febrero 04, 2010

14 Jefe de los ejércitos

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- ¡Rómpele la cara! – gritaba uno de los niños.

- Vamos Jose, a por él – gritaba el que me sujetaba. Estaba contra la pared, y entre todos me dieron una paliza.

- Enano de mierda, para que mantengas la boca cerrada -.

El nuevo colegio era mucho más agresivo que el orfanato, quizás porque éramos muchos más, y el barrio en el que estábamos lo complicaba. Intenté no llamar la atención, pero no es fácil cuando aparentas tres años menos que el resto de niños de tu curso, y sabes tres veces más.

- Andrés, ¿yo te he dado la paga esta semana? – Me preguntaba Amalio, nuestro padre adoptivo.

- No -.

- Toma -.

- ¿Y este roto en la ropa? – preguntaba Irene desde la cocina.

- Me lo hice en gimnasia, mamá -.

- Ten más cuidado la próxima vez. E intenta ir mejor en esa asignatura. Aunque el resto, me han contado en tutoría, parece que va a ser todo diez otra vez -.

Como si fuera un problema, y no era más que un pasatiempo. El verdadero obstáculo era que no me aceptasen, pero busqué cómo solucionarlo, me lo propuse como reto personal aunque fuera un proceso largo. Nunca me había enfrentado tan abiertamente a la sociedad, estando encadenado a un rol concreto, a un lugar, un nombre y un ahora. Estuve casi el primer año entero observando, y trazando estrategias en mi cuarto. Tenía que salir bien. Saldría bien…

Empecé por un amigo…

- Mi madre me ha dicho que todos pegamos el estirón antes o después. Y yo tengo muy poco pelo también. - Me decía Julio - ¿No te molesta ser tan bajo? -

Mientras, evitábamos chocar con alguno de los que se las daban de matones. A los profesores ya los tenía en el bolsillo, así que proseguí con la clase…

- ¿Alguien quiere el examen de mañana? –

Y con el curso…

- Andrés quiere organizar con el tutor un viaje a la feria del parque. ¿Quién quiere apuntarse? -

Lugo a cursos más pequeños, así mi nombre empezó a sonar por todo el colegio…

- ¿Ves? Aquel es Andrés. Sí, el hermano de Paula. Pregúntale a él, seguro que puede ayudarte -.

Y, por último, los cursos mayores…

- ¡E, ¿venís al cine? El novio de mi hermana nos cuela otra vez -.

- ¿Qué dices, Jose?, hemos quedado con Andrés para ir a un bar. Nos va a enseñar a jugar al billar. El otro día le hizo perder a un tío mil pesetas -.

- ¿El niño chico? Pero si es un retaco de mierda-.

Se equivocaba. Ser el más popular significa que lo que yo decía se convertía en lo que los demás pensaban. Desde que movilicé a todos como soldados ya nadie pensaba que fuera un retaco de mierda. Había dejado de ser un niño.
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enero 29, 2010

13 En el pais de los gato-perros

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Rodando cuesta abajo por el prado, esa fue mi última visión del hogar que tenía en Bretaña. Después la noche, el bosque, la carretera, un coche y mucha confusión bien aprovechada. Años después pasaría la frontera.

No podía quedarme. Tenía que huir. No sé si hubieran matado a un niño de ocho años. No podía arriesgarme. El aislamiento no era una opción. No podía permitir que me encerraran a saber cuántos años, o qué me depararía. Me había acostumbrado a una familia otra vez y, aunque en tiempos agitados, me aportaban tranquilidad. Pero no podía perder ni un gramo más de libertad.

Llevaba unos años ayudando a una pequeña resistencia organizada entre los pueblos de alrededor. Una de las casas cayó, conmigo dentro. Los soldados irrumpieron mientras escapaba colina abajo, y terminé rodando. ¿Qué hacía allí? Quiero creer que me lo mandaron porque pensarían que mi final no sería tan cruel como el suyo, y no que me lo dijeron porque sabían que no lo entendería. Pero me la jugaron.

Debía mantenerme allí para un intercambio: Tenía que hacer el sonido de un gato para que el mensajero me respondiese con el de un perro, esa era la consigna. Pero el primer soldado que se acercó con sigilo debió enterarse mal, porque yo no respondía, y terminó él haciendo el gato. Yo estaba atento a la sombra que se acercó, asegurándome de que no fuera una trampa. Y efectivamente, en cuanto oí el sonido del gato salté por la ventana.

Los pocos hombres de aquella resistencia estaban cansados, agotados, sin soluciones, sin saber qué pasos dar,… Aquel mensajero podía aportarles recursos imprescindibles para el resto de su lucha, pero sabían que si llegaba tarde, quien estuviera en el refugio estaba condenado. No les culpo, yo también hubiera mandado a un niño, mucho más probable de salvarse. Pero si al menos me lo hubieran dicho…

- Il ne tardera pas à arriver, sois fort! -

- Ai j'à seulement faire le chat? -
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enero 21, 2010

12 Decídete hombre

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Realmente no me dan miedo los cambios, y menos después de todo lo que he pasado. Pero no se trata del “qué” en sí, sino del “por qué” sin más: ¿por qué cambiar? ¿Por el simple hecho de la naturaleza humana? Y si es así, ¿Por qué nos asusta tanto? ¿Por qué temer a lo nuevo?

- ¡Vamos David, a qué esperas! ¿Tengo que hacerlo yo también? Escúchame niño, voy a clavarte el cuchillo si no eres lo suficientemente rápido como para dispararme con el arma que te he dado, así que procura no fallar y demuestra que ya eres un hombre. ¿A qué estás esperando? No eres nada, ¡no eres nada!, ¿me oyes? Vas a acabar metido hasta el cuello en mierda todo lo que te queda de vida, por eso he venido hasta aquí, porque ya estás perdido desde el día en que elegiste venir, desde antes de que te escapases -.

El niño me miraba con odio en los ojos, decidido a disparar, pero esperando el valor. De vez en cuando repasaba aquella vieja estancia, sucia y maloliente, esperando encontrar a alguno de sus compañeros adultos de fechorías. Pero ya no había nadie…

- Si, sé que yo he tenido algo de culpa, pero ya elegiste… -

- ¿Algo de culpa? – Respondió, pero no sabía cómo continuar - ¡Te he tenido miedo tanto tiempo! ¡Te he odiado tanto! –

- Pues decídete, elige de nuevo, y esta vez no te equivoques -.

Alzó el arma para apuntarme, pero sabía que no lo haría, no a sangre fría, no sería capaz.

No digo que no lo vuelva a hacer, o que me arrepienta, pero para mí mis actos eran una forma de supervivencia, y me aferraba a cualquier cosa de la que pudiera tirar. Me abalancé hacia él alzando el puñal y sentí como la bala me atravesaba y me tumbaba en el suelo.

Se decidió… o decidí yo por él. He de reconocer que eso era lo único que me preocupaba mientras caía.
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