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junio 03, 2011

20 Un bon somni

Formaba parte de la estampa: con nueve años, ropas marineras le decían (pero no tenía otra cosa), sentado en el murete, con las piernas hacia el puerto, esperando a que alguno de los pescadores me diese alguna clases de trabajo. Barcelona me permitía mucha movilidad, lo que suponía también más problemas. Pero sabía zafarme.

No lo recuerdo bien pero, mirando la foto, después de todo lo pasado, recuerdo aquella niña de quizás siete años que cargaba con más cestas de lo que sus cortos brazos abarcaban.

- Gràcies -.

- De res, petita -.

- ¿Eres pescador? -.

- Se puede decir que sí. Aunque no solo pesco peces -.

- Qué raro eres -. Y me sonrió.

Recuerdo lo extraña que era ella también. Le brillaban los ojos, y aparentaba más edad al hablar.

- ¿Qué edad tienes? –

- A una chica no se le pregunta por su edad -.

- Eso es a las mayores -.

- ¿Tan pequeña crees que soy como para decirte mi edad? –

- No tanto, si no, no hubieras podido con tantas cestas -.

Y ambos reímos.

La busqué más veces sin éxito, porque quería saber más de ella, y porque algo me decía que la volvería a encontrar. Pero el cambio de ciudad hizo que me olvidara, como un buen sueño que olvidamos porque, ya cumplió su propósito.

- ¿Cómo te llamas? – le pregunté antes de perderla de vista.

- Laura -.

mayo 20, 2011

18 El último salto

Corrí como un perro, más que con la lengua, con el corazón colgado fuera. Temía a mis sospechas, temía a Fael, y quería detenerle antes de que cometiese lo que no quería ni pensar.

Corría sin parar. No sé cómo lo haría él, pero sabía que llegaría antes que yo. En la carrera, casi choqué contra un carrito de bebé que salía de un edificio con un niño y un matrimonio. Y cuando ya me alejaba de aquella zona, llegué hasta el viejo faro.

La puerta estaba abierta, pero no había signos de violencia, ni otro cuerpo en el suelo. Sobre el sofá verde se apoyaba en equilibrio un paraguas naranja.

- Laura – dije más hacia dentro que hacia fuera.

Sabía que había estado allí, y sabía que ya no estaba.

Corrí de nuevo buscando un rastro, otra zona a la que podría haber huido. – No hay otro cuerpo – me repetía.

Todo parecía desierto, sin vida, sin movimiento, sin olor y sin recuerdos. Soplaba un viento fino, frío, que mecía los árboles del pequeño cementerio a las afueras. Si había escapado al faro, por cercanía, aquel era el sitio. Y no estaba equivocado.

Laura me miraba desde un pasillo de tierra, entre las tumbas, asustada y triste, con ojos llorosos, con un brillo raro en ellos.

- Laura – le dije acercándome, mientras aminoraba la marcha, aún con miedo -.

- Andrés, te quiero tanto… - respondió casi sin moverse.

- Yo también te quiero -.

Y al instante, Laura se desplomó en el suelo. Le había hablado entre lágrimas, porque entendí cierta ironía en su voz, e interpreté el brillo de sus ojos. Fael saltó sobre una mujer que dejaba flores en una tumba, junto a su hija, en aquel solitario cementerio.

- No había solución, ya había saltado sobre ella, y a menos que me quisieras a mí como compañera… - me dijo en la lejanía, ante el asombro de la niña, que no entendía qué decía su madre. Yo le oía, pero no llegaba a entenderle, descompuesto sobre Laura, llorando ante su quietud -. Así es la vida, Andrés, un conjunto de saltos, a veces buenos, y otros mejores -.

Fael empezó a correr y se marchó, y la hija de la madre sobre la que había saltado rompió a llorar, paralizada, sin entender qué pasaba.

Yo seguía junto a Laura, sin poder dejar de contemplarla, de tocarle la cara, de desear que se moviera. Pero no lo hizo.

- Nunca me separaré de ti – le susurré -, te lo prometo -.

abril 29, 2011

16 Fuera del paraguas

Sabía en qué consistía mi vida, por eso no culpo a nadie. Quizás sí de las cosas que no controlaba, o las que me superaban, o las que desconocí al principio, no lo sé. Pero no hay nada que no tenga solución, ni camino que no se doblegue a tus pies.

Así se lo decía a Irene en la casa, convenciéndola de que no se preocupara por mí, sabiendo que algo intuía de mi naturaleza, sintiendo como buena madre, aunque adoptiva, que volaría del nido mucho antes de lo lógico y normal.

Y así convencía a Paula de que fuera fuerte, aunque ya lo era, y centrase sus fuerzas en aquellas metas que había empezado a proponerse en su temprana adolescencia.

- Si luchas, - le decía – sabrás hasta dónde eres capaz de llegar, y vencerás tus metas. Pero solo si luchas -.

Fuera de la casa el tiempo era turbio. Laura me esperaba con su paraguas naranja, y ambos caminábamos por las calles. Le hablé de Paula y de mi madre.

- Eres el mejor hermano e hijo del mundo – me decía -, pero no entiendo por qué lo dices tan triste, ¿por qué temes no estar ahí siempre? -

- Porque quizás no lo esté. No es algo en lo que tenga certeza -.

Las primeras gotas siguieron a una lluvia que hacía correr a toda la calle, que oscurecía lentamente. Laura abrió su paraguas mientras nos mojábamos un poco, y ambos nos refugiamos, pegándonos bajo su protección. Su pelo, algo mojado, enmarcaba unos ojos que parecían reflejar cada gota de lluvia que caía fuera del paraguas.

- No entiendo por qué dices eso. A veces eres muy pesimista en cuanto al futuro -.

Pero yo no la oía. Había quedado casi hipnotizado mirando sus ojos. Me uní más a ella y la besé, hasta que, entregada al beso, dejó caer un poco el paraguas, y empezamos a mojarnos de nuevo. Ambos sonreímos.

- Te prometo que, mientras la vida me deje, estaré siempre ahí donde tú estés -.

Como un círculo más, símbolo de la perfección, de lo continuo, de lo inmortal. Así era mi amor hacia Laura, inmortal, algo que vive por encima de lo que la vida pretende.

febrero 25, 2011

12 Nunca digas nunca hamás

Aquel día la llevé al faro, al pequeño edificio abandonado entre la última barriada y el pueblo, pegado al mar, en el que me había hecho todo un refugio limpiando y trasladando algunas cosas para hacerlo habitable, un escritorio, un sofá verde, la mitad de una nevera,…

No era tanto por alejarme, me sentía bien rodeado de personas. Pero como solitario, también a veces necesitaba un espacio solo para mí. Y ahora lo compartía, le enseñaba a Laura el modo secreto de entrar. Y accedíamos dentro. La preocupación que tenía por si era peligroso se esfumó cuando contempló las vistas.

Es curioso cómo cambia todo, te acostumbras a un modo de vida, incluso juras cosas que crees para siempre, y luego se desvanecen. Para mí era nueva etapa, después de tantísimos años sintiendo una necesidad conocida, pero no explorada. La dificultad que implicaba por mi apariencia y la abundancia de tiempo me habían llevado a concentrarme en otras cosas. Y como nueva, casi un mundo.

Si cada etapa es distinta, cada etapa es única de vivir intensamente, a su modo, y es importante entenderlo así. Y aunque haya que vivirla en su presente, sin anclarse en etapas pasadas, aprovechándolas al máximo, también hay que mantener parte de la chispa de otras ya vividas.

Y nosotros, nos besábamos como niños, en un perfecto giro sin atender a las olas, ni su sonido, ni las gaviotas. Descuidados pequeños que descubren por primera vez un nuevo amor que no quieren soltar.

Descuidados. Fael nos observaba, pero entonces no lo sabía.

febrero 04, 2011

09 Perfecto giro

- Un reloj, es perfecto, gira continuamente, siempre trazando el mismo círculo -.

- Sí que para. Es el tiempo el que no se detiene. Pero la máquina, en alguna vuelta tiene que detenerse -.

Tumbados en el sofá verde hablábamos, Laura y yo, de mil cosas, algunas sin importancia, y otras con la mayor del mundo para nosotros.

- ¿Entonces? –

- Te declaro mi… -

- No. Nada de declarar – reíamos -, es absurdo -.

- Tienes razón, declaramos también en la aduana. Es una palabra absurda.

Laura me sonreía, y se apretaba más contra mi, gesto propio de a quien no le basta el tacto de la piel, y busca sentir un mínimo de latidos.

- ¿Cómo lo dirías entonces? – le preguntaba.

- ¿Cómo dirías qué? Porque son muchas cosas las que podrías decir. Lo que pasa es que la gente suele reducirlo todo a contadas expresiones -.

Hacía algo de frío en el salón, pero no lo notaba, absorto en la conversación, en su cuerpo, en sus ojos.

- Que eres única, y tan especial que nunca hubiera imaginado que existías, y que ahora adoro el privilegio tan solo de observarte -.

- De esa manera, tal y como lo has dicho -.

Y volvimos a hacerlo. Nos envolvíamos y nos besábamos dejando caer la tarde, girando sin preocupación.

- Me encantaría detener el tiempo, pararme dentro de esta habitación, contigo -.

- Si viviéramos para siempre, no encontraría otro lugar mejor en el que estar -.

diciembre 17, 2010

06 Una estación entera

La heladería era otro de los lugares preferidos, nadie gastaba un verano sin pasar por ella, todos atraídos por un placer frío. No se veraneaba mucho por allí, ya que andar ocioso era bastante veraneo para la mayoría, lo que hacía más importante la vida en el barrio, los grupos que se formaban en torno a un kiosco, en la playa o pasando por la heladería.

Los dos estábamos sentados en la barra, tomando un helado. Yo, acostumbrado a analizar mi entorno, en otros días manía de supervivencia, notaba la escena como una orquesta repetitiva: cucharada, miradas, sonrisa, cucharada, el camarero que pasa, un grupo que vocifera, cucharada,… y entre medias la conversación.

- ¿Te gusta? –

- Qué -.

- Tú helado –.

- Sí -.

La orquesta se repetía, y ambos nos acomodamos en las banquetas. Estábamos muy pegados, apoyados en la barra, con los pies cruzados.

- ¿Por qué no me has llevado al cine? ¿No llevas allí a las chicas? –

- Ya las he visto todas -.

- Mentira. Eres un mentiroso -.

- La verdad es que prefiero este lugar, es más especial -.

- ¿Por qué? –

- No lo sé, es especial. Quizás por la luz… -

- O porque te gusta el helado -.

Me reí. Aquella situación era muy diferente, Laura me gustaba de verdad, mucho además, y sentía que a ella también le gustaba.

- Bueno… me gustas más tú, quizás eso lo haga especial -.

- Qué tontería. Y si no estuviera ¿no sería el mismo sitio? –

- No, preferiría otro lugar en el que sí estuvieras -.

- ¿Aunque te quedaras sin helados? –

- Aunque me quedara sin lo que sea -.

Y como suele pasar cuando algo lo hace único, todo quedó en silencio. Ya no había cucharadas, se derretían en sus vasos. Ya no había camarero, ni griterío, ni trasiego. Tan solo ella. Ya no había miradas, había cerrado los ojos, ni sonrisas, ocultas ahora por mis labios. La besé hasta que el frío de la boca por el helado se tornó cálido, y después, nuevamente frío, como si aquel momento en realidad hubiera durado toda una estación.

noviembre 26, 2010

03 Bajar a la tierra

Sabía que sería un buen momento, y no lo dudé, “la vida es valentía”, me repetían muchas veces en Bretaña. Laura intentaba coger todas las bolsas a la vez, me acerqué y me ofrecí a llevarlas por ella.

Se mostró agradecida, y también intrigada, pero caminamos por la calle en silencio un rato antes de que se atreviera a hablar.

- Qué raro eres – me dijo.

- ¿Por qué? –

- Eres el único que hubiera hecho eso -.

- ¿No puedo ayudarte? – le dije sonriendo. Nuestras miradas se cruzaron durante un rato.

- Mis amigas dicen que tienes que ser extraterrestre, que vienes de Marte -.

- No dicen eso, te lo has inventado -.

- Lo dicen. Será por tu estatura… -

- Solo soy un año menos que tú -.

- Aparentas menos -.

Me sentía derrotado. Parecía que no conseguiría nada, y me culpaba por ello. Tendría que haber sido mayor. ¿Por qué habré sido un niño durante tanto tiempo?

- Aunque, si tuvieras menos, no podrías llevar tantas bolsas – me dijo Laura tras pensar un rato, con una sonrisa -.

- ¿Piensas igual que tus amigas? –

- No siempre -.

El nuevo silencio se cruzó con nuevas miradas. Apenas sentía ya las bolsas cortando la circulación de mis cortas manos.

- Si fuera verdad sería el primer marciano que baja a la Tierra solo para ayudarte, ¿no crees? – le respondí, sintiendo un pequeño logro por dentro.
               

noviembre 12, 2010

01 Intenciones

Junto a la pared de ladrillos me apoyaba mientras observaba el ajetreo de la ciudad. A mi derecha había una gran plaza, a las puertas del recinto del colegio donde estudiaba.

Justo cuando empezaba a aburrirme comenzó a salir de las puertas niños de todas las edades, y yo me puse la mochila.

Laura avanzaba con tres compañeras, hablando con la soltura e inteligencia que la definían, y sonriendo como si fuera la única que supiera hacerlo.

Nunca había tenido esa sensación de conocer a alguien de toda la vida, y a la vez no conocer a nadie igual. ¿Por qué me llamaba tanto la atención? Quería estar allí, quería estar donde ella, quería ser joven.

Yo la miraba absorto, repasando una y otra vez mil estrategias para conseguir algo, e imaginándome una por una su resultado, que siempre era el mismo. Pero, aunque ya había hablado con ella, aún no me había acercado lo suficiente para ese resultado. Y mi obsesión crecía.

Laura cruzó, y vi como la seguía con la vista un hombre alto, de unos cuarenta años, de tez oscura y muy bien vestido. Me quedé fijo a él y a su mirada penetrante que parecía estudiar a la niña. No me gustó que no fuera yo el único que la observaba. Aunque pensaba que sería solo una casualidad.

Cuando notó mi presencia se giró y se perdió por una de las calles. Laura y sus compañeras se alejaban también, dejándome atrás. Y yo, me puse en marcha para darle alcance.

marzo 05, 2010

18 Tenemos que hamar

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Llovía. Avanzaba por la calle con su paraguas naranja. Vi la oportunidad perfecta para hablar con ella y salté hasta su lado.

- ¿Qué haces? – me preguntó Laura con gran desprecio.

- Oye, que llueve, déjame protegerme -.

Pese al paraguas llevaba los hombros y el pelo ligeramente mojados. Era mayor que yo, ya me entiendes, y quizás eso fue lo que provocó el rechazo por su parte. Sin embargo yo… sabes que nunca te he mentido, que te cuento todo tal cual sucedió, por eso espero que me entiendas.

- ¿Por qué no llevas tu propio paraguas? –

- Yo no uso paraguas… -.

- No uses este tampoco –.

La niña cerró su paraguas y continuó caminando bajo la lluvia, con un paso más ligero, intentando dejarme atrás. Sorprendido, la seguí.

- Soy Andrés, del colegio. Tú eres Laura, ¿no? Encantado. Estoy en la clase de… -.

- Oye, perdona que no me quede hablando aquí contigo pero, me estoy mojando. Nos vemos en el cole -.

Volví a quedarme parado, viendo como se alejaba con paso acelerado.

Es parte de todos, lo necesitamos, somos cazadores. Al principio fue por diversión, me llamaba la atención, y me propuse conseguirla.

Tenía que estar con aquella niña.
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febrero 12, 2010

15 Manténganse vivos

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Para la mayoría de los humanos, mantenerse con vida significa respirar, fluir los pensamientos y la sangre. Pero ese es un concepto equivocado, porque vivir va mucho más allá de lo corporal. De todo, creo que fue lo más importante que aprendí aquellos años.

Había experimentado muchos placeres, y por lo vivido no se me escapaba nada que no supiera un adulto. Pero nunca había estado tan cerca, con tantas posibilidades, hasta entonces. La edad de mis compañeros respaldaba mucha de las diversiones que podía permitirme, aunque también usaba mi ganada posición para unirme a grupos de amigos mayores. Y también para unirme a chicas.

Conocía más que ninguno cómo funcionaba el proceso, y qué era lo que querían, por lo que no tuve ningún problema buscándome compañeras con las que salir. Sobre todo, las llevábamos al cine, era con lo que más nos entreteníamos. A mí me gustaba mucho, recuerdo muy bien una película que me enseñó mucho sobre esta reflexión, “Blade runner”, aunque tuve que verla solo. Con los demás difícilmente veíamos lo que yo quería, no se puede tener todo.

- ¿Por qué dices que es infantil? A mí me gusta – me decía una de las chicas con las que estaba de novios, - y sale mucho más que la del tren que dices -.

Pero como digo, no me importaba: si no me interesaba, más tiempo me pasaba besándola. Llegué incluso a repetir película con chicas diferentes. Me resultaba a veces hasta fácil embaucarlas, tanto como a mis compañeros, a los que les contaba mil historias. A veces bastaba con sacar un cigarrillo y fumarlo delante suya, y explicarle cómo se hacía. Pura ironía, los sé, pero no me daría cuenta hasta un tiempo más tarde.

¿Vivir? Vivir es experimentar, es construir, es luchar. La persona que físicamente permanece viva tumbada en el suelo no vive, está muerta. Y yo quería vivir, tenía muchas ganas de vivir en aquel tiempo, por eso procuraba hacerlo todo: leía mucho, las películas, oía canciones,… incluso escribía alguna cosa, pero con la vida que había llevado tampoco es que se me diera muy bien la quietud frente al papel.

Y probar placeres. Recuerdo una motocicleta con la que me encantaba pasearme. Yo no pude tener una, mis padres no quisieron, me veían muy pequeño aún. Pero conseguía que alguien me la prestara de vez en cuando. Fue con la moto cuando la vi por primera vez. Me fijé sin más al principio.

- ¿Quién es la morena de trenzas, la que habla con Jose? – pregunté al chico de un curso mayor que me la había prestado.

- Es Laura, de nuestra clase. ¿Te la presento? –

- No… Quizás más tarde -.
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