ese era yo. Y también viví en Madrid, hace mucho tiempo. Y en Francia. Y en otros muchos lugares. Y siempre buscaba ser feliz, o mantenerme distraído, o aprender cosas nuevas,… Pero solo lo conseguía cuando estaba con alguien, nunca por mi cuenta. Son muchos años ya los que han pasado, si te das cuenta, pero es parte de mi naturaleza y, sinceramente, no sé cuantos más quedarán. Pero lo importante es que queden los que queden, o vayas a dónde vayas, en cada uno, siempre, tengas algo que hacer, y alguien con quién estar. Y ahora, estamos aquí.

- Es un cuento, ¿verdad? Lo de Leandro. Porque sucedió hace muchos años -.

La niña me miraba con los ojos adormecidos, pero llena de satisfacción y de alegría, a pesar de su sueño, por todo lo que le contaba. No puedo decir lo mismo de mí que, cansado, miraba cabizbajo las sombras de la lámpara, diciendo todo aquello porque, de vez en cuando, necesitaba escucharlo.

- Sí -.

- Gracias por todo hermano. Buenas noches -.

- Buenas noches Paula -.
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marzo 19, 2010

20 ¡Escuchen soldados!

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Era el tercer año.

Cuando llegué a la capital estuve sobreviviendo como pude y cuando estalló la guerra, tras unos bombardeos, me acogió una familia, creyendo que mis padres habían muerto entre los escombros. Como muchos de esa familia me ofrecí a colaborar con el ejército que defendía la ciudad, y me colocaron de enlace, llevando y trayendo cartas entre los soldados.

Nunca olvidaré aquel miliciano que me disparó. Su rostro reflejaba todo el dolor y el sufrimiento de la guerra, todas las dudas, toda la incomprensión resumida en una sola mueca de dolor y en unos ojos descompuestos en lágrimas, provocados por un simple movimiento con el índice, un movimiento tan sencillo que había provocado la muerte de un niño inocente que había aparecido en plena zona del conflicto.

Fue lo primero en lo que pensé después: su cara, su postura, sus pensamientos,… Pero no era problema mío, había sido su acto. Las guerras son muerte, y los que esperan otra cosa solo mueren engañados.

- Se acercan días de cambios. – Arengaba el jefe de los soldados a un destacamento, mientras yo escuchaba, entretenido, antes de toparme con el miliciano. – Debemos aceptar lo que somos, y vivir felices y orgullosos el tiempo que nos toque vivir. No luchamos por nadie, solo por nosotros mismos, por nuestras familias, por la libertad. Sé que no es vuestro primer día, y que no será el último si lucháis con decisión, como hombres libres. Soldados, ya estamos muertos porque vivir es más que respirar, ¡no tenemos nada que perder! -
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marzo 12, 2010

19 Respeta, pero no intervengas

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Con el tiempo descubriría que cada uno tiene su máxima. Nadie es fijo a ella, es la esencia de todos nosotros, que somos cambiantes, pero al menos ayuda para elegir en un momento concreto. Y yo tuve muchas a lo largo de los años. Pero la que más me interesó, la que más reflexioné por ser la más comentada entre todos nosotros era la de “vive y deja vivir”.

Me gustaba pasar desapercibido, pero no siempre era posible. Había aprendido que en cuanto me hacía notar, comenzaban los problemas. Por todo lo que sucedió después parece ser que me hice notar más de la cuenta...

Un niño le robaba la cartera a un hombre, en un paseo largo que a ambos lados incorporaba sendos parques, repletos de plantas y árboles. Yo le veía a lo lejos, mientras caminaba. No sabría decirte si él se topó conmigo, o yo llegué hasta él, pero nos cruzamos como si hubiéramos tenido que hacerlo antes o después. Y como le había visto no pude resistirme a hablarle:

- No deberías robarle a la gente – le dije cuando me topé con él, desde la superioridad que me ofrecía verle mucho más pequeño, algo importante si no conoces al otro… -, si me das la cartera no se lo diré a nadie -.

- No te voy a dar nada – me respondió mientras se acercaba a mi -, y no dirás nada. Se te ve fuerte y ágil, dime, ¿lo eres? –

Yo no supe responder, me sentí extraño. Aquel niño no dejaba de mirarme a los ojos mientras se acercaba. Sentía como si solo existiesen sus ojos y los míos. Su cara mostraba concentración, pero a la vez cierto aire divertido. Después de un rato mirándome esta cambió, se volvió más seria y oscura. Aunque seguía mirándome a los ojos sentí como si hubiera dejado de hacerlo.

- Toma – me dijo tirándome la cartera -, ¿para qué la quiero pudiendo tener una propia?

Yo recogí la cartera al aire mientras seguía mirándole, sin entender. El chico, con una sonrisa burlesca, se alejó de mí

- Nos volveremos a ver, pequeño -.

Se dirigió hasta la acera, por la que iba paseando un hombre. Cuando estuvo cerca suyo aquel niño cayó al suelo como un tronco, desplomado. Algunos de los que paseaban corrieron hasta él para ver qué le había pasado.

Yo me acerqué también. Observé como el hombre al que el niño se había acercado se alejaba tranquilamente de allí, sacaba su cartera del bolsillo, observaba su contenido, y se la volvía a guardar, mientras el resto de personas intentaban reanimar al cuerpo sin vida de aquel niño, sin éxito.

Esa fue la primera vez que le vi.
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marzo 05, 2010

18 Tenemos que hamar

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Llovía. Avanzaba por la calle con su paraguas naranja. Vi la oportunidad perfecta para hablar con ella y salté hasta su lado.

- ¿Qué haces? – me preguntó Laura con gran desprecio.

- Oye, que llueve, déjame protegerme -.

Pese al paraguas llevaba los hombros y el pelo ligeramente mojados. Era mayor que yo, ya me entiendes, y quizás eso fue lo que provocó el rechazo por su parte. Sin embargo yo… sabes que nunca te he mentido, que te cuento todo tal cual sucedió, por eso espero que me entiendas.

- ¿Por qué no llevas tu propio paraguas? –

- Yo no uso paraguas… -.

- No uses este tampoco –.

La niña cerró su paraguas y continuó caminando bajo la lluvia, con un paso más ligero, intentando dejarme atrás. Sorprendido, la seguí.

- Soy Andrés, del colegio. Tú eres Laura, ¿no? Encantado. Estoy en la clase de… -.

- Oye, perdona que no me quede hablando aquí contigo pero, me estoy mojando. Nos vemos en el cole -.

Volví a quedarme parado, viendo como se alejaba con paso acelerado.

Es parte de todos, lo necesitamos, somos cazadores. Al principio fue por diversión, me llamaba la atención, y me propuse conseguirla.

Tenía que estar con aquella niña.
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febrero 26, 2010

17 Según lo que puedas perder

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Ya lo había pensado alguna vez, pero quizás nunca con un aire tan altruista y azaroso. Pero no, no me gustaba ser un héroe, porque no me gustaba llamar la atención, y el héroe, como modelo de referencia, es un punto de miradas al que no quería llegar. Bastante tenía ya con ser popular entre los compañeros de escuela, aunque eso no lo hubiera cambiado fácilmente por nada. ¿Pero un héroe? No, lo que sucedió fue instintivo, y aunque lo repetiría, le quité importancia rápidamente.

- Pero, ¿cómo lo has hecho? – me preguntaba Julio.

El incidente fue en un paso de cebra, dónde tiré de un niño a punto de ser atropellado.

- Tengo muchos reflejos, nada más. Pero es algo que cualquiera hubiera hecho. Además, también podría haber salido mal, influyó mucho la suerte -.

Julio leía muchos tebeos, le encantaban los personajes que iban salvando el mundo, y me los enseñaba uno tras otro, convenciéndome de lo bueno que era ser un héroe. Yo sentía que tenía que mantener un buen comportamiento, cada vez más desde mi etapa en el orfanato, pero de ahí a dedicarme a salvar el mundo…

- Pues a mí me encantaría ser más valiente y tener más poderes, y ganar muchas batallas, ¿a ti no?

- Bueno, yo pienso que a un héroe no se le mide tanto por lo que pueda ganar, sino por lo que puede permitirse perder -.

Me definía muy bien ese pensamiento, porque aunque no fuera por el mundo salvando gente, durante esos años dejé poco a poco de ser el “héroe” solitario al que me había acostumbrado.
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febrero 19, 2010

16 Ansiada juventud

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Deseaba ser joven, nunca lo había deseado tanto, había vivido feliz de niño, incluso me había escudado en ello en más de una ocasión. Pero tener compañeros de 16 años, aunque aparentase menos, e incluso amigos mayores, podía conmigo. No quería volver a ser niño.

- Están donde siempre Andrés – me decía Irene desde la cocina - pues no, no están aquí. Qué raro. Andrés, ¿puedes echarme una mano? -

- Estoy ocupado ahora mismo – le decía mientras observaba por la ventana a un grupo de jóvenes que hablaban.

- Bueno, pero vente un poco más tarde y me ayudas, que los invitados llegarán a las cinco -.

Era el cumpleaños de Paula. La pequeña niña cumplía ocho años y estaba muy cambiada, era mucho más alta, y había madurado bastante. Se preocupaba por su aspecto, siempre llevaba una ropa muy bien escogida y un pelo perfecto. Además, tenía una gran inteligencia y soltura junto a sus compañeros,… quizás estuviera aprendiendo de mí. Y si ella destacaba, mucho más lo hacía yo, aunque en apariencia fueran solo tres años más.

Irene quería lo mejor para ella y la cuidaba mucho. Y también para mí, me daría cuenta más tarde. Nos quería, y aunque no supo nunca la verdad estoy seguro que algo sospechaba, quizás por eso me ayudó en todo lo que pudo.

- ¡Gracias hermanito! – Me decía Paula cogiendo mi regalo, cuando ya todo el mundo se había ido. Conforme pasaba el tiempo más la quería, realmente fui muy feliz teniéndola de hermana. – Pero, esto cuesta mucho, ¿cómo lo has conseguido? –

- Es un regalo, ¿no? Pues no preguntes hermanita. Feliz cumpleaños -.

Por primera vez estaba viviendo sin esconderme, tranquilo, en una familia, y en plena juventud. No quería volver a ser un niño. A falta de un año ya lo tenía más que decidido: ¿y si no cambiara esta vez?
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febrero 12, 2010

15 Manténganse vivos

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Para la mayoría de los humanos, mantenerse con vida significa respirar, fluir los pensamientos y la sangre. Pero ese es un concepto equivocado, porque vivir va mucho más allá de lo corporal. De todo, creo que fue lo más importante que aprendí aquellos años.

Había experimentado muchos placeres, y por lo vivido no se me escapaba nada que no supiera un adulto. Pero nunca había estado tan cerca, con tantas posibilidades, hasta entonces. La edad de mis compañeros respaldaba mucha de las diversiones que podía permitirme, aunque también usaba mi ganada posición para unirme a grupos de amigos mayores. Y también para unirme a chicas.

Conocía más que ninguno cómo funcionaba el proceso, y qué era lo que querían, por lo que no tuve ningún problema buscándome compañeras con las que salir. Sobre todo, las llevábamos al cine, era con lo que más nos entreteníamos. A mí me gustaba mucho, recuerdo muy bien una película que me enseñó mucho sobre esta reflexión, “Blade runner”, aunque tuve que verla solo. Con los demás difícilmente veíamos lo que yo quería, no se puede tener todo.

- ¿Por qué dices que es infantil? A mí me gusta – me decía una de las chicas con las que estaba de novios, - y sale mucho más que la del tren que dices -.

Pero como digo, no me importaba: si no me interesaba, más tiempo me pasaba besándola. Llegué incluso a repetir película con chicas diferentes. Me resultaba a veces hasta fácil embaucarlas, tanto como a mis compañeros, a los que les contaba mil historias. A veces bastaba con sacar un cigarrillo y fumarlo delante suya, y explicarle cómo se hacía. Pura ironía, los sé, pero no me daría cuenta hasta un tiempo más tarde.

¿Vivir? Vivir es experimentar, es construir, es luchar. La persona que físicamente permanece viva tumbada en el suelo no vive, está muerta. Y yo quería vivir, tenía muchas ganas de vivir en aquel tiempo, por eso procuraba hacerlo todo: leía mucho, las películas, oía canciones,… incluso escribía alguna cosa, pero con la vida que había llevado tampoco es que se me diera muy bien la quietud frente al papel.

Y probar placeres. Recuerdo una motocicleta con la que me encantaba pasearme. Yo no pude tener una, mis padres no quisieron, me veían muy pequeño aún. Pero conseguía que alguien me la prestara de vez en cuando. Fue con la moto cuando la vi por primera vez. Me fijé sin más al principio.

- ¿Quién es la morena de trenzas, la que habla con Jose? – pregunté al chico de un curso mayor que me la había prestado.

- Es Laura, de nuestra clase. ¿Te la presento? –

- No… Quizás más tarde -.
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febrero 04, 2010

14 Jefe de los ejércitos

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- ¡Rómpele la cara! – gritaba uno de los niños.

- Vamos Jose, a por él – gritaba el que me sujetaba. Estaba contra la pared, y entre todos me dieron una paliza.

- Enano de mierda, para que mantengas la boca cerrada -.

El nuevo colegio era mucho más agresivo que el orfanato, quizás porque éramos muchos más, y el barrio en el que estábamos lo complicaba. Intenté no llamar la atención, pero no es fácil cuando aparentas tres años menos que el resto de niños de tu curso, y sabes tres veces más.

- Andrés, ¿yo te he dado la paga esta semana? – Me preguntaba Amalio, nuestro padre adoptivo.

- No -.

- Toma -.

- ¿Y este roto en la ropa? – preguntaba Irene desde la cocina.

- Me lo hice en gimnasia, mamá -.

- Ten más cuidado la próxima vez. E intenta ir mejor en esa asignatura. Aunque el resto, me han contado en tutoría, parece que va a ser todo diez otra vez -.

Como si fuera un problema, y no era más que un pasatiempo. El verdadero obstáculo era que no me aceptasen, pero busqué cómo solucionarlo, me lo propuse como reto personal aunque fuera un proceso largo. Nunca me había enfrentado tan abiertamente a la sociedad, estando encadenado a un rol concreto, a un lugar, un nombre y un ahora. Estuve casi el primer año entero observando, y trazando estrategias en mi cuarto. Tenía que salir bien. Saldría bien…

Empecé por un amigo…

- Mi madre me ha dicho que todos pegamos el estirón antes o después. Y yo tengo muy poco pelo también. - Me decía Julio - ¿No te molesta ser tan bajo? -

Mientras, evitábamos chocar con alguno de los que se las daban de matones. A los profesores ya los tenía en el bolsillo, así que proseguí con la clase…

- ¿Alguien quiere el examen de mañana? –

Y con el curso…

- Andrés quiere organizar con el tutor un viaje a la feria del parque. ¿Quién quiere apuntarse? -

Lugo a cursos más pequeños, así mi nombre empezó a sonar por todo el colegio…

- ¿Ves? Aquel es Andrés. Sí, el hermano de Paula. Pregúntale a él, seguro que puede ayudarte -.

Y, por último, los cursos mayores…

- ¡E, ¿venís al cine? El novio de mi hermana nos cuela otra vez -.

- ¿Qué dices, Jose?, hemos quedado con Andrés para ir a un bar. Nos va a enseñar a jugar al billar. El otro día le hizo perder a un tío mil pesetas -.

- ¿El niño chico? Pero si es un retaco de mierda-.

Se equivocaba. Ser el más popular significa que lo que yo decía se convertía en lo que los demás pensaban. Desde que movilicé a todos como soldados ya nadie pensaba que fuera un retaco de mierda. Había dejado de ser un niño.
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enero 29, 2010

13 En el pais de los gato-perros

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Rodando cuesta abajo por el prado, esa fue mi última visión del hogar que tenía en Bretaña. Después la noche, el bosque, la carretera, un coche y mucha confusión bien aprovechada. Años después pasaría la frontera.

No podía quedarme. Tenía que huir. No sé si hubieran matado a un niño de ocho años. No podía arriesgarme. El aislamiento no era una opción. No podía permitir que me encerraran a saber cuántos años, o qué me depararía. Me había acostumbrado a una familia otra vez y, aunque en tiempos agitados, me aportaban tranquilidad. Pero no podía perder ni un gramo más de libertad.

Llevaba unos años ayudando a una pequeña resistencia organizada entre los pueblos de alrededor. Una de las casas cayó, conmigo dentro. Los soldados irrumpieron mientras escapaba colina abajo, y terminé rodando. ¿Qué hacía allí? Quiero creer que me lo mandaron porque pensarían que mi final no sería tan cruel como el suyo, y no que me lo dijeron porque sabían que no lo entendería. Pero me la jugaron.

Debía mantenerme allí para un intercambio: Tenía que hacer el sonido de un gato para que el mensajero me respondiese con el de un perro, esa era la consigna. Pero el primer soldado que se acercó con sigilo debió enterarse mal, porque yo no respondía, y terminó él haciendo el gato. Yo estaba atento a la sombra que se acercó, asegurándome de que no fuera una trampa. Y efectivamente, en cuanto oí el sonido del gato salté por la ventana.

Los pocos hombres de aquella resistencia estaban cansados, agotados, sin soluciones, sin saber qué pasos dar,… Aquel mensajero podía aportarles recursos imprescindibles para el resto de su lucha, pero sabían que si llegaba tarde, quien estuviera en el refugio estaba condenado. No les culpo, yo también hubiera mandado a un niño, mucho más probable de salvarse. Pero si al menos me lo hubieran dicho…

- Il ne tardera pas à arriver, sois fort! -

- Ai j'à seulement faire le chat? -
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enero 21, 2010

12 Decídete hombre

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Realmente no me dan miedo los cambios, y menos después de todo lo que he pasado. Pero no se trata del “qué” en sí, sino del “por qué” sin más: ¿por qué cambiar? ¿Por el simple hecho de la naturaleza humana? Y si es así, ¿Por qué nos asusta tanto? ¿Por qué temer a lo nuevo?

- ¡Vamos David, a qué esperas! ¿Tengo que hacerlo yo también? Escúchame niño, voy a clavarte el cuchillo si no eres lo suficientemente rápido como para dispararme con el arma que te he dado, así que procura no fallar y demuestra que ya eres un hombre. ¿A qué estás esperando? No eres nada, ¡no eres nada!, ¿me oyes? Vas a acabar metido hasta el cuello en mierda todo lo que te queda de vida, por eso he venido hasta aquí, porque ya estás perdido desde el día en que elegiste venir, desde antes de que te escapases -.

El niño me miraba con odio en los ojos, decidido a disparar, pero esperando el valor. De vez en cuando repasaba aquella vieja estancia, sucia y maloliente, esperando encontrar a alguno de sus compañeros adultos de fechorías. Pero ya no había nadie…

- Si, sé que yo he tenido algo de culpa, pero ya elegiste… -

- ¿Algo de culpa? – Respondió, pero no sabía cómo continuar - ¡Te he tenido miedo tanto tiempo! ¡Te he odiado tanto! –

- Pues decídete, elige de nuevo, y esta vez no te equivoques -.

Alzó el arma para apuntarme, pero sabía que no lo haría, no a sangre fría, no sería capaz.

No digo que no lo vuelva a hacer, o que me arrepienta, pero para mí mis actos eran una forma de supervivencia, y me aferraba a cualquier cosa de la que pudiera tirar. Me abalancé hacia él alzando el puñal y sentí como la bala me atravesaba y me tumbaba en el suelo.

Se decidió… o decidí yo por él. He de reconocer que eso era lo único que me preocupaba mientras caía.
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enero 14, 2010

11 Postdata en el San Claire

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Escala tras escala comparto unos últimos momentos de estancia en el orfanato con Elena, quien me enseña a tocar el piano. Mientras repaso mentalmente lo vivido en los últimos tres años, tres años casi justos, a falta de unos días para mi cumpleaños; y solo encontraba falsedad.

Los juegos con los niños, las peleas con los profesores, el enfrentamiento estúpido con David, mi inútil relación con Elena,… No podía más, sentía la necesidad de explotar…

Mis dedos comenzaron a vibrar solos y la escala dio paso a otros acordes que, para Elena, aún no conocía. Toda la vida me parecía una farsa, una consecución de acontecimientos sin sentido que no llevaban a nada, porque yo no concluía nada.

Seguí tocando melodías, saltando de una pieza a otra según las iba recordando, bajo la atónita mirada de la profesora. Aquello no estaba bien y lo sabía pero, ¿qué estaba bien? ¿Qué era lo correcto? ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿A qué me tenía que aferrar?

Paré de golpe las manos, exhausto más por mis pensamientos que por estas, y dejé la vista fija, esperando que algo irrumpiera aquel momento.

- ¿Cómo, no…, por qué no me dijiste que sabías tocar el piano? – Me preguntó.

- Porque quería estar contigo – le dije mirándola. No me sorprendió la reacción de sus ojos, entre perpleja y asustada – Se más de lo que piensas Elena, pero siento que nunca lo sabrás. – Volví a dejar la vista al frente – Todo esto es inútil.

- No te entiendo Andrés… - me dijo con la voz temblorosa – No sé…

- No nos volveremos a ver nunca más. Espero que seas muy feliz. Adiós -.

Me levanté y me fui de la sala. Nunca había tenido una despedida igual, aunque he de reconocer que cada despedida que he tenido ha sido siempre muy distinta a las anteriores. Creo que es así como debía ser, estaba harto de todo pero ¿qué otra cosa podría hacer? Ahora que sabes la verdad, espero que lo entiendas.

- Nos vamos a las doce hermanito, ¿tienes todo listo? – me dijo Paula en las escaleras, arrastrando un pequeño saco.

- ¿No te lo han dicho? A mí me acercan a la tarde, tengo que ayudar a la profesora Elena en una tarea – no aparecería para desmentirme tras el shock - ¿se lo dices a Amalio e Irene de mi parte?

- ¿A papá y mamá? Yo se lo digo. Nos vemos esta tarde entonces en ¡nuestra nueva casa! – dijo efusiva antes de marcharse.

Si iba a continuar con aquello, tenía que hacer las cosas bien, y sabía quién me podría ayudar: Tenía que hacerle una visita a David.
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diciembre 11, 2009

10 ¡Fuego!

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El sonido de la alarma seguía retumbando en mis oídos. Después de llegar hasta el edificio, nuevamente por la puerta que unos minutos antes había abierto David, comencé a subir las escaleras del orfanato para poder ver por las ventanas delanteras cómo iba la situación, y qué era lo que estaba pasando.

En el patio estaban todos formados, aún con miedo. Las banderas, paradas, inmóviles, observaban el movimiento de los internos en guardia, recontando a los presentes, y contando a los curiosos y a los profesores y bomberos (o más bien, vecinos voluntarios) que iban llegando todo lo sucedido.

Estaba de suerte. Faltaba el grupo de las niñas más pequeñas. Me di cuenta justo en el mismo momento que Elena, recién llegada al patio, observando a todos los niños con preocupación. Sin duda había encontrado una escusa para explicar mi ausencia allí abajo.

Corrí hasta la habitación y me crucé con el fuego: en el baño del pasillo una pequeña papelera escupía llamas, quemando los papeles que había por todo el suelo. Los cuatro hombres que ya estaban allí apagándolo todo acabarían con el pequeño intento de incendio en poco tiempo, no había mayor riesgo tal y como se había provocado, y menos habiendo iniciado ya su extinción. Pero ellos no lo sabían en aquel momento, y su nerviosismo se traducía en gritos y aspavientos.

- ¿Qué haces aquí niño? – me gritaba uno desde la puerta que sujetaba abierta, como si quisiera avivar aún más el fuego - ¡corre hasta el patio! -

Pero ninguno de ellos conocía el edificio ni quien lo habitaba, por lo que no habían comprobado las habitaciones. Y aunque estaba seguro de que en ese mismo momento ya corrían profesores por todas las estancias, buscando a los rezagados, necesitaba que yo fuera el primero, como así sucedió.

Las niñas, escondidas por miedo en la alacena del comedor, habían atrancado la puerta, y no podían abrirla. Al tener que pasar por la habitación del incendio, viendo a aquellos hombres creyeron que todo el edificio estaba ardiendo y se asustaron. Me hubiera reído, porque me hizo gracia la situación cuando me lo contaron, pero agoté todas mis fuerzas abriendo la puerta.

Volví a escuchar los gritos de los “magníficos bomberos” cuando pasamos por al lado, esta vez bajo mis gritos de “no pasa nada”, con el incendio aún no apagada del todo: si este hubiese sido mayor, habrían dejado que se quemara todo el edificio. Paula se agarró a mí, y así aparecimos en el patio, todo el grupo de niñas gritando y yo, como el héroe. Me lo agradecieron y me felicitaron por mi escusa (es decir, por el salvamento), y me preguntaron por David, pero no dije nada. Días después huyó de su escondite.

- Estás hecho todo un valiente, Andrés – me dijo Elena cuando aparecimos en el patio – estábamos muy preocupados – y me abrazó.

- Gracias – le contesté respondiéndole al abrazo. Hacía tiempo que no me sentía tan bien. Me gustaba Elena, no podía esconderlo, pero sabía que aquello era imposible, además tenía que salir de allí. No, aquello no era posible, ya se me olvidaría…

Ella dejó de abrazarme y, acariciándome el pelo, me miró a la cara. – ¿Y ese golpe que tienes? ¿Dios mío, estás bien? –

- Yo… - rápidamente, pensé en algo – me di con una puerta cuando corría, había mucho humo – y eso fue lo que se me ocurrió.
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diciembre 04, 2009

09 Adopta dos

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El despacho de Luis, ahora mucho más ordenado y con mejor apariencia, era la última escala que tuvieron que hacer Irene y Amalio antes de poder adoptar a uno de los niños de Santa Clara de la Montaña (o como los niños le llamaban, “El San Claire”). Pero la niña pequeña que ya tenían en mente no sería la única que se uniría a su familia.

Don Luis les ofrecía de beber mientras repasaban los documentos que tenían que firmar. Mientras tanto la profesora Elena buscaba a la niña para presentarle a los que serían sus nuevos padres.

- Ya verán qué contentos quedan, es un sol de niña, y acaba de cumplir seis añitos, seguro que no tienen ningún problema – les seguía convenciendo el director – sobre todo queriendo un niño de esa edad… ¿tenían un hijo mayor ya trabajando, no? ¡Cómo pasa el tiempo! Cuando quieres darte cuenta…

Paula sabía ya a qué venía Elena. A veces me pregunto si lo tenía todo estudiado, si llevaba tiempo pensando en la estrategia que se disponía a realizar. Sabía que se iría conmigo a dónde sea desde que me conoció, y más tras el incidente con el fuego. Después de todo lo que había sufrido conocerme fue para ella lo más cercano al concepto de familia que tenía, por eso me llamaba hermano, decía que yo tenía que ser su hermano mayor. Incluso me lo había dicho más de una vez, ahora que recuerdo: si algún día me voy con una familia les diré que tú también vengas. Y aunque yo le daba largas para quitarle su obsesión, insistía.

- Ah, ya están aquí – volvió a hablar el director mientras Elena y la niña entraban por la puerta del despacho – pasa paulita, te quiero presentar a dos personas maravillosas… -

- Estoy encantada de conoceros – dijo haciendo una pequeña reverencia – ¿irá también mi hermano con nosotros?...

Y bueno, sinceramente nunca supe como lo consiguió. Ella no quiso contármelo, por lo que supongo que lloraría, pero lo demás, lo desconozco. Lo único que sé seguro es que lo logró: nos adoptaran a los dos. Aunque no me convenció al principio, lo reconozco: me gustó que lo hiciese. En cuanto lo solucioné todo para que fuera posible estuve encantado de aceptar a la nueva familia. Todo gracias a ella.

Sin duda era demasiado lista y resuelta para su edad.
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noviembre 27, 2009

08 No es mi primer día

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- Cámbiate Paulita, date prisa que vamos a llegar tarde -.

- En el San Claire nos levantábamos más tarde -.

- Bueno, pero ya no estás en el orfanato. Y no querrás que lleguemos tarde a la escuela. Anda, cámbiate. Y avisa a tu hermano, ¿quieres? -.

La pequeña golpeó en mi habitación y entró resuelta, lanzándose sobre mi cama, pero yo ya estaba despierto, y la esperaba sentado en mi silla. Cuando creyó haber caído sobre mí para aplastarme le lancé dos cojines encima. Pero no terminó como había planeado: tras mi embestida cogió la almohada y giró su pequeño cuerpo hasta tenerme al alcance. Antes de que pudiera levantarme me golpeó, tirándome al suelo. Y yo empecé a reír.

- ¿Estás bien, hermano? – me dijo Paula, mirándome desde la cama.

- Si, no te preocupes – le dije – anda, date prisa que llegamos tarde -.

- Tenía razón, ¿verdad que tenía razón? – empezó, bajándose de la cama.

- ¿Quién tenía razón? –

- Elena. Me dijo que cuando nos fuéramos con esta familia seríamos muy felices -.

- Si, tenemos mucha suerte de estar aquí. Anda, vete ya, que es tarde – y corrió hasta su cuarto.

De nuevo, una familia, en Málaga ciudad, bonito lugar sin duda. Hacía mucho tiempo que no vivía así, y había que aprovecharlo ahora que me había acostumbrado. Pero, ¿viviría allí, con Paula, mi nueva hermana pequeña, y con nuestros nuevos padres, hasta cuando, tres años más, o aún más, o menos,…? No lo sé, tenía muchas dudas que no quería afrontar. Tan solo, tenía ganas de vivir tranquilo, no tan solo.

- Vamos Andrés, vas a llegar tarde – me decía Irene desde la puerta, interrumpiendo mis pensamientos -, no es fácil afrontar tantos cambios a la vez, y menos si se llega tarde. Nueva escuela, nuevo curso, nuevos compañeros… Y esto no es el pueblo. Date prisa, ¿quieres?
- Enseguida mamá – le respondí, y empecé a preparar las cosas. Me hizo gracia como me lo había dicho, como si no lo supiera, como si fuera la primera vez, como si no estuviera ya acostumbrado,…
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noviembre 20, 2009

07 Pequeña evasión

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Calma, tranquilidad, y… el timbre de la alarma repicando como si estuviera en mi oído.

Todos empezamos a correr por los pasillos del orfanato. Se precipitan los pasos, los gritos y el estruendo de la campana, mientras los miedos y la incertidumbre corren más rápido que los niños, buscando la salida, como locos. No sabemos de qué se trata, pero el sonido es suficiente escusa para salir al patio, y preguntar después.

Quizás sea por mi naturaleza, o porque el poco miedo que habitaba en mi interior murió hace mucho tiempo ya, pero una pesada curiosidad me hacía arrastrar los pies. Me di la vuelta y corrí hasta una de las ventanas de la fachada trasera. David, aquel niño inquieto al que di un buen susto por su comportamiento, se agazapaba de árbol en árbol intentando alcanzar la salida: se estaba escapando.

Quien lo hubiera pensado, hace nada estaba viviendo una gran aventura con mis amigos de 12 años del orfanato, y ahora estoy viviendo una real yendo tras David y sus casi 16 años, ¿por qué?, no estoy seguro, pero Carlos y Raúl no me hubieran seguido como ayer, cuando buscábamos el tesoro escondido, obteniendo como recompensa una chocolatina de Margareta, la cocinera. No, esta aventura se separaba de los juegos a los que me había acostumbrado.

Quizás por eso corría todo lo que podía, porque estaba harto, algo que también le había pasado a David. Sabía, desde nuestro enfrentamiento, que terminaría escapándose, y llevaba unos días recorriendo los límites del San Claire. Era cuestión de tiempo. Supongo que no reflexionó sobre lo que le dije, y fue guardando su ira poco a poco, pasando los días en silencio y algo aislado del resto de niños.

Y allí iba: llegué justo para verle cerrar la puerta de golpe a sus espaldas con fuerza tal para hacerla rebotar y dejarla medio abierta. ¿Y ahora? Corrí hasta allí, pero me detuve antes de salir ¿y si huyera yo también? Podría aguantar otro año en la tranquilidad de aquellas paredes. ¿Y si…?

Entre mis pensamientos vi a David colarse en una de las casas de la calle. Entendí entonces que su intención no era huir, de momento, ya que podrían pillarle con más facilidad. Había planeado aquello muy bien: se escondería en una casa hasta que pasara el revuelo… Es más listo de lo que pensaba. Tengo que hablar con él.

Me metí sigiloso en la misma casa y anduve por la estancia, buscando su escondite.

- Sigue sonando Manuel – salía una voz del dormitorio – enciende la radio a ver si dicen de qué se trata. – Una figura se acercaba al salón, donde me encontraba, así que me escondí rápidamente debajo de la mesa.

- Es la alarma del edificio de al lado mujer – respondía el hombre desde el salón – ¿no oyes que es aquí al lado? –

- ¡Me da igual! Enciéndela que no quiero oírlo y vuelve a la cama, ¿por qué estás tardando tanto? –

- Ya va, ya va –.

Aquel hombre torpe, lento y de vieja voz encendió la radio, desde la que sonaba una música alegre con un volumen demasiado alto, y volvió al dormitorio. David lo había pensado mejor de lo que creía: se había escondido en la casa de unos viejos, solos y medio sordos.

Le encontré debajo del sofá. Al verme no supo reaccionar: Le agarré de los pies y empecé a tirar de él, hasta sacarlo fuera. Pero había crecido, era mucho más fuerte ahora, y mis pequeños brazos no daban para mucho más, por lo que consiguió darse la vuelta y golpearme. Cuando se dispuso a repetir el golpe tiré con el pie de la silla hacia mí y la coloqué de forma que, al movimiento rápido del niño hacia abajo, quedase enganchado con la forma decorativa del respaldo, y le hice girar hasta que tocara el suelo, dejándolo tumbado, indefenso y atrapado... Justo donde quería.

- ¡Suéltame o te mato! ¡Suéltame o te mato! – repetía.

- Estas han sido las noticias nacionales – sonaba fuerte desde la radio, silenciando nuestro encuentro – en cuanto a los sucesos internacionales…-

- “Shh”, no grites que te van a descubrir – le dije con ironía, sin soltarle - ¿Por qué huyes? ¿No eres feliz en tu hogar? -

- …y su presidente del gobierno… -

- Ese no es mi hogar, ¡suéltame o te mato! –

- …ha anunciado reformas… -

- Si, si, eso ya me lo has dicho. Pero te estás equivocando, ¿qué vas a hacer fuera, en la calle, solo? ¿Has pensado también en eso o solo en tu pequeña evasión? -

- …la preocupación en toda la comunidad… -

- ¿Y por qué no te vas tú con tu familia?, es a ti a quien quieren más, no a mí. Solo eres tú. Te odio. ¡Te odio!

- …nueva marea tras el naufragio… -

- Escúchame imbécil, que te quede bien claro… - pero me detuve, al escuchar la radio.

- …”Tanio” en las costas de Bretaña. Los vecinos… -

Me quedé pensativo, y David totalmente paralizado, sin saber qué me pasaba. Por la mente se me cruzaron mil recuerdos, mil pensamientos, mil imágenes. – “Bretaña…” -. Tenía que volver al orfanato, al menos un año más. Entendí entonces que me había acostumbrado a vivir tranquilo.

- David – le dije, más calmado – busca una familia, o un grupo de amigos, o un sitio en el que te acojan y te quieran. Pero no estés solo, no te ayudas en nada – me levanté y me dirigí a la ventana, para volver al San Claire.

- Eso es, vuelve con tu estúpida familia – me dijo asustado aún, sin atreverse a levantarse. Y siguió amenazante: – pero ve deprisa, no vaya a pillarles el fuego… –

- ¿Qué fuego? -
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noviembre 13, 2009

06 Noches, leches...

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Camino, solo camino, y a los lados, el bosque, lleno de árboles y frío, más frío del que estaba acostumbrado a soportar. Y lleno también de animales, podía oírlos como despertaban los nocturnos dispuestos a una nueva jornada.

Y yo, camino, solo camino, aferrado a las dos botellas de leche que Madre me había mandado comprar hacía ya un buen rato. Y dejando atrás al hermano mayor. Si yo me había entretenido en el pueblo más de lo que debiera, él lo estaba doblando. Seguro que le castigaría bien, sobre todo por dejarme solo de vuelta hasta la casa.

Pero no sentía miedo. Estaba acostumbrado a recorrer aquellos parajes y conocía bien los posibles peligros. Las sombras de los árboles dibujadas con la escasa luz de la luna sobre el pedregal sugerían extrañas figuras que, al movimiento del aire, luchaban como depredadores. Y, si te apartabas de ese hipnotizador movimiento, caías en los murmullos, los susurros y los crujidos del profundo silencio de la noche, del bosque. Pero todo era escuchar… Bastaba concentrarse en estos para determinar su procedencia, y una vez detectada acudías a su gemelo menos aterrador: todo rincón del bosque a oscuras correspondía al mismo rincón del bosque, de día, cuando no resultaba amenazante.

“Adelante enanín, camina más deprisa, que te estás asustando” me estaría diciendo ahora, si fuese a mi lado en vez de haberse quedado en el pueblo, tonteando con las chicas de su escuela. Me quería y me protegía, siempre que consideraba que “estaba libre de atender otros asuntos”, y aumentaba su ego cuando me contaba historias y proyectos, y se hacía el valiente conmigo. Cuándo caminábamos de noche, como estaba haciendo, se inventaba canciones absurdas con los elementos que iba viendo, para que me sintiera mejor. Decía que así se espantaban los miedos y las preocupaciones. Y yo me reía. Me lo imaginaba allí conmigo gritando “noches-leches, leches-noches…” con una melodía tonta y dando vueltas alrededor hasta llegar a la casa.

Era curioso, con solo imaginarlo ya me entraba la risa, y empecé a reírme solo, como un tonto. Hasta tal punto llegó mi estupidez que, despistado con las carcajadas tropecé con un pedrusco, y al trastabillar, se me cayó una de las botellas de leche. El blanco puro que podía verse a la luz pasó a un negro puro en la oscuridad, al mezclarse con la tierra del suelo. Dejé de reírme. En ese momento si que estaba asustado, pero de lo que me dirían en casa. Seguí andando con el paso más ligero, pero encogido, por miedo a perder la otra botella. Mientras caminaba, con mil pensamientos en la cabeza, empecé a cantar con una voz suave y entrecortada:

- “Noites-leites, leites-noites…” -.
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noviembre 06, 2009

05 Demasiado tiempo para la felicidad

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A veces pienso en los mejores momentos de mi vida y reconozco que, aunque por aquel entonces no me diese cuenta o me lo tomase como un encierro, mi tiempo en el San Claire fue realmente tranquilo, y debería estar agradecido. Los días pasaron como tenían que pasar, sin incidentes, todo dentro de la rutina que se exigía. Y yo, adaptado ya a esta, conseguí no romperla, y portarme como uno más, sin problemas.

- ¿Qué haces Paula? –.

- Me he despertado porque tengo mucha hambre – me respondió la niña, sabiendo ya lo que pasaría después.

- Toma, pero que no te oiga nadie -. Le dije, dándole unas galletas.

Entenderás que no todo podía ser portarse bien, también tenía que hacer mis pequeñas incursiones a la cocina, entre otras… Y en cuanto a la niña, era una pequeña de cinco años que se había encariñado conmigo. Le ayudaba en muchas cosas, quizás porque me sentía identificado con ella, no lo sé.

- Gracias hermano -.

Me daba pena. Me llamaba así porque no tenía a nadie más y me decía una y otra vez que cuando encontrase un hogar, viviría conmigo, porque ella iba a necesitar a un hermano mayor.

- La profesora Elena me ha dicho que cuando me encuentren una familia voy a ser muy feliz – me comentó una vez - ¿estás feliz? -.

- Se dice “eres feliz” o “estas contento”, y la respuesta es sí – le mentí – termina lo que te han mandado – y no porque no estuviese bien en aquel sitio, sino porque con el tiempo había llegado a la conclusión de que nunca sería feliz en mi vida. En realidad, me equivocaba, pero allí, con tanto tiempo libre, tanto tiempo muerto, ¿cómo se puede ser feliz? No lo entendía.

- ¡Mira qué libro Andrés! ¿Me ayudas a leerlo? –

Me pidió una tarde, mientras yo terminaba deberes. – Espérate a que acabe, ve empezando tú -.

Al menos se entretenía con cualquier cosa. Yo también había conseguido algo de entretenimiento, así no estaba todo el rato jugando con Raúl y Carlos, me cansaba muy rápido. Elena me estaba enseñando a tocar el piano. Bueno, como sabes yo ya tocaba el piano, pero fingía que no sabía. Así me distraía y practicaba. Quizás no me sentía feliz, pero conseguía estar alegre en más de una ocasión. No estaba mal, después de todo.

- “Es un cerdo ganador…” – decía leyendo mal la niña detrás de mí – “mi cerdo no ha hecho trampas…” -.

Yo me volví de golpe - ¿Cómo has dicho Paula? ¿Qué acabas de leer? -.

- Es del libro, mira – contestó enseñándomelo- ¿Ves? Este es el cerdo, y este es el granjero, su dueño. Se llama José.

Me calmé al comprobar que se refería al libro. No sé por qué me había alterado tanto.
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octubre 31, 2009

04 Tres años más

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Aquella tarde fue larga… Decidí esperar a ver qué pasaba, no precipitarme antes de salir corriendo. Si empezaba a hacer las cosas bien quizás tuviera una segunda oportunidad. Si empezaba de nuevo podría continuar con todo.

Entré en el despacho del director y me senté. No era la primera vez que entraba, de día quiero decir. Allí estaba junto a dos profesores más, con los que tuve el enfrentamiento, y con el director. Los tres estaban entre nerviosos y rígidos. Lógicamente, habían hablado de este momento durante todo el día.
Pero yo me hacía el despistado, intentando no fijarme en los tics que les descubría, y observaba la habitación, muy diferente a la de “el loco”. Todo estaba desordenado, más de lo que recordaba de la anterior noche. El director estaba teniendo mucho trabajo y, a la vez, mucha confusión con los nuevos cambios a nivel organizativo, administrativo, político,… Ni siquiera sabía si seguiría mucho tiempo en su puesto.

- Andrés, ¿entiendes lo que está pasando, y lo que pasará si no cambias tu actitud? – empezó el director. Me relajé, si me hubiesen llamado por mi visita nocturna al despacho, hubiera empezado por eso. Creo que dejaré la llave por aquí antes de irme, para cerrar la historia…

- Señor Director, no es solo su actitud, son sus formas… Me deja en ridículo delante de los demás niños… -

- Entiendo. Muchas gracias caballeros – dijo el Director, y los dos profesores, que habían permanecido de pie, salieron del despacho. Supongo que esperaba, por lo que le habrían contado, que yo empezara a gritar y a echar espuma por la boca. Don Luis era bueno, pero no en el sentido que dirían mis compañeros, sino como director: sabía hacer bien las cosas.

- Y bien, ¿qué dices a todo esto? –

- Que usted tiene razón, también Don Miguel y que, aunque a veces me desespere un poco en clase, debo mantener el orden y portarme bien –

- Se que aprendes muy rápido y que te estás haciendo mayor – continuó él – pero contra más aprendas, más responsable eres de lo que hagas porque más consciente serás de sus consecuencias. – Vaya, no me esperaba esto. Parece que los cambios que se estaban produciendo le estaban haciendo reflexionar bastante. Y, aunque no era la primera vez que oía lo que me dijo, se me quedó especialmente grabado, nuevamente.

- Gracias Señor, así lo haré – le dije mientras salía del despacho, después de un rato más de regaños, consejos y revisión de notas y expediente (con grata sorpresa incluida, al ver todo lo “manipulado” antes, lógicamente).

Quizás no estuviera tan mal allí. Por lo menos había encontrado una rutina y, si empezaba a ejercitarla con un buen comportamiento, seguro que podría vivir tranquilo, sin problemas, al menos durante tres años más. Luego, ya vería… Todavía queda mucha vida para decidir.
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octubre 24, 2009

03 Como si fuéramos adultos

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Antes de darme cuenta ya me había llamado Miguel para ir a su despacho. Debí distraerme, tendría que haber sido más cuidadoso, pero cuando no pienso con claridad tiendo a ser un poco insoportable. Esto fue antes de mi pequeño asalto al despacho del director. Y allí estábamos, conversando como si fuéramos dos personas adultas:

- ¿Crees que has hecho algo mal, Andrés? -

- No – respondí “al loco”. Era así como le llamábamos, pero no porque lo estuviera, sino porque los niños creían que si hablabas tres veces con él, te llevaban al manicomio.

- Bueno, quizás no sientas que hayas hecho algo malo. ¿Te aburres en clase? -

- No -.

- ¿Y qué tal te lo pasas con tus amigos? ¿Te diviertes? -

- Si, mucho. Estábamos jugando “al hoyo”. La tía de Raúl le ha regalado una bolsa de canicas -.

- ¿Te sientes solo? -.

- Si -.

- Y por eso te sientes culpable -.

Sinceramente, estuve un rato pensando la pregunta para no contestar lo primero que me venía a la cabeza. Intenté centrarme otra vez en la conversación…

- ¿Culpable de qué? -

- Bueno, de que te abandonasen tus padres… -

- ¿Por qué piensa que mis padres me abandonaron?

- Es evidente, por eso estás aquí.

- ¿Conoce usted a mis padres?

- No – se incomodó -, lo siento, ellos… No los llegamos a conocer -.

- Entonces, ¿cómo está tan seguro de que me abandonaron? Podrían haber muerto, ¿no? -

Hubo un momento de silencio. Yo empecé a recorrer con la vista todo el despacho, observando los detalles que decían a favor de su apodo, valorando cual lo hacía más. Mientras, Miguel buscaba como arrancar de nuevo.

- Entonces, ¿crees que te has comportado bien últimamente? –

- Si -.

- ¿Y qué hay de las contestaciones a los dos profesores? -

- ¿Es comportarse mal decir evidencias? -

- ¿Sabes lo que significa “evidencia”, lo que es una “evidencia”?... -

- Sé que para usted es una evidencia que yo esté aquí, que este sea mi hogar, que tenga diez años y que me porto mal en clase -.

- Bueno, se empieza por reconocerlo – me dijo anotando cosas en su cuaderno. Creo que no entendió la ironía con la que le contesté. – Pero no te preocupes, seguro que con el tiempo empiezas a entender que todo esto lo hacemos por tu bien. – Parecía que estaba concluyendo. Debería haber terminado ahí, antes de que metiera la pata. - Y no quiero que te sientas culpable, sino que entiendas qué es “portarse mal”. Recuerda siempre que lo importante es la cantidad: contra menos cosas hagas mejor será tu comportamiento… -

- No Miguel, te equivocas, lo tienes apuntado ahí en mi ficha, tengo más de siete años. Lo que importa en la responsabilidad no es la cantidad, sino la intención del culpable… ¿crees que mejorará mi comportamiento contra mejor suene lo que te inventes? -
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octubre 16, 2009

02 Un buen comportamiento

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No digo que no lo vuelva a hacer, o que me arrepienta. Pero teniendo tanto tiempo libre,... Los días no iban mal en el orfanato de San Claire. David estuvo más calmado desde que “hablé” con él. De hecho, apenas hablaba desde entonces. Tiempo después pude comprobar que lo hice mal. Pero tampoco lo cambiaría.

Los profesores no sabían enseñar, a veces, ni siquiera sabían dónde esconderse.

- Se ha equivocado, vuelva a empezar.

- ¿Está seguro que la cuenta no es 10.442?

- Segurísimo Andrés, vuelva a empezar o saldrá otro compañero al encerado.

- ¿Y si quita el dedo de las dos primeras cifras del resultado de la calculadora que sujeta junto a su muslo, estaría entonces seguro que la cuenta si es 10.442? – Y enmudeció.

Y yo, bueno, no me portaba demasiado bien. Sabía cómo debía comportarme, pero a veces era tan tentador no hacerlo… Y si daba la nota delante de la persona equivocada, también sabía que me costaría más salir de allí, es decir, de manera legal. Pero lo hice, delante de Miguel, el psicólogo.

Le dio un informe al director. Decidí entonces hacer una visita nocturna a mí expediente: le robé las llaves, entré en el despacho por la noche, cambié algunas cosas de mi expediente, cogí los objetos confiscados que me interesaron y, no sé por qué, pero vi oportuno no “devolver” las llaves, quizás necesitara algo otro día. De todas formas sabía que en el momento en que me pillasen por aquello no quedaría más opción que golpear fuerte, salir corriendo y no mirar atrás.

- Andrés – me llamó el director con una regla en la mano, y acompañado de dos profesores más – entra un momento – me invitó a su despacho.

Allá vamos… – pensé.
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