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febrero 17, 2012

13 Criaturas inmortales


Mirábamos el fuego convencidos de nuestra suerte, un fuego hipnótico que lo devoraba todo, también nuestra atención.

Eramos tan diferentes como iguales, un perfecto antagonistas. Quizás por ello teníamos objetivos contrapuestos, lo que nos convertía en enemigos.

Pero en el fondo nos apreciábamos, y hubiéramos deseado encontrarnos en otras circunstancias. Quizás, no sé, era por el hecho de ser del mismo círculo los dos; es lo que tiene la soledad, que une a muchos.

- ¿Y bien? -

- Tan solo nos queda luchar -.

Como líderes de cada ejército nos enfrentábamos para frenar una batalla, aunque la guerra continuaría, un episodio de hace años ya, que no conocísteis los mortales, que enfrentaba dos bandos: el que no quería intervenir, y el que buscaba someter al mundo a un gobierno de inmortales.

Pero tanto Zael como yo dudábamos del bando que habíamos escogido (casi por casualidad), debido con gran seguridad a que en el fondo, no queríamos participar, y en la guerra, las dudas, no son aliadas.

- Es curioso, tenemos practicamente los mismos años -.

- Y nos mantenemos en la misma edad -.

- Una buena edad, por cierto -.

- Con tres años menos estábamos mejor -.

- Eso decimos siempre, y aún así seguimos creciendo -.

Comenzamos a prepararnos para enfrentarnos. Cerrábamos nuestras ropas largas, dejando accesibles los distintos filos. Y tensábamos los músculos.

- ¿Preparado? A las malas, nos vemos en años y años, con la guerra inacabada -.

- Y a las buenas, despertamos mañana, y todos se han olvidado -.

- En cualquier caso dormiremo, como seres insomnes cansados de tantas vueltas -.

- En cualquier caso dormiremos como todos: deseando, y a la vez molestos de ser despertados…. -.

febrero 10, 2012

12 Prueba de fuego

Enfrentarse al cambio, a lo nuevo, a lo desconocido, no es tan fácil, siempre y cuando preveas que puedes estar a la altura. Conocer si lo estás es lo realmente complicado.

Comenzamos la tarea rodeados de unas tres mil personas: ya en ese momento supimos que no sería fácil. Brouwkoe daba un mitin en el polideportivo de una ciudad pequeña, aclamado, arropado por todos.

- ¡Arrasaremos con los que invaden nuestro camino! - arengaba bajo la ovación.

Cuando nos vio por los pasillos, mandó a sus guardas dispararnos. Pero ya estábamos suficientemente cerca como para deslizarnos mientras desenfundaban, y asestarles una estocada.

Paul cogió la pistola y disparó a Brouwkoe, que corría hacia la habitación. Cayó al suelo, pero se levantó y siguió corriendo. Así no le detendríamos y lo sabíamos.

Nos dividimos. Paul entró en la habitación y le buscó: estaba escondido bajo la cama. Le retuvo en esta, mientras se regeneraba de las heridas. Yo corrí de vuelta al polideportivo. Tenía que echar a toda esa gente.

Los inmortales como Brouwkoe lo eran, y se regeneraban, más conforme más gente les rodeaba. Y ahí residía su fuerza, y su interés.

Lo mejor que pude idear en aquel momento fue originar un fuego en los baños, y hacer sonar la alarma. Todos se alejaban despavoridos de allí, haciendo vulnerable a Brouwkoe. Pero faltaban los de su gabinete, y sus otros guardas, que no se irían sin rescatarle.

Para ello me coloqué en un punto estratégico por el que subir a su habitación, y les fui deteniendo a golpes de cuchillo según se acercaban. El fuego y la sangre crecían a mi alrededor, pero no tenía tiempo para pararme a reflexionar, para plantear si hacía lo correcto: había que detener a Brouwkoe, y esa era la única forma.

Cuando el político empezó a debilitarse, Paul corrió hacia mi posición, quitándome de en medio a dos que me habían acorralado a disparos, y nos alejamos de allí, matando a los que continuaban entrando para buscar y rescatar a su amado líder, aunque fueran inocentes.

febrero 04, 2012

11 Llenas palabras vacías


Peor que un inmortal más viejo que tú es una más joven, recien descubierta su naturaleza. Detuvimos a muchos, de los que trataban de imponer su pequeño o gran imperio. Pero sin duda aquel político fue el peor de todos.

- No huyan, no se marchen, no se escondan. No es tiempo de desaparecer, sino de iluminar. Cada uno porta una llama única, y hasta ahora nos habían pedido que nos quedáramos en nuestro espacio, iluminando nuestra zona. Yo os digo que salgáis, que os unáis a mi, que luchéis por la verdad, que juntéisf vuestras llamas para que entre todos iluminemos el mundo -.

La gente aplaudía enloquecida. Aquel hombre de mediana edad, buena presencia y mejor oratoria les decía lo que querían oír tras tiempos de miseria: que se unieran para crear una sociedad más comprometida unos con otros y con el estado, pero también más sumisa por este.

- Te siguen porque les sacas de la nada, pero les conduces al vacío – le respondí cuando hablábamos en su despacho.

Sus dos guardaespaldas nos miraban desconfiantes. Paul y yo habíamos conseguido que nos citara en su despacho, con pretextos políticos. Pero fue tan solo para conocerle un poco más, no pretendíamos nada más.

- El vacío es espacioso, Señor Heredia. Los que quieren vivir en el todo terminan echando gente fuera. Mi propósito de unión engloba a todos, a usted también si quiere. Intento devolver grandeza a esta sociedad, si todos colaboramos…

- No sé por qué diría que es la unión la causa de su, y solo su grandeza, señor Broukoe -.

En ese momento se dio cuenta de que sabíamos de su naturaleza. Él no sabía leer la nuestra en los ojos, era muy joven aún. Aquello le asustó, y nos despidió. Pero ya teníamos lo que buscábamos, tan solo faltaba trazar el plan.

enero 27, 2012

10 Goliat


Antes de David fue Goliat. Cuando llegué a San Claire de la montaña, con mi apariencia de niño de diez años, tuve que adaptarme. Pero al principio, David no era el problema, sino un chico mayor, gordo, al que le decían Goliat.

Comenzó como un juego gritarle Goliat y que te persiguiera, pero con el aumento de fuerza del niño, y de crudeza del juego, pasaba de ser divertido a preocupante. Más que a nadie a mi, que ni estaba para juegos, ni quería llamar la atención intentando “calmarle”.

Necesitaba de la tranquilidad encerrada en aquelas cuatro paredes, al menos por tres años. Aburrido entre tanto niño, sí, pero sin tener que huir.

Un día Goliat comenzó a seguirme. Corrí lo que pude, y me agaché tras un parapeto del patio. Él pasó de largo creyendo que estaba a punto de cogerme. Y yo, comencé a seguirle.

Desde entonces ese fue nuestro juego durante los tiempos libre: él me buscaba, enfadado por no encontrarme, y yo le seguía, anotándome mentalmente el recorrido que repetía para darme caza.

Cuando lo tuve claro, robé su mochila del cuarto antes de la carrera. Le di esquinazo, y comencé a seguirle sin que me viese, como las otras veces. Mientras corríamos, yo iba llenando su mochila con objetos que iba encontrando, en las clases, los pasillos,… Y cuando estaba llegando al despacho entreabierto del director, reduje la distancia y le tiré la mochila abierta a la cabeza, con fuerza suficiente como para que golpease también la puerta. Y me escondí.

Cuando el director salió a ver qué había pasado encontró a un chico que parecía haberse resbalado por correr en los pasillos, y que guardaba en su mochila objetos personales de todo el San Claire.

enero 20, 2012

09 Es hora de crecer


Agachados tras los contendedores del callejón les observábamos actuar. En fila, como patos, introducían a un grupo de niños muy pequeños en el edificio, un local que abría por las noches y les servía de refugio.

- No es un afotaleza como ellos creen – me decía Paul -, no es impenetrable -.

Paul se pasaba los días sin comer, sin “consumir nada”. Y al igual que yo se mostraba joven, fuerte, con ganas de entrar en acción.

- ¿Dónde les retienen? -

- En una de las habitaciones. En la primera fase mantienen a los niños allí encerrados durante días, sin comida, para que no crezcan, y se vayan adoctrinando. Pero no todos son inmortales de mi círculo, no aciertan al cien por cien en la selección. Y les da igual.

Tenía razón: cuando entré encontré un panorama dantesco, con cadáveres pequeños arrinconados bajo la asustada mirada del resto de los niños.

- En la segunda fase salen acompañando a uno de los mayores, que les dominan y continuan adoctrinando mediante amenazas -.

- ¿Y el líder? – le pregunté.

- No se deja ver, actúa siempre a través de sus generales. Cuando entremos, si no falla nada, debería estar en el despacho de abajo, que usa como dormitorio, en el otro extremo de la planta -.

Nos preparamos para entrar, y comenzó la acción. Paul pasó por la puerta principal, fingiendo ser un adepto, y su misión era abrirse paso hasta el líder, y matarlo.

Unos minutos antes entré yo por una de las ventanas del último piso, y debía liberar a los niños encerrados, a los que les daba chocolatinas para convencerles de que era de los buenos: todo un sacrilegio para aquella organización.

Me abría paso silencioso, cortando con un cuchillo las gargantas de la oposición con la que me encontraba. Si no “consumían”, regeneraban sus heridas. Por eso no podía fallar en cada golpe: debían ser heridas mortales.

Los niños me seguían tras rescatarles por los pasillos hacia la planta inferior, donde yacían los cuerpos de los que intentaron frenar a Paul. Pero presentí por el silencio que algo no iba bien.

Dejé allí a los niños y me deslicé con rapidez hasta el despacho, una amplia habitación con muebles barrocos, una gran cama separando la estancia, cuadros, estatuas,… como si fuera un palacio. Un niño hablaba con Paul en el centro. Ninguno de los dos me vio entrar y esconderme tras la cama.

- No lo haces porque reconoces que tenemos razón, ¡admítelo! – le gritaba el niño a Paul.

Paul estaba inmóbil. Yo salté sobre el niño con rapidez y le corté el cuello. Miraba como se desangraba mientras limpiaba el cuchillo.

- No pude hacerlo. No, no sabía que era un niño. No he podido -.

- No te confundas, Paul. Este ha vivido mucho más que tu y yo juntos, creeme -.
  

enero 13, 2012

08 No abusen


Paul y yo fuimos muy buenos amigos. Nos conocimos en Francia, tras la guerra. Muchos de nosotros querían tomar las riendas de los países que nos habían llevado a un nuevo desastre humano. Paul llegaría a influir notablemente en esta tarea.

Yo compartía con él ciertos aspectos de su lucha. El “no intervengas” se me había quedado inútil, sobre todo tras lo sucedido. Y, para agravar, habían surgido inmortales sedientos de dominio a los demás. Durante un tiempo, Paul y yo nos convertimos en el equilibrio de esa balanza, persiguiendo y eliminando a los que creíamos entrometidos.

En esa tarea nos conocimos precisamente. No pude quedarme quieto cuando descubrí aquella organización y lo que hacían. Por más vueltas que le daba, sabía que tenía que intervenir. Y entonces, él dio conmigo. Me descubrió mientras les observaba.

Él hacía lo mismo: preparaba el ataque para desmantelarlos, y tras las presentaciones, me convenció de que le ayudara. Tenía más interés que yo en hacer que aquellos seres desapareciesen para siempre, quizás porque eran de su mismo círculo.

Y, ¿sabes?, de todos con los que me he topado, eran los más extraños. Paul, como los de su círculo, como todos los de aquella organización, “crecían conforme consumían”, como decían ellos. Si no comían, ni se drogaban, ni tenían relaciones sexuales u otras experiencias placenteras, se mantenían con la misma edad, regenerando sus heridas.

Cuando nos conocimos ambos teníamos la misma apariencia de edad, alrededor de los veinte. Los de su círculo solían crecer hasta esa edad, en la que descubrían su naturaleza, y muchos de ellos como Paul se mantenían eternamente jóvenes, sin “consumir” experiencias, hasta que se cansaban de tener siempre la misma edad. En ese aspecto son idénticos a nosotros.

Pero la decisión, como en todo, dependía de cada uno. Había quien, sabiéndolo, optaba por una vida normal, una vida de mortal. Aquella asociación atentaba no solo contra el “no intervengas”, sino también contra ese deseo de libertad e individualidad: secuestraban a niños que creían de su círculo y los encerraban, para que no consumieran, para que se mantuvieran eternamente vivos.

Buscaban un ejército de inmortales adoctrinados, y lo hubieran logrado si nuestra intervención no hubiera sido al inicio de su macabro proyecto. Y, para ser sincero, disfruté aquellos años de justicieros, destruyendo a todo el que queríamos, interviniendo.

diciembre 15, 2011

07 Se presenta una guerra


No recorres solo un camino, salvo si lo haces solo. Y por largo que sea nunca superas en tamaño a la anchura, bifurcaciones y veredas anexas por las que puedes caminar junto a una comunidad. A veces pensaba que alargar mi vida era un suicidio, y recorría el mundo en una sola direccción, como un lobo solitario que no entiende de leyes.

Quería encontrar a Laura. Ese era mi propósito, el sentido de mi viaje. Recorrí gran parte del viejo mundo, concentrado unicamente en dónde dormir hoy, dónde hacerlo mañana.

Aún en mente, el propósito se disolvió, y me concentré en aprender más sobre nosotros, y sobre los lugares a los que llegaba. Antes de Fael, no había visto, de forma consciente, personas como yo. Y ahora me sorprendía como un niño ante cada nuevo encuentro.

- Terminará consumiéndote si no lo olvidas. – Me decía Miguel – Es muy difícil dar con alguien de ese círculo, Andrés, por no decir imposible -.

- Si no lo hubiera hecho ya una vez, no lo estaría intentando -.

Pero motivos, había otros: deseaba saber más. Sabía por qué ciudades se movía Miguel, viajé y él me encontró. Le pedí respuestas, y también nuevas preguntas, como aquella vez en la que le clavé su propio cuchillo.

- No conoces a Iref, ¿verdad? Vive en la capital. Él sabrá responderte mejor que yo -.

Se refería más bien a su colección de escritos. Después descubrí que lo que es hablar, hablaba muy poco.

- ¿Dónde puedo encontrarle? -

- Más bien, cómo. Te indicaré cómo hacerlo -.

A nuestro alrededor había estallado otra gran guerra, lo que me dificultaría las cosas. Pero esta vez permanecería totalmente al margen, como si no existiese. Y todos los círculos con los que me crucé tenían ese mismo pensamiento: ya tenemos nuestros propios problemas, y guerras.

En la ciudad tuve que esforzarme para encontrar a un ser que se movía a cámara lenta, alrededor de una población fugaz, que se preparaba para morir.

- Este es mi viaje, Miguel, aunque acabe en el borde del mundo. Siempre será mejor que sentarme sin más, esperando a que el borde del mundo venga a mi -.

diciembre 09, 2011

06 Giran las ciudades


La ciudad se presentaba vertiginosa, una inmensa marea de quehaceres, una explanada en la que solo se detenía la fugacidad. Nunca me gustaron las grandes ciudades, donde la libertad la ponen en duda los mismos que la nombran, donde los hombres olvidan sus motivos.

Además, para nosotros era más difícil pasar desapercibido. Bueno, no para todos. Algunos la tomaban como su propia jungla, y hacían de estas su escondite perfecto. Los del sétimo círculo, por ejemplo.

Iréf pasaba totalmente desapercibido. Yo tardé en encontrarle, y lo perdía de vista si no le prestaba toda mi atención. Era como un camaleón (así le llamábamos) moviéndose entre el bullício y las prisas de la masa, lento, lentísimo, como un caracol.

Viví un tiempo con él, en su casa, aprendiendo de lo que había almacenado tras tantos años de existencia, y ayudándole en muchas tareas que, aunque no lo necesitase, me empeñaba en realizar, creo que por que me daba pena. Iref no renacía como yo, era extremadamente longevo, y por una sencilla razón: todo su ser, su metabolismo, su cuerpo, se movían extremadamente lento.

Y lo que podía parecer una desventaja era en realidad un método sorprendente de supervivencia: nadie se fijaba en él. Si mirabas a un grupo de personas, en una fiesta, en la calle, si no sabías exactamente dónde estaba, si no te concentrabas en su figura, no llegabas a verle. Los ojos, acostumbrados a otro ritmo, bailaban de persona en persona sin prestarle atención y por lo tanto, sin dar con él. Incluso cuando pasaba a tu lado por un pasillo, en las escaleras, tenías la sensación de una sombra que te mira inmóbil, pero si no le dabas importancia, no llegabas a verle.

Era una sensación extraña, un concepto curioso que, aunque ventajoso, cualquiera apostaría como condena, en mitad de un mundo en constante movimiento, una condena que te incapacitaba para todo, durante años y años.

Sin embargo él no tenía esa sensación, ni ese pensamiento. Para él no era una condena, era lo normal. Vivía a su ritmo como cualquiera de nosotros, sin problemas, y ocupado en su tarea personal de recopilar, despacio, poco a poco, información sobre nuestro mundo, el mismo que le daba la espalda al girar. Pero para él, igualmente giraba.

diciembre 02, 2011

05 Una familia cualquiera


Amalio se movía alrededor de la mesa discutiendo sobre el tema. Entre aspavientos y gritos a Irene se sentaba en la silla, y cogía enfadado los cubiertos. Cenábamos ya sin ganas por culpa del tema surgido.

La pobre Paula, por aquel entonces tenía unos seis años, miraba fija la mesa, sin saber qué hacer. No hacía mucho que nos habían adoptado, no estaba acostumbrada a las broncas familiares, y a su edad ni si quiera a las de clase.

Yo escuchaba aburrido los problemas que exponían los dos adultos, intentando comer entre las réplicas, pensando en lo complicado que hacen los mortales las cosas, retorciendo una y otra vez las soluciones, en vez de aplicarlas sin más.

- Yo te acompaño – se me escapó, cansado.

- No es tan fácil, Andrés. No te preocupes, solo estamos solucionandolo… -.

- No, estáis discutiendo, no lo estáis solucionando. Tú mismo lo has dicho hace un rato: “mejor sería que me acompañasen los niños”. Así lo solucionas todo: Paula se va con Inés al pueblo, y yo viajo contigo al congreso. Al menos salvamos un billete, ya que te preocupa, ¿no crees? -

Ninguno de los dos adultos decían nada. Me observaban extrañados, reflexivos, y miraban la mesa, reconociendo la razón que no me faltaba.

- ¿Con quién le dejarías en el congreso? No puede quedarse allí solo -.

- No, no puede ser. Aunque te quedases por allí sin molestar me lo reprocharían luego por la edad que tienes -.

- Pues no les digas mi edad – le respondí tranquilo, mientras retomaba mi comida –. Ellos no la saben, ¿verdad? Diles que tengo, por ejemplo, tres años más, y que estoy interesado en seguir tus pasos. Seguro que les encanta la idea y al final, me tendrán entretenido explicándome cosas aburridas sobre sus trabajos -.

Tenía razón, y lo sabían. Continuaron comiendo pensativos, mirándome de vez en cuando, y reconociendo con un cruce de miradas que estaba en lo cierto, aunque no supieran cómo, y que así, solucionaban su inútil problema. 

noviembre 25, 2011

04 Ecos y voces


- Podrías liderarles -.

- Ni siquiera quise salvarlos. Yo protejo este sitio, ese es mi único bando -.

Después de la escaramuza descansamos en el amplio salón de aquella fortaleza de piedra, inmensa, solitaria, derruida. Comíamos algo, él y yo, junto a una chimenea encendida, sentados en unos sillones muy viejos. El resto de personas que habían huído hacia el bosque reposaban lo vivido, repartidos en otra sala.

Aquel jóven vestía ropas largas verde oscuro. Me agradeció la ayuda en la batalla con aquella comida, y conversamos entre ecos como dos seres que se sabían distintos, mejores a los que dormían, y temían, en la otra sala.

- ¿Por qué no lo haces tú, ya que preguntas? -

Sabía que sería más listo que yo. Era del sexto círculo: superiores a los mortales en todos los aspectos, incluso superior a mi. Pero incapaz de renacer como yo: si moría, moría.

- Tampoco tengo bandos -.

- No he dicho que no lo tenga. Mi bando es no intervenir -.

- Ya había oído eso antes: “respeta, pero no intervengas…” -.

- ¿Ves a tu alrededor? Este sitio guarda misterios de la esencia de lo que somos. Los mortales son impacientes, necesitan identificarse rápido con algo. Pero la neutralidad, es una de las primeras cosas que aprendemos nosotros: no hay prisa por avanzar mientras avanzas, ni por girar mientras no llegue la curva.

- ¿Y por qué no nos lideras, es decir, a los no mortales? -

Su risa rompió la frialdad de aquella construcción, como una brisa que renueva el aire encerrado por años.

- ¿Y conseguir qué? ¿Qué buscarías en tu lucha? -

- No lo sé. Quizás transmitir esa enseñanza. No todos los círculos son partidarios de la neutralidad, de no inmiscuirse en problemas de los mortales. Algunos son capaces de causar mucho daño -.

- Deduzco que alguno te ha hecho especial daño…. -. La brisa paró, y cruzamos las miradas.

- Andrés, ni siquiera tú sabes qué quieres ¿cómo enseñar? Y al que no acepte ¿por qué imponerle? He visto a muchos matar por diversión, y a otros morir por proteger. Yo tan solo defiendo este lugar, y eso es al final lo que cuenta: no hay ni bien ni mal, tan solo una elección -.

- Pero tú eliges no intervenir, no tiene sentido: existe el bien, mientras eliges hacerlo -.

- Cierto, pero solo si lo eliges. Muchas veces una acción conlleva cosas que no has elegido, a las que te tienes que enfrentar, y de las que se derivan problemas. Y la mayoría de los problemas provienen de gente que no es capaz de enfrentarse a sus problemas. Así que, dime, ¿por qué provocar más?

Desde la ventana se oía el desagradable chirrido de las máquinas, precisas, inhumanas. También pasos, y voces, y miedo.

- ¿Por qué luchar entonces? -

- Porque quieres hacerlo. Porque quieres encontrarla de nuevo -.

noviembre 18, 2011

03 Hacia los bosques


El bosque denso, los árboles altos, la noche oscura, las piedas, el único mejor camino. Corría rápido, con el frío en la cara, y los troncos parecían farolas de una autovía, líneas de luz de la luna reflejada, infinitas.

Después de aquel accidente me cansé de la vida entre trenes, y renací con tres años menos. Y seguí buscando, vagando esta vez a pie. Pero me bajé en la estación equivocada, en el país equivocado aquel año: tanto tiempo de paz que había olvidado el sufrimiento colectivo que provocan las guerras.

Estuve prisionero unos meses en un campo de refugiados, o de “refugiados”. Y una noche escapó un grupo amplio, también yo, hacia la seguridad del bosque.

- Vdaruk, vdaruk – me gritaba un hombre que corría cerca, haciéndome gestos con las manos para que me alejara de él.

- Niesta, kdari na, kdari na – le respondí, porque unidos era más fácil sobrevivir. Es decir, le sería a él más fácil.

Pero me equivocaba, no me decía “fuera” sino que advertía que nos habían rodeado. De entre los árboles silbaron un par de balas que impactaron en el hombre. Las siguientes, mientras me cubría en los troncos, me rozaron el brazo.

Desde mi posición observé el amplio grupo que corría hacia el interior, y como le habatían fogonazos que salían desde distintos sitios de la naturaleza. Y entonces pasó algo curioso: los fogonazos daban paso paulatinamente al sonido de un golpe seco y un cuerpo cayendo al suelo, y cuantos más se oían, más inquietos se volvían nuestros atacantes.

Miré la herida del brazo, después el cuchillo que escondía, y observé de nuevo la escena. Con el cuchillo en alto a mis espaldas me lancé en dirección al último sonido seco, con la cabeza bien agachada para evitar ser alcanzado, y con el máximo silencio del que era capaz. Conforme localizaba un atacante, le asestaba una puñalada mortal, y corría a desvanecerme de nuevo entre los árboles.

Y llegué hasta el origen de la resistencia: un hombre de extraña apariencia asestaba golpes a los soldados que se apostaban, con mayor sigilo y rapidez que yo, manejando un alto bastón que emitía un ligero silbido, y parecía esquivar las balas, pues ninguna de las que se dirigían hacia él llegaban a darle.

Cuando me vio, observé un brillo en el fondo de su capucha.

noviembre 11, 2011

02 Un suicidio


- Tranquila – le grité a los ojos.

Helena lanzó el cuchillo al cuello del maquinista con gran velocidad. Salté sobre ella, pero giró golpeandome con el dorso de la mano, y choqué con la pared del vagón, cayendo al suelo.

Ella avanzó hasta los mandos de la locomotora evitando pisar al hombre que se desangraba casi en silencio. Cuando logré incorporame Helena me miraba, sentada con el cuchillo nuevamente en la mano.

- ¿Por qué has hecho eso? -

- Porque tengo que morir. A ellos no les aprecio pero tú, siento que estés aquí -.

- No te entiendo, ¿cómo pretendes morir? -

- Estrellando el tren. ¿De qué círculo eres? -

Sin duda ella había vivido más. Le indiqué un tres con los dedos y ella asintió.

- Si quieres puedes saltar del tren, no te detendré -.

- No funciona así, tendrías que empujarme tú, o no renacería. Me quedaré -.

- Morirás entonces. Para siempre -.

- Para siempre no es un concepto muy acertado en nosotros. Creo que estás confundida -.

- Tienes razón, si algo fuera en nosotros para siempre, no estaría ahora aquí. Pero te equivocas: sé cómo matarnos -.

- ¿Puedo preguntarte qué te pasó? -

- Precisamente eso, que nada es para siempre, aunque lo creamos de nosotros mismo, o de las personas. Sobre todo las que más quieres. Pero ya no importa… -

- Te entiendo, conozco esa sensación, sé lo que es perder a alguien… Pero sigo sin creerte -.

- Todos tenemos reglas, y un modo de vivir, y de morir. Me lo repetía constantemente Jaël por si llegaban complicaciones, no las nímias de los humanos sino reales. Me decía que si morimos junto a muchos, a la vez, nuestra naturaleza se desvanece junto al resto de mortales -.

Aquello me desconcertó, pero no temía que fuese verdad: si cada uno tenía un modo de morir, yo no era como ella. Tengo que reconocer también que en el fondo no me importaba si realmente tenía razón.

- ¿Y ves normal provocar más de cien muertes por un suicidio? -

Helena se llevó el filo del cuchillo a uno de sus dedos y lo cortó de un solo tajo. El dedo cayó al suelo, sangrando, pero ella parecía no haber sentido nada.

- ¿Y es esto normal? ¿Es normal nuestra vida? Lo único que me parece normal ahora mismo es la muerte. ¿Acaso tú no estás cansado de vagar por el mundo, cambiando, renaciendo, perdiendo a todo el que se te cruza? Tú lo has dicho, “para siempre” no va con nosotros porque nada dura a nuestro alrededor. Pero estamos condenados a recordarlo una y otra vez.

No me había dado cuenta hasta entonces, pero el tren había aumentado su velocidad progresivamente, y ahora chirriaba. Tras aquellas palabras me quedé inmóvil, mirandole a los ojos, mientras la herida en su dedo dejaba de gotear paulatinamente.

No me movía, tan solo pensaba, en lo acertada que estaba, en lo que de verdad tenía y no tenía, y en los sentimientos que compartíamos: mi vida también era el goteo de algo sesgado. Así continuamos, mirándonos en silencio, envueltos por un sonido metálico cada vez más fuerte, hasta que todo se volvió del revés, desapareciendo la escena entera con un golpe inmenso.

noviembre 04, 2011

01 Entre trenes

Después de aquello me marché. No podía seguir viviendo en aquel lugar como si no hubiera pasado nada, yo no era humano que deba aceptar porque, puedo esperar otras cosas. Puedo esperar lo que quiera. Además, Miguel me había dado un nuevo objetivo: buscar a Laura.
    
Abandoné a mis padres, a mi hermanita Paula, la que más sufrió sin duda, y dejé todo para recorrer el mundo, conocer gente, como yo, ahora que sabía de mala mano que no estaba solo. Y con la esperanza de encontrarme con ella, otra vez.
    
Huí de allí sin morir, pues para viajar necesitaba cierta edad, y así me mantuve unos años, viajando por toda Europa, de tren en tren.
    
Me acostumbré a aquella vida sin preocupaciones, sin responsabilidades, tan solo aprendiendo, conociendo, manteniendome entretenido para no estar triste, manteniendome vivo siempre dentro de un vagón.
    
Pero las estaciones pasaban, y no me topé con ninguno como yo, hasta que unos años después reconocí el brillo en los ojos de una mujer de apariencia joven, sentada junto a la ventanilla del tren. El corazón se me escurrió hasta los pies con las sacudidas del vagón, empujado por un pensamiento que sabía improbable: ¿sería Laura?
     
Mientras me levantaba ella se giró, y me vio los ojos. Se levantó apresurada y aceleró el paso por el pasillo, mientras le seguía, hasta el espacio entre trenes. Allí la perdí.
    
Vi la ventanilla abirta y me asomé. ¿Había saltado, o quizás…? Cuando logré subir hasta la parte superior del vagón la vi alejarse en la misma dirección en la que avanzaba el tren, caminando con una gran prudencia y agilidad, asegurando cada paso. Fui tras ella con la misma habilidad, una destreza precavida adquirida con los años.
     
El viento nos golpeaba en contra de nuestro avance, pero ninguno de los dos temíamos caer, acompasando nuestros pasos a las sacudidas, para evitar golpes fuertes. Llegué hasta el nuevo espacio por el que había bajado segundos antes, tras el primer vagón. Bajé rápido, al tiempo de ver la puerta del maquinista cerrarse, y corrí para empujarla e irrumpir en la habitación antes de que la cerrara del todo. En el suelo había ya un hombre tendido, inconsciente, y la joven apuntaba con un cuchillo a otro que se afanaba por el miedo a los mandos del aparato.
    
- Tranquila – le dije mirándole a los ojos.
    
El corazón me latía fuerte. Después de tantos años practicamente inmóvil, volver a estar al límite de las situaciones me gustaba. No sabía con seguridad qué hacer a continuación, pero algo si tenía claro: no era Laura.
      

octubre 07, 2011

00 No es grata la muerte

- El calor, la causa del viento, y las hojas precipitan el otoño, y a su vez el frío, hasta la primavera, y ese es el círculo. Y los años pasaron, y dejé de vagar por la tierra, cansado, al Tiempo que te encontré, y me enamoré, como el que se cae de un árbol.
     
Contigo he formado una familia, y esta ha crecido con el calor, causa del viento, de las hojas, el frío. Es parte del círculo, de este mundo. Pero no es bella la muerte cuando mueres más de una vez, ni grata una vida en la que no puedas morir, de una u otra forma.
     
Descubrí una manera de morir cuando me encontré con otro inmortal como yo, de mi círculo, pero tuve miedo entonces, y ganas de seguir buscando. También me explicó que pasaría lo que me pasó, y por eso creíste que había muerto a mi vejez, cuando llegué al máximo de años de mi naturaleza, un número que no se corresponde ni a las veces que he repetido una edad.
       
Y cuando renací con tres años menos, aún viejo pero algo cambiado, no dudé en encontrarte, después de que lloraras mi muerte, y explicarte todo con tranquilidad, de narrarte mi vida, o trozos de un larguísimo viaje. Pero ahora, con poco ya que queda por que sepas, que te cuente, poco ya importa porque, vuelta las tornas, ahora eres tú la que te apagas, en un final de camino mucho más grato que el mío -.
              
Andrés, junto a la cama, aprieta las manos de Lucía, que abre los ojos, le sonríe, y vuelve a cerrarlos. Levantándose, Andrés quita las flores de una mesita, ya marchitas, y coloca en su lugar otro jarrón con tallos verdes y unas flores moradas, alargadas.
    
- No la despierte, se acaba de dormir – le dice a la enfermera junto a la puerta.
    
La enfermera entra en la habitación con cierta vacilación. Mira a la mujer, tendida en la cama, y después a Andrés, desvelando un brillo familiar en sus ojos.
   
- No te preocupes, pequeño – le responde Fael -, no volverá a despertarse, jamás -.
    

junio 10, 2011

21 Morir más de una vez

Serena como un sonámbulo, y fría, soltaba el libro que estaba ojeando en el stand del final de la calle. La mujer, rodeada de gente, caminaba por un vacío que observaba, acechando. Era guapa, de eso me acuerdo estupendamente, no tanto de las dudas. Pero sus ojos no mentían.

Aquella madre que dejó a su niña llorando salió de la calle y, ante la ausencia de miradas ajenas, le golpeé con fuerza la cabeza, y cayó inconsciente.

No podía comprobarlo, tenía que ser todo, o sería nada. Si Fael despertaba y encontraba un nuevo cuerpo al que saltar habría perdido días de búsqueda, sino la pista por completo.

Aquella mujer, que visitaba los nichos aquel día, despertaba en el mismo cementerio, tumbada en una caja de madera, encajada en una tumba, dolorida y bien atada, amenazada por un joven y una pala que arrojaba tierra sobre ella.

- ¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Por favor! –

- No insistas Fael. Aquí nadie te oye. – Le decía mientras seguía cubriendo su cuerpo con arena. – Y si tenía alguna duda, tus ojos, nada más despertar, me la han resuelto -.

Un leve viento y el frío de la noche confirmaban mis palabras, el cementerio estaba desierto, con un silencio solo roto por la pala. Pero yo no la oía. En mi cabeza solo sonaba el golpe de Laura al desplomarse, y el llanto de aquella niña.

- No puedes matarme Andrés. Soy como tú, ¡piénsalo! ¿Acaso has perdido el juicio? –

- Sé que ese cuerpo sí es mortal, y cuando se quede sin vida, dime, ¿sobre quién saltarás ahí abajo? -.

La agresividad de Fael fue en aumento junto a su impotencia. Empezó a agitarse, buscando zafarse, pero su cuerpo estaba bien atado, y magullado. Cada vez que gritaba de rabia, le vaciaba una pala en la cara.

- ¡Andrés! ¡Te mataré, igual que a Laura, de la misma forma! ¿Me oyes? ¡Sácame o te juro que te mataré! –

- La promesa de un muerto es efímera como la vida…. –

Le cubrí primero la cabeza. No quería oír nada más, ya había hablado y gritado suficiente. Mientras seguía tapando, su cuerpo se agitaba con espasmos cada vez menos frecuentes, hasta que el montón de arena que ya se había formado dejó de moverse.

- Aquel día en el cementerio aprendí que morimos más de una vez en la vida -.

- Y a más vives, más veces mueres, pequeña -.

Cerré bien la tumba, la misma sobre la que rezaban la madre y la hija, cuyo féretro había enterrado antes junto al muro viejo. Y olvidé, por miedo, el nombre de aquella lápida. Hasta hoy.

mayo 27, 2011

19 ¿Y qué vas a hacer ahora?

- ¿Y qué vas a hacer? –

- ¿Qué puedo hacer? –

- ¿Ahora lo entiendes? –

- Siempre lo he entendido -.

Pero no había hecho nada. Y ahora qué, tenía algo que hacer. Todo lo que te cuento fue antes de mi largo viaje, de aquel deambular que me llevó hasta aquí, hasta ti. Este fue mi por qué.

- ¿Le seguirás otra vez? –

- ¿Le seguirías tú? –

Miguel y yo hablábamos en la misma estancia en la que le clavé su cuchillo.

- No, le mataré, y tú me dirás como -.

- No es fácil acabar con alguien como nosotros -.

- No te he pedido problemas. No estoy aquí para que me digas qué no puedo hacer. No voy a seguirle como has hecho tú. Voy a encontrarle, y le mataré -.

Aquel día trazamos el plan, sin seguridad alguna. Pero con la fuerza de una victoria que oía a lo lejos, como a las olas del mar desde el viejo faro, una victoria del que sabe que ha de luchar para tenerla, del que ansia la lucha sobre todas las cosas.

Pero no fue lo único que tracé aquel día, también mi viaje, una racha de esperanza que me ayudó sin duda. Tengo que confesarte que llegué aquí buscándola a ella, por eso recorrí casi todo el mundo, gastando años de mi inmortal vida, esperando el reencuentro.

- Detener a Fael es justo, pero la venganza ciega no es la mejor compañera -.

- No me importa lo que digas. Ha destruido un trozo de mi, uno de los dos se irá para siempre -.

Miguel me miró diferente, como si encontrase otro significado a lo que había dicho.

- Entiendo el dolor, y los problemas que Fael ha sembrado a tu alrededor. Pero, ¿Cuándo dices “ha destruido”…?

- Me refiero a ella, sí. O quizás a mí mismo. Aún la quiero. Sin ella me falta todo -.

- Pequeño inmortal de ojos verdes, creía que lo sabías: ¡Laura es como nosotros!, cercana a tus años. Murió como haces tú y los de tu círculo, pero no desapareció de este mundo.

mayo 20, 2011

18 El último salto

Corrí como un perro, más que con la lengua, con el corazón colgado fuera. Temía a mis sospechas, temía a Fael, y quería detenerle antes de que cometiese lo que no quería ni pensar.

Corría sin parar. No sé cómo lo haría él, pero sabía que llegaría antes que yo. En la carrera, casi choqué contra un carrito de bebé que salía de un edificio con un niño y un matrimonio. Y cuando ya me alejaba de aquella zona, llegué hasta el viejo faro.

La puerta estaba abierta, pero no había signos de violencia, ni otro cuerpo en el suelo. Sobre el sofá verde se apoyaba en equilibrio un paraguas naranja.

- Laura – dije más hacia dentro que hacia fuera.

Sabía que había estado allí, y sabía que ya no estaba.

Corrí de nuevo buscando un rastro, otra zona a la que podría haber huido. – No hay otro cuerpo – me repetía.

Todo parecía desierto, sin vida, sin movimiento, sin olor y sin recuerdos. Soplaba un viento fino, frío, que mecía los árboles del pequeño cementerio a las afueras. Si había escapado al faro, por cercanía, aquel era el sitio. Y no estaba equivocado.

Laura me miraba desde un pasillo de tierra, entre las tumbas, asustada y triste, con ojos llorosos, con un brillo raro en ellos.

- Laura – le dije acercándome, mientras aminoraba la marcha, aún con miedo -.

- Andrés, te quiero tanto… - respondió casi sin moverse.

- Yo también te quiero -.

Y al instante, Laura se desplomó en el suelo. Le había hablado entre lágrimas, porque entendí cierta ironía en su voz, e interpreté el brillo de sus ojos. Fael saltó sobre una mujer que dejaba flores en una tumba, junto a su hija, en aquel solitario cementerio.

- No había solución, ya había saltado sobre ella, y a menos que me quisieras a mí como compañera… - me dijo en la lejanía, ante el asombro de la niña, que no entendía qué decía su madre. Yo le oía, pero no llegaba a entenderle, descompuesto sobre Laura, llorando ante su quietud -. Así es la vida, Andrés, un conjunto de saltos, a veces buenos, y otros mejores -.

Fael empezó a correr y se marchó, y la hija de la madre sobre la que había saltado rompió a llorar, paralizada, sin entender qué pasaba.

Yo seguía junto a Laura, sin poder dejar de contemplarla, de tocarle la cara, de desear que se moviera. Pero no lo hizo.

- Nunca me separaré de ti – le susurré -, te lo prometo -.

mayo 13, 2011

17 Como si fuéramos perros

Esta vez yo di con él. Saltar sobre el novio de Paula me caía mas de cerca que ninguna otra muerte. Tendría que haberle dado alcance aquel día, pero escapó. Ahora me tocaba a mí...

- ¿No eres tú el que querías jugar? ¿No te diviertes? –

Peleábamos como dos perros callejeros. A mi suerte, había saltado en alguien más pequeño que yo, y le golpeaba con la fuerza de esa pequeña ventaja, aunque a ambos se nos notaba la acumulación de años.

- Por fin te veo libre, pequeño -.

- No me llames así – le dije mientras le apretaba al suelo por el cuello.

- ¿Crees que puedes detenerme? No tienes ni una sola posibilidad -.

Y sucedió lo que estaba intentando evitar, que nos vio alguien. Un hombre adulto nos miraba estupefacto, y empezó a acercarse para separarnos. Entonces Fael le miró a los ojos, y saltó sobre él…

Ahora Fael era el hombre, y se acercaba hacia mí riendo. Pero yo también sabía trucos, aprendidos con el tiempo y la falta de miedo. Corrí hacia él y con un salto le derribé, golpeándole en la cabeza. Con lo grande que era rodé por el pavimento.

Y así quedamos los tres por un momento, tumbados, tirados en el suelo: el nuevo Fael, el niño sobre el que había saltado, ahora muerto, y yo.

- Podríamos hacer grandes cosas – me decía incorporándose. Se le notaba algo aturdido por mi movimiento -, pero te empeñas en vivir con humanos. Quizás si elimino el empeño cambiases de idea – entendí al instante que me estaba amenazando.

- Y tú podrías ser mejor humano – le dije también amenazante, incorporándome – si te quisieras un poco, si dejaras de pensar como un perro vagabundo al que nadie quiere -.

- ¿Acaso te crees feliz porque tienes un hogar? ¿Cuánto crees que va a durar? Los hombres son cambiantes… -.

- ¡Todos somos cambiantes! ¿Tanto te cuesta entenderlo? ¿Tan ciego estás? – mientras hablaba buscaba con la mirada algo con lo que golpearle – Y si vas a ser tú el que decidas los cambios de los demás, créeme, conseguiré detenerte, aunque me cueste -.

Ya tenía algo localizado, una vara metálica corta pegada a la pared, más cerca de mí que de Fael, por lo que había posibilidades de llegar antes. Pero él también había hecho cálculos, y no me había dado cuenta. Mientras hablábamos había retrocedido un poco.

- Bueno, si tú no entras en razón, quizás alguien a quien quieres te convenza – aquello fue un relámpago: lo tenía preparado – Un sillón dentro de un faro abandonado puede ser muy persuasivo…

En un giro perfecto salió corriendo, huyendo de donde estábamos, perdiéndose tras torcer en la siguiente calle.

Sentí caer como antes lo había hecho el pequeño cuerpo desde el que saltó Fael, pero sabía que no tenía tiempo, y corrí tras él. No le vi en la siguiente calle. Las dudas me paralizaban demasiado: ¿cómo sabía lo del faro? ¿Cómo no visualicé su plan desde el principio?

Pero un miedo me pesaba más que las dudas, un temor que entendía a la perfección, aunque no quisiera. Un pensamiento que me hizo correr como si estuviera endemoniado, rabioso, en dirección hacia el faro, hacia donde suponía se dirigía Fael.

- ¡Laura! -.