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diciembre 02, 2011

05 Una familia cualquiera


Amalio se movía alrededor de la mesa discutiendo sobre el tema. Entre aspavientos y gritos a Irene se sentaba en la silla, y cogía enfadado los cubiertos. Cenábamos ya sin ganas por culpa del tema surgido.

La pobre Paula, por aquel entonces tenía unos seis años, miraba fija la mesa, sin saber qué hacer. No hacía mucho que nos habían adoptado, no estaba acostumbrada a las broncas familiares, y a su edad ni si quiera a las de clase.

Yo escuchaba aburrido los problemas que exponían los dos adultos, intentando comer entre las réplicas, pensando en lo complicado que hacen los mortales las cosas, retorciendo una y otra vez las soluciones, en vez de aplicarlas sin más.

- Yo te acompaño – se me escapó, cansado.

- No es tan fácil, Andrés. No te preocupes, solo estamos solucionandolo… -.

- No, estáis discutiendo, no lo estáis solucionando. Tú mismo lo has dicho hace un rato: “mejor sería que me acompañasen los niños”. Así lo solucionas todo: Paula se va con Inés al pueblo, y yo viajo contigo al congreso. Al menos salvamos un billete, ya que te preocupa, ¿no crees? -

Ninguno de los dos adultos decían nada. Me observaban extrañados, reflexivos, y miraban la mesa, reconociendo la razón que no me faltaba.

- ¿Con quién le dejarías en el congreso? No puede quedarse allí solo -.

- No, no puede ser. Aunque te quedases por allí sin molestar me lo reprocharían luego por la edad que tienes -.

- Pues no les digas mi edad – le respondí tranquilo, mientras retomaba mi comida –. Ellos no la saben, ¿verdad? Diles que tengo, por ejemplo, tres años más, y que estoy interesado en seguir tus pasos. Seguro que les encanta la idea y al final, me tendrán entretenido explicándome cosas aburridas sobre sus trabajos -.

Tenía razón, y lo sabían. Continuaron comiendo pensativos, mirándome de vez en cuando, y reconociendo con un cruce de miradas que estaba en lo cierto, aunque no supieran cómo, y que así, solucionaban su inútil problema. 

abril 29, 2011

16 Fuera del paraguas

Sabía en qué consistía mi vida, por eso no culpo a nadie. Quizás sí de las cosas que no controlaba, o las que me superaban, o las que desconocí al principio, no lo sé. Pero no hay nada que no tenga solución, ni camino que no se doblegue a tus pies.

Así se lo decía a Irene en la casa, convenciéndola de que no se preocupara por mí, sabiendo que algo intuía de mi naturaleza, sintiendo como buena madre, aunque adoptiva, que volaría del nido mucho antes de lo lógico y normal.

Y así convencía a Paula de que fuera fuerte, aunque ya lo era, y centrase sus fuerzas en aquellas metas que había empezado a proponerse en su temprana adolescencia.

- Si luchas, - le decía – sabrás hasta dónde eres capaz de llegar, y vencerás tus metas. Pero solo si luchas -.

Fuera de la casa el tiempo era turbio. Laura me esperaba con su paraguas naranja, y ambos caminábamos por las calles. Le hablé de Paula y de mi madre.

- Eres el mejor hermano e hijo del mundo – me decía -, pero no entiendo por qué lo dices tan triste, ¿por qué temes no estar ahí siempre? -

- Porque quizás no lo esté. No es algo en lo que tenga certeza -.

Las primeras gotas siguieron a una lluvia que hacía correr a toda la calle, que oscurecía lentamente. Laura abrió su paraguas mientras nos mojábamos un poco, y ambos nos refugiamos, pegándonos bajo su protección. Su pelo, algo mojado, enmarcaba unos ojos que parecían reflejar cada gota de lluvia que caía fuera del paraguas.

- No entiendo por qué dices eso. A veces eres muy pesimista en cuanto al futuro -.

Pero yo no la oía. Había quedado casi hipnotizado mirando sus ojos. Me uní más a ella y la besé, hasta que, entregada al beso, dejó caer un poco el paraguas, y empezamos a mojarnos de nuevo. Ambos sonreímos.

- Te prometo que, mientras la vida me deje, estaré siempre ahí donde tú estés -.

Como un círculo más, símbolo de la perfección, de lo continuo, de lo inmortal. Así era mi amor hacia Laura, inmortal, algo que vive por encima de lo que la vida pretende.

marzo 25, 2011

15 ¡Vuelve!

Y ahora, ya lo sabes. Siempre había cuidado de mi mismo, por qué no también de mi alrededor. Ese era mi deseo, más que sobrevivir, salvar aquello que era más real que la vida misma. Y ya lo ves, entenderás por qué llegué hasta aquí después de tantas vueltas.

Son esos momentos cuando recuerdas los días más tranquilos de tu vida, e incluso mi estancia en el San Claire, al principio encierro, me parecía un paraíso.

Recuerdo a la pequeña Paula, y su problema con su peluche favorito, el viejo conejo gris de orejas de mangosta. Le encantaba, bueno, y a quién no, y empezaba a llorar si no aparecía. Yo le enseñaba a enfrentarse a la dificultad, y a buscarlo luchando contra los peligros imaginarios del camino, y en fin, así me entretenía haciendo de padre.

También a Elena, imposible olvidarla. Me alegro haberla conocido a esa edad, y también haberme despedido de ella, aunque la eche de menos. Nos reíamos cuando consolaba a Paula y le decía aquello de llorar solo moja, que no servía de nada, y que iba a acabar resfriada. Y cuando se animaba, Paula reía mientras hacía como que nadaba.

Mis pequeños compañeros, e incluso David, cómo olvidarme. Recuerdo ver en aquellas caras la inocencia pura, y todo lo que le acompaña. Una inocencia hermosa, y cruel a la vez, porque tan pronto como se otorga, tan pronto la vas perdiendo, y en algunos como David más rápidamente.

No digo que seamos eternamente niños, yo que lo fui muchas décadas. Pero sí digo que es necesario mantener lo más posible parte de esa inocencia que guardamos de pequeños, de esa bondad tan desinteresada, tan hermosa. Porque, cuando la perdemos del todo, ni siquiera los que son como yo podemos volver atrás, y recuperarla.

marzo 18, 2011

14 Sobre lo que nadie puede cambiar

Cómo se olvidan las cosas. Es increíble como el tiempo puede borrar cosas que para aquel presente son muy importantes, y ahora tan solo anécdotas que tienes que refrescar.

- No quiero verle jamás - lloraba Paula en su cuarto, consolada por su madre.

Lo superaría. Pero en aquel momento parecía morir, (una suerte, mala, que sí corrió su novio).

Tuve que mentirle. Le dije que cuando yo me iba de la casa le vi salir corriendo a la llamada de un grupo de amigos, e irse con ellos, pero que pensaba que él se lo había dicho antes de marcharse de ese modo. Pobre chico. No me gusta mentir sobre lo que nadie puede cambiar.

No sé qué hizo Fael, pero se las arreglaría para atar cabos, porque nada más se supo, ni se recordó. Literalmente, pareció como si a aquel novio de Paula se lo hubiera tragado la tierra (o el tiempo, o el olvido).

- No te preocupes, Paula – le decía Irene – A esa edad los niños son muy tontos -.

Ya, pero duele, me contesté. Yo miraba a Irene, y ella me entendía. Siempre sospeché que sabía algo de mi naturaleza, y siempre me había entendido a la perfección: No te preocupes por ella, le decía con la mirada, se le pasará, sabrá superarlo, porque sabe cuidarse sola, y porque estoy yo aquí para que no le pase nada. Para recordarle lo que le hace fuerte, y lo que le hace reír.

- Ánimo hermanita – le dije –que llorar solo moja – y se rió.

marzo 11, 2011

13 Lo que guardas

Corríamos como condenados: él riendo, divertido, y yo desorbitado, sin saber qué hacía, o qué hacer. Para él, todo quedó en un juego, o en una broma, o en una advertencia, no lo sé. Para mí fue peor, porque con la carrera solo conseguí darle algunos golpes, y escapó sin dialogar, sin entender,… venciéndome.

Cuando tienes todo que perder y la mente llena de sentimientos. Cuando ves la injusticia una y otra vez, acercándose, esperando a que te toque. Una rabia inmensa, unas ganas de gritar incontrolables, y un algo en tu interior que no quieres que toquen.

La locura llega a veces en los días más cuerdos, una locura llena de pequeñas alegrías que te afanas en proteger, pequeñas alegrías, una por cada lágrima que se te escapa con solo pensar que lo pierdes.

Y como buen guardián que se afana a ello, ira, poca sensatez, o agudeza, según sobre quién se emplee.

Un sábado alegre, en familia. Irene preparaba la casa, y Paulita llegaba con su novio, el chico simpático que, de momento y por su plante, habíamos aceptado como primer noviazgo de la niña ya no tan pequeña.

- Luego queríamos ir al cine mamá, no te preocupes – decía alegre Paula, y se marchaba a la cocina, a seguir hablando con Irene.

Aquella familia le había devuelto la vida a la pequeña. Me sentía parte de aquella felicidad, y a la vez la envidiaba, y eso no era bueno: - no te acostumbres a un hogar – me repetía.

A solas en el salón con su novio, quise buscarle conversación para que no se sintiera incómodo. Era una buena persona, y tendría que haberlo sido.

- ¿Qué película vais a ver? – le pregunté, mirándole a los ojos -.

- La de tu vida, pequeño – contestó Fael, al tiempo que le reconocía por la mirada, ahora en el cuerpo de aquel muchacho.

No sé si era lo que buscaba, pero le hubiera matado allí mismo. Sin embargo corrió como un bufón, y yo detrás dando un golpe a la puerta que quedó medio abierta, dejando atrás mi cordura, mi familia y ese sábado alegre.

febrero 18, 2011

11 Todo un mundo ahí fuera

Disfrutaba en los recreativos. Casi todos pasábamos por allí de vez en cuando. Julio jugaba al billar, practicando para ganarme, seguramente. Yo estaba en una mesa, esperando a Laura, observando la escena que tanta curiosidad me ofrecía.

Paula reía sentada con sus amigos, y su novio. De vez en cuando me miraba para comprobar que yo no la miraba, y así creía, pues yo disimulaba. Algunos compañeros machacaban las máquinas, o jugaban al futbolín, o hablaban con el simpático camarero, riéndose del otro, más borde.

Sin duda era todo un mundo aquello, un lugar raro y algo loco si estabas mucho tiempo, pero alegre. Veías a la gente reír, despreocupados, moviéndose todas las cabezas al son de un baile desigual. Y entre todas las risas, sus ojos, esa mirada reconocible: Fael estaba allí.

Se me cambió la cara, incluso el cuerpo. Me levanté y caminé con tranquilidad hacia la salida, y hacia una de las calles laterales. Fael me siguió de cerca creyendo seguramente que hablaríamos, pero de nada quería yo hablar.

- ¿Qué demonios quieres? – le grité a la cara tras cogerle de la ropa y pegarle con fuerza a la pared. Él me sonreía. – Te dije que me dejaras en paz, ¿no te basta como respuesta? –

- Creo que no es lo que quieres, pequeño. He venido a hacerte una propuesta -.

- No me interesa – dije rápido, y me volví. Entendí entonces que no le valían las respuestas, que me gustase o no, tendría que intervenir de alguna forma.

- Yo creo que sí, y tú no la has oído todavía -. Ya me estaba alejando, pero había durado poco el farol: en cuanto volvió a hablar corrí hasta él y de nuevo le golpeé contra la pared. – Quizás a alguno de tus amigos sí le interese… -

- Escúchame bien, inmortal. No sé como matarte pero te aseguro que si te vuelvo a ver por mi vida encontraré la fórmula, o al menos te causaré un dolor tal que tardarás un par de vidas en olvidarme -.

Le solté mientras le observaba con la respiración entrecortada por el esfuerzo. Ya no sonreía. Cuando iba a hablar otra vez volví a interrumpirle de golpe, marcándole lo poco que me importaba lo que dijese, y en un intento de supremacía.

- Lárgate. Hay mucho mundo ahí fuera. No me necesitas para nada, hagas lo que quieras hacer. Y yo no te necesito. Así que déjame en paz –. Me di la vuelta y me fui despacio, sin volverme siquiera al grito de su respuesta.

- No sabes lo que quieres. Podríamos dominar todo el mundo de ahí fuera, y te empeñas en una pequeña porción, pareces un bebé encerrándote con mortales. ¡Claro que me necesitas!, pero no quieres verlo -.

diciembre 03, 2010

04 No te alejes

Mi pequeña hermana había cambiado mucho desde entonces. Siempre había sido guapa, pero ahora destacaba más, un pelo más largo, mucho más alta, casi tanto como yo, teniendo en cuenta que en aquel año, aunque para los demás eran seis, en realidad nos llevábamos tres años.

- Mira qué bonito, Andrés, ¿puedo entrar? – me decía junto a un escaparate de ropa.

- No tardes, – le contestaba, y ella me dio un beso en la mejilla.

Volvíamos de casa, y yo tenía que cuidar de ella. Lo había hecho ya en el San Claire, y me parecía estupendo. Con el tiempo aprendí a mantenerme pegado a los demás: no me gustaba cómo me comportaba cuando me alejaba de todo, cuando vivía por mi cuenta sin el calor, al menos, de una persona. Y aquella cercanía, aquella familia, reconozco que era algo bueno.

Mientras esperaba en la puerta, pensando, le vi. Allí estaba, el hombre alto de tez oscura que nos había estado observando, que nos había seguido.

- Quédate por aquí, Paula. Ahora vengo – le dije entrando en la tienda.

Salí para acercarme más a él, asegurándome de que Paula estuviera entretenida. Cuando notó que lo hacía se dio media vuelta y desapareció.

Me puse a correr. Le perseguí por las callejas sin ninguna dificultad, recortando él distancias a la carrera, y yo cuando pasábamos entre la gente.

Parecía que sabía bien donde iba, su casa o un punto de reunión quizás, un local cerrado de ladrillos y carteles viejos por fuera, vacío y sin enlucir, lleno de suciedad, en el que se metió y yo detrás, cerrando la puerta metálica con un golpe, al que le siguió el de un bastonazo en mi espalda.

Caí al suelo y di un par de vueltas sobre unos cartones para alejarme de él, pero también se movía rápido, y ya estaba sobre mí, buscando mi cuello para inmovilizarme. Me estiré todo lo que pude antes de sentirme ahogado y le golpeé entre las piernas y en el riñón con fuerzas. Cuando ambos giramos le golpeé nuevamente, intentando quitarle el bastón, y al palpar su cintura noté la daga que llevaba, y la saqué dándole un corte en el brazo.

Me hubiera alejado. Di unos pasos hacia la puerta, pero Miguel se había empeñado en que no podía salir de la habitación, y cuando volvió a abalanzarse sobre mi, le clavé la daga en el estómago.
         

noviembre 05, 2010

00 El eterno retorno

Mi mano golpeó con fuerza el capó del coche. Obviamente no sirvió de nada. El impacto desplazó mi cuerpo unos metros, hasta dar con el duro suelo de la carretera.

- Avise a una ambulancia –.

Le decía al conductor que cacareaba a mí alrededor, presa del pánico. Un curioso se acercó también a mi cuerpo de adolescente, pensando qué hacer con la sangre.

- Calma. Tranquilícese. Me llamo Andrés Rodríguez. Avise a una ambulancia y no me mueva de cómo estoy. ¡Muévase! -.

Te imaginarás todo lo que me pasó por la cabeza. Por primera vez en mucho tiempo, no quería morir. La herida no era grave, pero no estaba seguro entonces. Una malísima suerte toparme con aquel coche, pensaba en la ambulancia.

El ostinato de la sirena se me incrustó en la herida de la cabeza. Me sugería una vuelta a lo idéntico, un nuevo retorno a mi vida anterior: si moría, mi cuerpo se quedaría allí, junto a la vida que llevaba. Pero morir no era mi preocupación, sino renacer, cerca de donde muriese, con tres años menos, con otro cuerpo y, por lo tanto, con otra vida. Tendría que huir de allí, de nuevo.

- Te han vendado como a una momia, hermanito – me sonreía Paula, abrazada a mi brazo, en la habitación del hospital -.

Llamaron a mi familia, ya sabes, a Irene, Amalio y Paula. Junto a la cama se produjo una situación tierna e infantil: realmente me querían, tenía suerte de estar allí. Pero aquella familia no era la única razón de no querer huir.

También estaba ella.

abril 09, 2010

21 ¿Sabes?, no es fácil

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- Andrés.

- Dime.

- ¿Me quieres?

- Claro que te quiero pequeña.

- ¿Cuánto tiempo crees que estaremos aquí?

- ¿Por qué me preguntas eso?

- ¿Crees que viviremos aquí para siempre?

- Eso nunca se sabe. Pero hemos tenido mucha suerte, y ya verás como estos padres te quieren siempre.

- ¿Dónde has vivido tú antes, hermano?

Paula, tumbada ya en la cama, me había llamado al verme en el pasillo. Sentado en la cama, hablábamos un rato. La niña había cambiado mucho, y aún le quedaba más por cambiar. Me quedé callado, pensativo. La luz de la pequeña lámpara, cálida, no era suficiente para alegrar aquella habitación, que veía en aquel momento como un reflejo de mi propia cabeza, de mis pensamientos, de mis recuerdos,… No es fácil vivir ahí dentro…

- No es fácil de explicar. Me lo has preguntado varias veces pero, no es fácil -.

- ¿Pero te quedarás conmigo?

- Claro que sí, no te preocupes. ¿Sabes? No es fácil encontrar un hogar. Cuando era pequeño, mucho más pequeño que tú, tuve que viajar lejos hasta encontrar uno, y cuando no pude quedarme más en ese, de nuevo el viaje. ¿Te acuerdas de la historia que te conté de Leandro? Ese era yo. Y también viví en Madrid, hace mucho tiempo. Y en Francia. Y en otros muchos lugares. Y siempre buscaba ser feliz, o mantenerme distraído, o aprender cosas nuevas,… Pero solo lo conseguía cuando estaba con alguien, nunca por mi cuenta. Son muchos años ya los que han pasado, si te das cuenta, pero es parte de mi naturaleza y, sinceramente, no sé cuantos más quedarán. Pero lo importante es que queden los que queden, o vayas a dónde vayas, en cada uno, siempre, tengas algo que hacer, y alguien con quién estar. Y ahora, estamos aquí.

- Es un cuento, ¿verdad? Lo de Leandro. Porque sucedió hace muchos años -.

La niña me miraba con los ojos adormecidos, pero llena de satisfacción y de alegría, a pesar de su sueño, por todo lo que le contaba. No puedo decir lo mismo de mí que, cansado, miraba cabizbajo las sombras de la lámpara, diciendo todo aquello porque, de vez en cuando, necesitaba escucharlo.

- Sí -.

- Gracias por todo hermano. Buenas noches -.

- Buenas noches Paula -.
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febrero 19, 2010

16 Ansiada juventud

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Deseaba ser joven, nunca lo había deseado tanto, había vivido feliz de niño, incluso me había escudado en ello en más de una ocasión. Pero tener compañeros de 16 años, aunque aparentase menos, e incluso amigos mayores, podía conmigo. No quería volver a ser niño.

- Están donde siempre Andrés – me decía Irene desde la cocina - pues no, no están aquí. Qué raro. Andrés, ¿puedes echarme una mano? -

- Estoy ocupado ahora mismo – le decía mientras observaba por la ventana a un grupo de jóvenes que hablaban.

- Bueno, pero vente un poco más tarde y me ayudas, que los invitados llegarán a las cinco -.

Era el cumpleaños de Paula. La pequeña niña cumplía ocho años y estaba muy cambiada, era mucho más alta, y había madurado bastante. Se preocupaba por su aspecto, siempre llevaba una ropa muy bien escogida y un pelo perfecto. Además, tenía una gran inteligencia y soltura junto a sus compañeros,… quizás estuviera aprendiendo de mí. Y si ella destacaba, mucho más lo hacía yo, aunque en apariencia fueran solo tres años más.

Irene quería lo mejor para ella y la cuidaba mucho. Y también para mí, me daría cuenta más tarde. Nos quería, y aunque no supo nunca la verdad estoy seguro que algo sospechaba, quizás por eso me ayudó en todo lo que pudo.

- ¡Gracias hermanito! – Me decía Paula cogiendo mi regalo, cuando ya todo el mundo se había ido. Conforme pasaba el tiempo más la quería, realmente fui muy feliz teniéndola de hermana. – Pero, esto cuesta mucho, ¿cómo lo has conseguido? –

- Es un regalo, ¿no? Pues no preguntes hermanita. Feliz cumpleaños -.

Por primera vez estaba viviendo sin esconderme, tranquilo, en una familia, y en plena juventud. No quería volver a ser un niño. A falta de un año ya lo tenía más que decidido: ¿y si no cambiara esta vez?
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enero 14, 2010

11 Postdata en el San Claire

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Escala tras escala comparto unos últimos momentos de estancia en el orfanato con Elena, quien me enseña a tocar el piano. Mientras repaso mentalmente lo vivido en los últimos tres años, tres años casi justos, a falta de unos días para mi cumpleaños; y solo encontraba falsedad.

Los juegos con los niños, las peleas con los profesores, el enfrentamiento estúpido con David, mi inútil relación con Elena,… No podía más, sentía la necesidad de explotar…

Mis dedos comenzaron a vibrar solos y la escala dio paso a otros acordes que, para Elena, aún no conocía. Toda la vida me parecía una farsa, una consecución de acontecimientos sin sentido que no llevaban a nada, porque yo no concluía nada.

Seguí tocando melodías, saltando de una pieza a otra según las iba recordando, bajo la atónita mirada de la profesora. Aquello no estaba bien y lo sabía pero, ¿qué estaba bien? ¿Qué era lo correcto? ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿A qué me tenía que aferrar?

Paré de golpe las manos, exhausto más por mis pensamientos que por estas, y dejé la vista fija, esperando que algo irrumpiera aquel momento.

- ¿Cómo, no…, por qué no me dijiste que sabías tocar el piano? – Me preguntó.

- Porque quería estar contigo – le dije mirándola. No me sorprendió la reacción de sus ojos, entre perpleja y asustada – Se más de lo que piensas Elena, pero siento que nunca lo sabrás. – Volví a dejar la vista al frente – Todo esto es inútil.

- No te entiendo Andrés… - me dijo con la voz temblorosa – No sé…

- No nos volveremos a ver nunca más. Espero que seas muy feliz. Adiós -.

Me levanté y me fui de la sala. Nunca había tenido una despedida igual, aunque he de reconocer que cada despedida que he tenido ha sido siempre muy distinta a las anteriores. Creo que es así como debía ser, estaba harto de todo pero ¿qué otra cosa podría hacer? Ahora que sabes la verdad, espero que lo entiendas.

- Nos vamos a las doce hermanito, ¿tienes todo listo? – me dijo Paula en las escaleras, arrastrando un pequeño saco.

- ¿No te lo han dicho? A mí me acercan a la tarde, tengo que ayudar a la profesora Elena en una tarea – no aparecería para desmentirme tras el shock - ¿se lo dices a Amalio e Irene de mi parte?

- ¿A papá y mamá? Yo se lo digo. Nos vemos esta tarde entonces en ¡nuestra nueva casa! – dijo efusiva antes de marcharse.

Si iba a continuar con aquello, tenía que hacer las cosas bien, y sabía quién me podría ayudar: Tenía que hacerle una visita a David.
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diciembre 11, 2009

10 ¡Fuego!

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El sonido de la alarma seguía retumbando en mis oídos. Después de llegar hasta el edificio, nuevamente por la puerta que unos minutos antes había abierto David, comencé a subir las escaleras del orfanato para poder ver por las ventanas delanteras cómo iba la situación, y qué era lo que estaba pasando.

En el patio estaban todos formados, aún con miedo. Las banderas, paradas, inmóviles, observaban el movimiento de los internos en guardia, recontando a los presentes, y contando a los curiosos y a los profesores y bomberos (o más bien, vecinos voluntarios) que iban llegando todo lo sucedido.

Estaba de suerte. Faltaba el grupo de las niñas más pequeñas. Me di cuenta justo en el mismo momento que Elena, recién llegada al patio, observando a todos los niños con preocupación. Sin duda había encontrado una escusa para explicar mi ausencia allí abajo.

Corrí hasta la habitación y me crucé con el fuego: en el baño del pasillo una pequeña papelera escupía llamas, quemando los papeles que había por todo el suelo. Los cuatro hombres que ya estaban allí apagándolo todo acabarían con el pequeño intento de incendio en poco tiempo, no había mayor riesgo tal y como se había provocado, y menos habiendo iniciado ya su extinción. Pero ellos no lo sabían en aquel momento, y su nerviosismo se traducía en gritos y aspavientos.

- ¿Qué haces aquí niño? – me gritaba uno desde la puerta que sujetaba abierta, como si quisiera avivar aún más el fuego - ¡corre hasta el patio! -

Pero ninguno de ellos conocía el edificio ni quien lo habitaba, por lo que no habían comprobado las habitaciones. Y aunque estaba seguro de que en ese mismo momento ya corrían profesores por todas las estancias, buscando a los rezagados, necesitaba que yo fuera el primero, como así sucedió.

Las niñas, escondidas por miedo en la alacena del comedor, habían atrancado la puerta, y no podían abrirla. Al tener que pasar por la habitación del incendio, viendo a aquellos hombres creyeron que todo el edificio estaba ardiendo y se asustaron. Me hubiera reído, porque me hizo gracia la situación cuando me lo contaron, pero agoté todas mis fuerzas abriendo la puerta.

Volví a escuchar los gritos de los “magníficos bomberos” cuando pasamos por al lado, esta vez bajo mis gritos de “no pasa nada”, con el incendio aún no apagada del todo: si este hubiese sido mayor, habrían dejado que se quemara todo el edificio. Paula se agarró a mí, y así aparecimos en el patio, todo el grupo de niñas gritando y yo, como el héroe. Me lo agradecieron y me felicitaron por mi escusa (es decir, por el salvamento), y me preguntaron por David, pero no dije nada. Días después huyó de su escondite.

- Estás hecho todo un valiente, Andrés – me dijo Elena cuando aparecimos en el patio – estábamos muy preocupados – y me abrazó.

- Gracias – le contesté respondiéndole al abrazo. Hacía tiempo que no me sentía tan bien. Me gustaba Elena, no podía esconderlo, pero sabía que aquello era imposible, además tenía que salir de allí. No, aquello no era posible, ya se me olvidaría…

Ella dejó de abrazarme y, acariciándome el pelo, me miró a la cara. – ¿Y ese golpe que tienes? ¿Dios mío, estás bien? –

- Yo… - rápidamente, pensé en algo – me di con una puerta cuando corría, había mucho humo – y eso fue lo que se me ocurrió.
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diciembre 04, 2009

09 Adopta dos

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El despacho de Luis, ahora mucho más ordenado y con mejor apariencia, era la última escala que tuvieron que hacer Irene y Amalio antes de poder adoptar a uno de los niños de Santa Clara de la Montaña (o como los niños le llamaban, “El San Claire”). Pero la niña pequeña que ya tenían en mente no sería la única que se uniría a su familia.

Don Luis les ofrecía de beber mientras repasaban los documentos que tenían que firmar. Mientras tanto la profesora Elena buscaba a la niña para presentarle a los que serían sus nuevos padres.

- Ya verán qué contentos quedan, es un sol de niña, y acaba de cumplir seis añitos, seguro que no tienen ningún problema – les seguía convenciendo el director – sobre todo queriendo un niño de esa edad… ¿tenían un hijo mayor ya trabajando, no? ¡Cómo pasa el tiempo! Cuando quieres darte cuenta…

Paula sabía ya a qué venía Elena. A veces me pregunto si lo tenía todo estudiado, si llevaba tiempo pensando en la estrategia que se disponía a realizar. Sabía que se iría conmigo a dónde sea desde que me conoció, y más tras el incidente con el fuego. Después de todo lo que había sufrido conocerme fue para ella lo más cercano al concepto de familia que tenía, por eso me llamaba hermano, decía que yo tenía que ser su hermano mayor. Incluso me lo había dicho más de una vez, ahora que recuerdo: si algún día me voy con una familia les diré que tú también vengas. Y aunque yo le daba largas para quitarle su obsesión, insistía.

- Ah, ya están aquí – volvió a hablar el director mientras Elena y la niña entraban por la puerta del despacho – pasa paulita, te quiero presentar a dos personas maravillosas… -

- Estoy encantada de conoceros – dijo haciendo una pequeña reverencia – ¿irá también mi hermano con nosotros?...

Y bueno, sinceramente nunca supe como lo consiguió. Ella no quiso contármelo, por lo que supongo que lloraría, pero lo demás, lo desconozco. Lo único que sé seguro es que lo logró: nos adoptaran a los dos. Aunque no me convenció al principio, lo reconozco: me gustó que lo hiciese. En cuanto lo solucioné todo para que fuera posible estuve encantado de aceptar a la nueva familia. Todo gracias a ella.

Sin duda era demasiado lista y resuelta para su edad.
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noviembre 27, 2009

08 No es mi primer día

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- Cámbiate Paulita, date prisa que vamos a llegar tarde -.

- En el San Claire nos levantábamos más tarde -.

- Bueno, pero ya no estás en el orfanato. Y no querrás que lleguemos tarde a la escuela. Anda, cámbiate. Y avisa a tu hermano, ¿quieres? -.

La pequeña golpeó en mi habitación y entró resuelta, lanzándose sobre mi cama, pero yo ya estaba despierto, y la esperaba sentado en mi silla. Cuando creyó haber caído sobre mí para aplastarme le lancé dos cojines encima. Pero no terminó como había planeado: tras mi embestida cogió la almohada y giró su pequeño cuerpo hasta tenerme al alcance. Antes de que pudiera levantarme me golpeó, tirándome al suelo. Y yo empecé a reír.

- ¿Estás bien, hermano? – me dijo Paula, mirándome desde la cama.

- Si, no te preocupes – le dije – anda, date prisa que llegamos tarde -.

- Tenía razón, ¿verdad que tenía razón? – empezó, bajándose de la cama.

- ¿Quién tenía razón? –

- Elena. Me dijo que cuando nos fuéramos con esta familia seríamos muy felices -.

- Si, tenemos mucha suerte de estar aquí. Anda, vete ya, que es tarde – y corrió hasta su cuarto.

De nuevo, una familia, en Málaga ciudad, bonito lugar sin duda. Hacía mucho tiempo que no vivía así, y había que aprovecharlo ahora que me había acostumbrado. Pero, ¿viviría allí, con Paula, mi nueva hermana pequeña, y con nuestros nuevos padres, hasta cuando, tres años más, o aún más, o menos,…? No lo sé, tenía muchas dudas que no quería afrontar. Tan solo, tenía ganas de vivir tranquilo, no tan solo.

- Vamos Andrés, vas a llegar tarde – me decía Irene desde la puerta, interrumpiendo mis pensamientos -, no es fácil afrontar tantos cambios a la vez, y menos si se llega tarde. Nueva escuela, nuevo curso, nuevos compañeros… Y esto no es el pueblo. Date prisa, ¿quieres?
- Enseguida mamá – le respondí, y empecé a preparar las cosas. Me hizo gracia como me lo había dicho, como si no lo supiera, como si fuera la primera vez, como si no estuviera ya acostumbrado,…
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noviembre 06, 2009

05 Demasiado tiempo para la felicidad

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A veces pienso en los mejores momentos de mi vida y reconozco que, aunque por aquel entonces no me diese cuenta o me lo tomase como un encierro, mi tiempo en el San Claire fue realmente tranquilo, y debería estar agradecido. Los días pasaron como tenían que pasar, sin incidentes, todo dentro de la rutina que se exigía. Y yo, adaptado ya a esta, conseguí no romperla, y portarme como uno más, sin problemas.

- ¿Qué haces Paula? –.

- Me he despertado porque tengo mucha hambre – me respondió la niña, sabiendo ya lo que pasaría después.

- Toma, pero que no te oiga nadie -. Le dije, dándole unas galletas.

Entenderás que no todo podía ser portarse bien, también tenía que hacer mis pequeñas incursiones a la cocina, entre otras… Y en cuanto a la niña, era una pequeña de cinco años que se había encariñado conmigo. Le ayudaba en muchas cosas, quizás porque me sentía identificado con ella, no lo sé.

- Gracias hermano -.

Me daba pena. Me llamaba así porque no tenía a nadie más y me decía una y otra vez que cuando encontrase un hogar, viviría conmigo, porque ella iba a necesitar a un hermano mayor.

- La profesora Elena me ha dicho que cuando me encuentren una familia voy a ser muy feliz – me comentó una vez - ¿estás feliz? -.

- Se dice “eres feliz” o “estas contento”, y la respuesta es sí – le mentí – termina lo que te han mandado – y no porque no estuviese bien en aquel sitio, sino porque con el tiempo había llegado a la conclusión de que nunca sería feliz en mi vida. En realidad, me equivocaba, pero allí, con tanto tiempo libre, tanto tiempo muerto, ¿cómo se puede ser feliz? No lo entendía.

- ¡Mira qué libro Andrés! ¿Me ayudas a leerlo? –

Me pidió una tarde, mientras yo terminaba deberes. – Espérate a que acabe, ve empezando tú -.

Al menos se entretenía con cualquier cosa. Yo también había conseguido algo de entretenimiento, así no estaba todo el rato jugando con Raúl y Carlos, me cansaba muy rápido. Elena me estaba enseñando a tocar el piano. Bueno, como sabes yo ya tocaba el piano, pero fingía que no sabía. Así me distraía y practicaba. Quizás no me sentía feliz, pero conseguía estar alegre en más de una ocasión. No estaba mal, después de todo.

- “Es un cerdo ganador…” – decía leyendo mal la niña detrás de mí – “mi cerdo no ha hecho trampas…” -.

Yo me volví de golpe - ¿Cómo has dicho Paula? ¿Qué acabas de leer? -.

- Es del libro, mira – contestó enseñándomelo- ¿Ves? Este es el cerdo, y este es el granjero, su dueño. Se llama José.

Me calmé al comprobar que se refería al libro. No sé por qué me había alterado tanto.
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